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Dos grandes de la literatura argentina

Dos grandes de la literatura argentina


Por: Luis Fernando García Núñez*



Poco espacio tendríamos para hablar de la literatura argentina contemporánea. Vasta y compleja, han sido dos de los adjetivos usados por algunos estudiosos. Sin duda, la pléyade de escritores es notoria y notable. Son muchos, y exquisitos, si se me permite esta digresión.

Después del Martín Fierro o de Lugones se abre un siglo xx en el que tendremos valores tan notables como el maestro Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Ricardo Güiraldes, Juana Manuela Gorriti, Juana Manso, Rosa Guerra, Enrique Larreta, Haroldo Conti, Ricardo Piglia, Manuel Gálvez, las hermanas Victoria y Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Benito Lynch, Manuel Puig y hasta Gustavo Martínez ZuviríaHugo Wast—, tan discutido y al mismo tiempo tan popular y leído. La lista es interminable. Muchos han sido olvidados y aparecen en ciertos instantes, sin mayor asombro. Aquí, como nunca, tendremos que tener en cuenta aquello que dijo Karl M. F. Weber “un libro que no merece leerse dos veces, tampoco es digno de ser leído una sola vez”, o como lo de John Ruskin, “Todos los libros pueden dividirse en dos clases: libros del momento y libros de todo momento”.

Dos autores merecen una reflexión sobre su extraordinaria obra, hoy solo leída en ciertos cenáculos de expertos, leída con cierta discreción, pero con el alto criterio que merecen por lo que nos legaron: Robert Arlt y Macedonio Fernández. El primero de ellos nació en Buenos Aires el 2 de abril de 1900. Periodista autodidacta que leyó a Federico Nietzsche y a los grandes narradores rusos. El segundo, también de Buenos Aires, nació el 1° de junio de 1874, escritor, abogado y filósofo, considerado como “un pensador, un intelectual, un escritor fuera de serie”.

La obra de Arlt —también inventor—, está firmemente vinculada al periodismo, como sucede con tantos otros narradores latinoamericanos. Es el autor de la novela El juguete rabioso, de la que publicó, en 1926, en la famosa revista Proa, dos capítulos. Hombre de un formidable talento, con una vida difícil y atormentada, “novelista de una alucinante protesta social en narraciones de personajes tan excitados como él mismo, gentes de la clase media oprimida en el deprimente medio de la gran ciudad”, dice Agustín del Saz en su Literatura iberoamericana, de 1978. El juguete rabioso, bien podría servirnos de espejo y ejemplo, para conocer un destino que le dio aliento y renovación, no solo a la narrativa argentina sino a la latinoamericana, quizás eso que buscamos ahora con renovada ansia. Esta novela cuenta en cuatro episodios, según Luis Miguel Madrid, “la lucha de un adolescente (Silvio Astier) por escapar de la miseria y humillación a la que se ve sometido como consecuencia de su condición social, marcada por la marginación y la pobreza”.



Sí. La obra de Roberto Arlt es singular y renovadora. Incluso afronta –y enfrenta– temas espinosos como la homosexualidad

Roberto Arlt
Roberto Arlt

Algo más agrega Madrid frente a las vicisitudes de Silvio, tantas y tan constantes, que ni siquiera el suicidio le funciona: “Astier, o Arlt por las tantas similitudes, toma el camino del orgullo y la venganza: su victoria económica es menor. Se trata de ser un ser excepcional, único, por un extremo o el contrario: ‘yo, por mi inquietud me siento, a pesar de mi canallería, superior a usted’, y es así, a través de la infamia, como Arlt, o Astier, se sitúan por encima de consideraciones morales, siendo la hipocresía, la perversidad y por supuesto, la ironía, las armas de su triunfo: ‘El recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia’”.

Sí. La obra de Roberto Arlt es singular y renovadora. Incluso afronta —y enfrenta— temas espinosos como la homosexualidad. Silvio Astier se encuentra en un cuarto de hotel con un homosexual. Esta es una de las primeras escenas de este tipo en la literatura argentina, un primer intento de discutir sobre el tema. Son los inicios de confrontar ese mundo autoritario, patriarcal y machista que tantas angustias le ha dado a los seres humanos en esta América tan inescrutablemente adiestrada. En estas tierras donde la perversidad posa taimadamente de benévola.

Pero la obra de Arlt, pese a su prematura muerte en 1942, es dilatada y magnífica. En 1927 ya era cronista policial en Crítica y un año después pasó a ser redactor del diario El Mundo. Allí aparecieron sus cuentos El jorobadito y Pequeños propietarios. Su columna Aguafuertes porteñas (1933), en la que arrojaba una mirada incisiva sobre la ciudad y sus habitantes, le dio gran popularidad: eran textos llenos de ironía y mordacidad, retratos de tipos y caracteres propios de la sociedad porteña. Dio a conocer artículos, cuentos y adelantos de novelas desde las páginas de las revistas Claridad, El Hogar, Azul y Bandera Roja. Resultado de su labor como corresponsal en Europa y África son Aguafuertes españolas (1936) y El criador de gorilas (1941), cuentos de tema “oriental” (https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arlt.htm)

Los siete locos (1929), su obra más terminada, es “una inquietante novela sobre la impotencia del hombre frente a la sociedad que lo oprime y lo condena a traicionar sus ideales. La novelística de Arlt incluye también Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932). La colección de cuentos El jorobadito (1933) reitera la temática de sus novelas: la angustia, la humillación y la hipocresía de la sociedad burguesa”. Y en el teatro protagoniza un ensayo “de renovación del teatro argentino a través de Trescientos millones (1932), a la que siguieron otras siete piezas dramáticas, Piedra de fuego (1932), Saverio el cruel, El fabricante de fantasmas (1936), La isla desierta (1937), África (1938), La fiesta del hierro (1940) y El desierto entra a la ciudad (1941), presentadas casi todas en el Teatro del Pueblo” (https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arlt.htm).

Macedonio Fernández, el pensador e intelectual considerado “fuera de serie”, encara la literatura de forma muy original. Inventa “mundos imaginarios plenos de ingenio, de desprejuicio y de aguda inteligencia”, dice Ana Camblong en el “Prólogo” de los Textos selectos. Otra vez la agudeza, en este caso multiplicada por ciertos laberintos que tiene su obra. La agudeza y la originalidad que pueden ser el resultado de “un intenso empleo alegórico del lenguaje, que al mismo tiempo burlaba las posibilidades de cualquier interpretación”, como ha dicho Horacio González, en su revelador artículo “El boom: rastros de una palabra en la narrativa y la crítica argentina[s]”.

Si volvemos a Ana Camblong, ella asegura que “En sus textos se ensaya de manera constante la todoposibilidad de la imaginación buscando nuevas significaciones, otras alternativas de lo dado, otros ordenamientos que sacudan el marasmo de lo establecido. Un inventor de mundos, un alquimista del pensar-escribiendo, un hacedor de asombros, de prodigios, es decir, de Arte”. Ahí está dicho todo. Es en realidad ese inventor de mundos, de alegorías, el que nos interesa, con el cual nos conectamos cuando lo leemos, cuando podemos entender “su combate al realismo, a la mimesis y a la verosimilitud de la novela tradicional”. O cuando nos damos cuenta que “En sus ficciones debilita la trama y prioriza la puesta en escena de los mecanismos que construyen la ilusión fantástica”. 


Macedonio Fernández, el pensador e intelectual considerado “fuera de serie”, encara la literatura de forma muy original
Macedonio Fernández
Macedonio Fernández


Sin duda, Macedonio Fernández, que murió en 1952, “escribió al ritmo de su pensar”. Todo su “universo discursivo…, hace una fiesta de la contingencia, no hay necesidad, ni hay fundamentos. Todo es lo que parece. Para saber, para vivir y para ser feliz no existen métodos, ni caminos infalibles. Cada individuo, único e irrepetible, adopta, o debería tener la oportunidad de adoptar, las trayectorias que su deseo, sus capacidades y sus actitudes prefieran”, dice la citada prologuista de los Textos selectos. Y él parece reafirmarlo en el primero de los escritos: Una novela que comienza. “Prólogo para la Mayoría (la de lectores de comienzos)”, “Mis páginas serán siempre veraces. No habrá una de ellas sin el nombre de Adriana, que es mi verdad, sin mi sufrir, que no puedo vencer, sin las burlas forzadas con que procuro defenderme, hacerme querer de la Vida optimista”.

Sus cuentos fantásticos “muestran su escepticismo ante la aplicación práctica de las teorías filosóficas”. Borges reconoció en él los orígenes de su narrativa. “Formó parte del grupo «martinfierrista» e influyó en la obra narrativa de Leopoldo Marechal y en la poética de González Lanuza, sobre todo a través de la estrecha relación amistosa que mantuvo con ellos. En 1922 dirigió, junto a Borges, la segunda época de la revista Proa, que se prolongó hasta 1925. De todas sus obras, tan solo llegó a publicar una, No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928). El resto de su producción literaria se editó posteriormente gracias al interés de sus amigos. Algunas de sus obras más destacadas son Papeles de recienvenido (1930), Una novela que comienza (1941), Continuación de la nada (1945), Poemas (1953) y Museo de la novela de la eterna (1967)”. Tenemos que agregar aquí también Macedonio Fernández. Textos selectos, que hemos consultado para este pequeño ensayo (https://www.biografiasyvidas.com/biografia/f/fernandez_macedonio.htm).

Queda, pues, apenas esta pequeña nota sobre dos autores argentinos formidables. Dos escritores que influyeron en el mundo literario latinoamericano y que en esta celebración del libro y la memoria, en esta Feria Internacional del Libro de Bogotá dedicada a la Argentina, bien merecen destacarse. Terminar diciendo con Ellen McCracken, en su bellísimo ensayo “El metaplagio y el papel del crítico como detective: Ricardo Piglia reinventa a Roberto Arlt”, “Los escritores suelen crear senderos falsos que conducen a eventuales reversiones, que hacen que los lectores revisen el valor de verdades ficticias asumidas. Julio Cortázar, por ejemplo, insiste en el papel activo del lector y siembra en muchos cuentos fantásticos falsedades que los propios textos y los lectores descubren en el transcurso de la narración”. ¡Esa es la fuerza de la literatura que siempre tendremos que defender!


*Luis Fernando García Núñez.


Periodista, profesor y escritor.


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