Un café en Buenos Aires con Omar Ortiz Forero, director de la revista Luna Nueva

Por: Pablo Di Marco / Especial para Libros y Letras.

En el año 2012 volví de un viaje a Colombia tan cargado de libros que aún recuerdo el gesto amenazador con el que un policía de El Dorado me exigió que le abriera mi valija. Entre tantos libros se ocultaba una revista de poesía que, por azar, terminó siendo mi lectura durante el vuelo de regreso a Buenos Aires. La revista se llamaba Luna Nueva, y me impactó la calidad de sus textos, una amalgama de autores consagrados con jóvenes tan desconocidos como talentosos.

Me interesé por saber quién era su director, y así fue que supe por primera vez de Omar Ortiz Forero. El azar siguió haciendo su trabajo: varios de mis amigos colombianos resultaron ser seguidores de la obra de Ortiz Forero, y jamás hubo uno solo de ellos que no haya hecho más que elogiar su trabajo como difusor cultural, como director de Luna Nueva, y también como escritor. Seis años después de la llegada de aquel ejemplar a mis manos invité a Ortiz Forero a que compartamos un café en Buenos Aires. Me pregunté por dónde empezar, y me respondí de inmediato: por el principio.    

—Naciste en Bogotá pero vivís desde hace muchos años en Tuluá. ¿De qué lugar te reconocés?
Bogotá es la ciudad de mi infancia. Por las calles del viejo barrio de Santa Bárbara, el del centro bogotano que entre otras fue el más antiguo de la ciudad, antes que el de la Catedral o el de las Nieves, transcurrió mi niñez. Por allí transité de la mano de mi madre evocando sus recuerdos de Anapoima, como por ejemplo, su llegada a la capital luego de la muerte de mi abuelo, con Ifigenia, mi abuela y María Ignacia, Celestino, Leonor y Neftalí, sus hermanos que componían el resto de la familia.

—¿A qué aroma te remiten esos recuerdos?
A dulce de breva y de papayuela.

—No probé la papayuela. Prometo solucionarlo en algún próximo viaje a Colombia.
Así será, Pablo. Por esos meandros fue mi primera experiencia como colegial en el Agustiniano y tuve mis primeros grandes amigos, Edgar y Augusto Ángel, que vivían con su madre en una escuela pública situada a pocas cuadras de nuestro domicilio. Fue la época de los grandes patios, solares se llamaban, y de mi añorada colección de comics que intercambiaba en los matinales del teatro Atenas y que llegué a alquilar y a vender, colgados en una tabla con piolas, a la entrada del portón del edificio que habitábamos.

—¿Y cuándo llega Tuluá a tu vida?
A Tuluá también la conocí de niño y me deslumbró por su paisaje de sol y de exuberancia vegetal, pero no era un entorno que considerara mío ya que lo sabía momentáneo, temporal, mientras visitábamos la familia paterna o nos instalábamos allí en cumplimiento del oficio de abogado de mi padre. Allí, ya que me preguntaste por aromas, descubrí un aroma que me hechizó: el del cacao puesto a secar. Y también descubrí la gracia, la maravillosa plenitud de los negros. Tal vez por esos encantos Tuluá se convirtió en el lugar de mi adolescencia, de mi tránsito a una adultez matizada por la espontaneidad y la picardía de sus gentes.

—¿Y qué de todo eso se refleja en tu trabajo literario?
Creo que esa mezcla de calles brumosas y de colores risueños se trasmutan en mi escritura.

—Tu pasado en Bogotá y tu presente en Tuluá tal vez te hayan permitido percibir —o sufrir— en carne propia el destrato de los grandes grupos de poder con la cultura que se desarrolla en las provincias.
En nuestra América es insoslayable el peso de los centros de poder sobre el desarrollo de toda actividad individual o colectiva, caracterización que con la consolidación del capital financiero y la economía de mercado asume actitudes cada vez más cerradas y excluyentes, y Colombia no es la excepción a esta regla. Pero sin embargo esto no puede paralizar ni la creatividad ni la audacia de quienes trabajan por las artes y la cultura.

Tal vez por esos encantos Tuluá se convirtió en el lugar de mi adolescencia, de mi tránsito a una adultez matizada por la espontaneidad y la picardía de sus gentes.

 Omar Ortíz Forero. Fotografía tomada del facebook.

—Debemos aprender a que ese destrato y menosprecio no nos vuelva sumisos sino rebeldes.
Exacto. Incluso a veces puede ser hasta una fortaleza el trabajar lejos de determinados cenáculos que a base de servilismos pretenden acaparar para su beneficio, en el caso de la literatura, todos los estímulos públicos o privados que se instituyen para beneficiar procesos o certámenes en que participen escritores. Te puedo poner como ejemplo lo que hacemos con la revista de poesía Luna Nueva, que desde 1987 se hace en Tuluá de manera independiente y sin faltar un sólo año a la cita. Tal vez su larga vida tenga que ver precisamente porque se convirtió en patrimonio de una ciudad sin soberbias de metrópoli, lo que no hubiera sucedido desde esferas más pretenciosamente cosmopolitas.

—Justamente de Luna Nueva quería hablar. Iba a preguntarte cuántos años hacía que se publicaba la revista, pero ya me respondiste: desde 1987, más de treinta años, increíble… Decime, Omar: ¿Qué aprendiste en todo este tiempo al frente de Luna Nueva?
Ha sido un trabajo apasionante que nos ha permitido tomar el pulso de la poesía colombiana y de buena parte de Iberoamérica, y sobre todo abrir espacios para que poetas que por razones distintas a la calidad de su trabajo no han tenido oportunidad de dar a conocer su obra, lo hagan a través de las páginas de la revista.

—No es sencillo estar tantos años al frente de una revista. Mirando en retrospectiva, ¿qué errores cometiste?
Errores, pues fíjate que contrariamente a muchas de mis actuaciones en la vida, con la revista creo que no se han cometido errores. Hemos tenido contratiempos, sinsabores, dificultades, pero hemos ido sorteando todas estas contingencias con una terquedad sin límites. Eso nos ha permitido llegar donde estamos y continuar al servicio de la poesía y sus cómplices.

—Sos amigo de personajes talentosos y polémicos como Gustavo Álvarez Gardeazábal y Juan Manuel Roca. Supongo que es mucho lo que tenés para contarme de tu vínculo con ellos.
Ser amigo de dos de los más brillantes exponentes de la narrativa y la poesía en nuestras letras es sin duda un inmenso privilegio del que estoy agradecido.  Tanto Gustavo como Juan Manuel me han dispensado con su generosidad y cariño, lo que me honra. Pero mi trato con ellos es el mismo que tienen los amigos cercanos que son confidentes, que chismean juntos, que se ayudan en sus filias y se ponen de acuerdo para aborrecer en sus fobias. Que a veces se van de parranda y disfrutan de ello, y que de vez en cuando se arman unas controversias del carajo que siempre acaban en comidilla para los maledicentes. 

—Por lo visto en algún próximo viaje a Colombia no solo deberé probar papayuela, también deberé irme de parranda con ustedes. Pero vamos a un tema —aparentemente— más serio: junto a otros poetas firmaste una carta con reclamos hacia la administración de La Casa de Poesía Silva. ¿Hubo algún tipo de reconciliación después de eso?
Al contrario, las cosas han empeorado.

—¿Qué sucedió?
La administración de la Casa de Poesía Silva le ha entregado ese patrimonio de la palabra poética, hecho con el esfuerzo de la poeta María Mercedes Carranza, a diversas fuerzas políticas que aparecen como abanderadas de la cultura, curiosamente en época electoral. Su más reciente actuación fue otorgar la condecoración “José Asunción Silva” a un político conservador que aspiraba al Senado, una semana antes de las elecciones parlamentarias. Recordemos que dicha distinción se instauró para premiar la vida y obra de un poeta siendo beneficiados con ella Fernando Charry Lara, Mario Rivero, Rogelio Echavarría, Héctor Rojas Erazo, y el crítico y ensayista Hernando Valencia Goelckel. Pero como la justicia poética es implacable, el parlamentario aspirante a la senatoria no alcanzó la votación requerida, perdiendo su nominación. La que no ha perdido su vocación politiquera e inmoral es la oscura administración de dicho centro de cultura que merece mejor suerte.

     —Ahora sí, vamos a temas más gratos. En tu último libro Lista de espera se adivina un eco de tus libros anteriores, poemas que parecieran la continuación de otros. ¿Es acertada mi apreciación? ¿El título tiene que ver con eso?
No, el título es un juego en que todos participamos y parece que no somos consecuentes con ello. Podría llamarse también A todos nos toca, pero preferí Lista de espera porque está más cerca a nuestra vida cotidiana. Y sí, seguramente hay mucho de los libros anteriores allí, aunque no soy muy consciente de ello. Lo que quise, aunque no sé si lo he logrado, es proponer una serie de poemas que aparentemente no tienen un nexo común entre ellos pero que si los abordas con atención descubres que te están cuestionando muchas de las falsas maneras con las que abordamos la poesía. Es que seguimos pretendiendo que hay hechos poéticos y otros que no lo son, que hay palabras poéticas y otras que no pueden pertenecer a este reino.

—Es trabajo del poeta hacerle comprender a los desprevenidos que la poesía es tan inherente al paraíso como al más podrido de los círculos del infierno. 
Hacerles comprender que la poesía está más allá o más acá de nuestra vital relación con la hoja que cae, con la mujer y el niño ultrajados, con la pesadilla que respiramos.
   
 —Vamos cerrando la conversación, Omar. Te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
Invitaría a Malcom Lowry, y no precisamente a tomar café. Lo invitaría a un  mezcalito o a unos tequilitas en un bar que se llama El Pavo y que sienta sus alcohólicos reales en la ciudad de Pereira y no le preguntaría nada, simplemente lo dejaría hablar. Sería fascinante. 

Omar Ortíz Forero. Fotografía tomada del facebook.

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Sobre el autor: * Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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