Borges, argentino y americano, escribió sobre la antigua Grecia, Escandinavia, Inglaterra, y Buenos Aires. ¿Hasta dónde llega su universalidad?
Por Juan Fernando Aguilar Cárdenas*
Hace poco se cumplieron 125 años del natalicio del escritor argentino, Jorge Luis Borges (1899-1886), una de las plumas más representativas de la literatura americana y universal. De todo lo que nos ha dejado su impronta literaria, tanto en la belleza de su prosa como en su poesía y sus disertaciones filosóficas, quisiera rescatar hoy el legado de su universalidad, de una pluma que, como Shakespeare o Cervantes, habla para siempre y para todos.
Primero habría que imaginar a un niño argentino en los albores del siglo XX. Podemos imaginarlo sentado en las escaleras mirando su patio y las calles de Palermo, en Buenos Aires, en una tarde cualquiera, dorada y pálida. El niño habla tanto inglés como español, herencia de sus abuelos anglosajones, españoles, uruguayos y argentinos; de los ancestros que pelearon en las Guerras de Independencia, y de los que leyeron poesía romántica a orillas del Río de la Plata. Esta mezcla de sangre y de historias, sumadas a la soledad y a la biblioteca de sus padres, no dejaría nunca de vibrar ni de retornar bajo la madurada forma de versos, relatos, o ensayos.
En muchos sentidos, Borges fue siempre un crisol de tiempos, de culturas, y de lenguas, de historias familiares que tendría que hacer propias, inmerso en una persecución de palabras que duraría toda la vida. Así, Borges escribiría tanto desde las empobrecidas calles orilleras de Buenos Aires, tal como lo vemos en El hombre de la esquina rosada, como desde la Grecia mítica, dibujada en La casa de Asterión; o aun desde Praga, retratada en El milagro inesperado. Su obra no puede ser contenida en ningún movimiento literario, como tampoco en ninguna tradición ni lugar. Su escritura tendría que ver con malevos y cuchilleros, con laberintos y magos, con las arenas de Arabia, los tigres de la India, e incluso con la imponente soledad de Escandinavia y sus kenningar, versosde leyendas y combates.
Sin embargo, aunque su valor como escritor fue siempre reconocido, Borges fue tildado también de europeísta, acusado de despreciar todo lo que era americano. Es posible que ello se deba a su aversión hacia los símbolos populares como el fútbol, o como Carlos Gardel; o bien, porque tuvo otras inquietudes estéticas que por fuerza tendrían que alejarse de las costumbres y tradiciones que dictaban el cómo debía abordarse y crearse la literatura. Más allá de ciertas obviedades, como el que su primer libro de poesía en 1923 llevase como título: Fervor de Buenos Aires, o de que en relatos como La historia de Rosendo Juárez se describa la oscuridad de una Argentina profunda, violenta, y adolorida, como lo ha sido toda América, cabe preguntarse si Borges, o bien, cualquier autor, está obligado a encadenarse a una tradición o a un costumbrismo que, al imponerse y perpetuarse, solo sabe andar en círculos.
El costumbrismo, o bien, para ser más precisos: el color local, tiene poco que ver con un sitio específico, con una jerga, o incluso con un tiempo. De ser así, las obras de Faulkner, de García Márquez, o de Kawabata serían incomprensibles para el mundo, o en todo caso, enmudecerían ante la diferencia de otros contextos. La imposición de lo local, lo nacional, o de cualquier otra tradición como dogma, está enmarcada en la suposición de que un conflicto, una tristeza, o un dolor, es un elemento que le pertenece solamente a un lugar o a una etnia determinadas, dejando de lado que aquellas mismas aflicciones se sufren en otras fronteras y se han padecido siempre a través de todas las épocas en tanto que la condición humana nos atraviesa a todos y que la literatura en sí, como todo arte, es una universalidad.
Aunque la historia de los Buendía ocurra en Macondo, sus dramas y sus luchas han resonado en Europa, en aldeas de China, y en Norteamérica. Ocurre lo mismo con Borges, cuya obra, sin importar en qué tiempo y en qué país se desarrolle, le habla a toda la humanidad. El escritor argentino se opuso, no a la tradición, sino a cualquier clase de espectro totalitario sobre el cómo escribir, el cómo pensar, el cómo vivir. Renunciaría a andar en círculos y a escribir sobre el mismo barro de lo que significaba ser argentino, ser americano.
Tal como lo describe en un su relato Las ruinas circulares el creador pretende ser Dios, con mayor razón si este hacedor es un escritor también. Borges, quien algún día sería alcanzado por la misma ceguera que sobrellevó su padre, viajaría en 1914 a Ginebra. Leería a Flaubert, a Balzac, a Rimbaud, a Schopenhauer y a Jack London. Amaría Europa, aunque nunca tanto como a Buenos Aires. El niño perseguido por las palabras empezaría a hacerse hombre, cada vez más genial, pero nunca menos solitario. Tendría entonces que crear, que ser un dios a su manera y darse lugar en un mundo incomprensible. La vida física no podría ser suficiente y su hambre de vitalidad no podría contenerse en un solo contexto, por ello sería varios hombres que tomaron voz en sus relatos. Sería un detective como Erik Lönnrot, hablaría con Dios como Jaromir Hladík, sería un duelista, un enamorado de una mujer de noruega, un gaucho, un minotauro en un laberinto, un cuchillero que fuma a orillas del Río de la Plata. Borges querría ser todos los hombres, y fue tan argentino como universal en tanto que la verdadera biografía de Jorge Luis Borges está retratada en su obra, resumida tal vez en un verso puesto en boca de Shakespeare en el poema Everything and nothing
“Yo que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo”
Frente a una obra como la suya, o como la de tantos otros artistas a través de la historia, cabría preguntarse qué tienen en común un cuchillero argentino, un vikingo, un rey árabe, o un detective. Todos vienen de un solo hombre, pero también todos son universales, todos resuenan en el imaginario y los conflictos del mundo entero en tanto que sus luchas, sus anhelos, y sus duelos, se corresponden con la condición humana.
El escritor uruguayo Ángel Rama se refirió a la obra de García Márquez como un punto de quiebre de la literatura colombiana y americana en tanto que fue capaz de tomar un conflicto en un lugar específico y hacer que cualquiera en cualquier lugar del mundo pudiera sentirse identificado. La escritura de Gabo, junto con la de todo el Boom, impulsó una literatura propia que, sin embargo, le hablaba al mundo entero, tal como lo hicieron también las novelas de Dickens, de Balzac, o de Mark Twain. No obstante, antes de Gabo, Borges ya había forjado la apertura, la entrada de una literatura que sería siempre latinoamericana, sin perder jamás la universalidad ni la noción de que todo arte corresponde con nuestra condición de vivir y de habitar la tierra.
A pesar del tiempo, y de todas las tradiciones pasadas y las que vendrán, la obra de Jorge Luis Borges nos sigue hablando, y lo seguirá haciendo siempre.
Foto Jorge Luis Borges: Annemarie Heinrich
*Juan Fernando Aguilar. Escritor colombiano.