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Álvaro Mata Guillé: “La poesía no requiere de algo para llegar al mundo”

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Álvaro Mata Guillé: “La poesía no requiere de algo para llegar al mundo”
By Libros y Letras 28 de enero de 2020
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Álvaro Mata Guillé





Un
país sin nombre
, de
Álvaro Mata Guillé

                                                                                   
Un lenguaje sin alma
                                                                                    
sólo produce hechos sin almas.
                                                                                          
Álvaro M. Guillé
                                                                           
                                                                                     
Por: David Cortés Cabán / Poeta (Puerto Rico)

Entramos en la poesía de Un
país sin nombre
tratando
de percibir el fondo dinámico y cambiante de un cosmos poético construido sobre
una visión en constante movimiento, asociada a las brumas y al vacío, al
silencio y a las formas de un mundo que tiene mucho que ver con el entorno
mismo del hablante, y el repertorio y naturaleza de sus lecturas. Un mundo
fragmentado sobre el silencio y la plenitud de un lenguaje que busca expresar
lo inexplicable, aquello que el poeta intuye como esencia de la vida, aquella
realidad que termina siempre desdibujada por la lejanía y por la referencia de
un
estar en un territorio que parece diluirse en
las paradojas del lenguaje mismo. Para Álvaro
Mata Guillé
no basta nombrar lo que acontece a su alrededor, lo que vio o
soñó en su niñez, lo que el bagaje cultural de sus profundas y diversas
lecturas ha abierto como expresión y materia desoladora de su imaginario
poético. Por eso, lo que nos presenta
Un
país sin nombre
(1) habrá que
intuirlo más allá de su propia representación, más allá del destello de una
realidad de múltiples sentidos, caminos que conllevan sus propias particulares
e indefinidas percepciones. ¿Qué es en realidad lo que busca el poeta? ¿Qué
intenta decirnos de esa visión que se manifiesta como un paisaje de imágenes
fosforescentes? Para precisar su contenido habrá que configurar el aspecto
borroso de ese mundo exterior. Un mundo cuya connotación traza la problemática
de la existencia ante una realidad de rasgos relampagueantes y nebulosos, como
si la percepción de todo cuanto se mira se proyectara sobre un horizonte
inconstante. Y es que la poesía de este libro condensa, como toda verdadera
poesía que busque una respuesta a lo esencial de la vida, más de un posible
sentido. Es decir, múltiples sentidos de una realidad que requiere otras formas
de contemplación. Aquello que al nombrarse se transforma en un paisaje que
termina como deshaciéndose en la mirada. Una contemplación sujeta a la dinámica
temporal de un tiempo que en el momento de concretar lo nombrado ya se ha
desvanecido. No porque lo que el poeta nombra carezca de una realidad definida,
sino porque la realidad de ese sentimiento, esa experiencia vivida o ese
paisaje contemplado recrea otros instantes, otras dimensiones y matices
poéticos. No existe, pues, una sola forma de aprehender aquello que se
contempla directamente y nos hace pensar en las circunstancias de la vida. Hay
que acercarse a lo que implica otras dinámicas, facetas de un mismo lenguaje
que retiene diferentes formas y niveles de la realidad:
  
                                 De niño
                                 me preguntaba
por la niebla mezclándome en ella,
                                 dejándome ir
en el letargo que abrazaba el polvo,
                                 era un tiempo
sin tiempo:

(7)
Así abre el poema del primer apartado
(“En una laguna muerta”) para establecer desde el ámbito de aquella humilde
niñez el centro y la imagen del yo lírico; un tiempo que se convertirá también
en el marco de una actitud meditativa ante la vida. Una actitud en íntima
relación con una realidad mucho más profunda, algo que desconocemos y que busca
insinuarse sobre las cosas detenidas en el tiempo. El propio cuerpo del
hablante poético viajará sumido en la bruma, envuelto en una sensación de
nostalgia. Presente y a la vez lejano, el hablante parece estar poseído por una
sensación de vacío como si el origen del paisaje que lo rodea emanara de la
imaginación y no de su aspecto natural. Por eso el lenguaje, más que revelar,
buscará imaginar la razón de lo que se percibe; más que describir, nombrar.
Ciertamente nombrar ese modo de sentir la vida y de vivirla en su expresiva
inmediatez. La vida como asomada a un océano existencial de inquietudes donde
navega un cuerpo atravesado por el silencio o la incomunicación:
                               En las noches imaginaba lugares distantes,
                               veredas,
                               callejones,
                               sonidos que
pernoctaban en las aceras,
                               escapando entre
los bosques,
                               un dejarse ir
vislumbrando en lo lejano,
                               un perderse  (9)
Ese “dejarse ir”, ese “perderse” sugiere
aquí la identificación del hablante con ese horizonte de brumas que insiste en
absorber el
ser y sumergirlo en un estado de continúo
arrobamiento. Lo que busca el
yo (¿su propia historia? ¿Las de sus
lecturas? ¿La mirada del paisaje que se desvanece?) se alza sobre un ocaso de
cuestionamientos que penetran la vida dejándola como en medio de la nada,
dentro de una geografía que ya no puede darnos un conocimiento total del ser.
Es decir, el lenguaje busca contener lo huidizo de aquellas regiones que
parecen fluir en el tiempo. Una visión que superpone diferentes texturas de la
realidad para proclamar una actitud existencial de la vida, un
estar
en la inmediatez de
aquello que solo se puede comprender en función de lo que se nombra en el poema
y como evocación de una realidad cambiante:
                               el allá era el aquí,
                               iba y venía era el otro:
                               la sombra, la
niebla, lo ausente,
                               el pasado
regresando a la lejanía,
                               el todo en el
todo,
                               la sombra, la
niebla,
                               lo ausente 
(11)
Lo “ausente” fundirá el sentido poético
de ese vasto espacio en el que los seres y las cosas se hallan integrados al
paso del tiempo, a un diluirse en la soledad o la muerte y donde sutilmente
entran, consciente o inconscientemente, los sentimientos y correspondencias de
las lecturas del poeta (2). Lo doloroso, lo externo de lo que aquí se nombra,
(“nací en un lugar sin nombre”), está sustituido por la presencia de lo fugaz (
sombra,
niebla, viento, lluvia, calles envejeciendo, grito, pájaro
)
que proyecta las cosas
otorgándoles un sentido nostálgico. Y a la vez, por una conciencia que insiste
en indagar la dimensión de lo humano, esa fuerza desconocida que insiste en
alcanzar un sentido más pleno de la vida. En el segundo apartado (“Memorias”)
el hablante continuará atravesando un entorno que tampoco arroja una respuesta
satisfactoria sobre esa realidad:
                               No hay un
regreso,
                               un camino, un lugar,
                               sólo el vaho
permanece en los linderos y puertas,
                               sólo el frío
humedeciendo las paredes,
                               nuestro afán de
encontrarse,
                               pero ¿qué es encontrarse?
                               ¿qué es esto o
aquello?
                               ¿cómo aliviar la
zozobra,
                               la
tribulación?     
                                                       
         (15)
Lo que ocurre en el poema se presenta
como un cuestionamiento, pero también como un reflejo del entorno. Y es que no
siempre las cosas son como aparentan. La vida misma con todas sus implicaciones
conduce al hablante por caminos que se entrecruzan y crean un efecto de
extrañeza y soledad. Crea en el lenguaje un juego imaginativo de palabras que
buscan rehacer un paisaje como si lo nombrado fuera el eco fugitivo de una
imagen detenida momentáneamente y desechada luego en el viento:
     
                        […]
                               el lenguaje aparece detrás del lenguaje,
                               son voces de
otras voces, de otros ecos,
                               como la flor,
                               explica el estar
aquí,
                               el sentido de
las cosas,
                               como la
flor  (16)
                               ;
                               el abismo,
                               la soledad ,
                               no tienen cura,
                               son los nombres
que damos a la extrañeza,
                               a la ajenidad
que enfrenta a lo otro,
                               el algo,
                               el allá que mueve las coas (16,17)
Las imágenes se entrecruzan, se
yuxtaponen, reverberan sobre la página en blanco, hacen de la descripción un
constante desafío, un silencio que cristaliza una multiplicidad de sentidos.
Parece que lo que quiere indicarnos el poeta no reside en lo que se describe
sino en las historias, sentimientos y evocaciones que se corresponden con otras
historias. Las de las lecturas, las de los sueños, esas que reiteran la
temporalidad del
yo frente al entorno. Por eso lo que
captamos de un poema ya ha sido visto, ya ha sido nombrado (“el lenguaje
aparece detrás del lenguaje, / son voces de otras voces, de otros ecos”). Todo
se proyecta en múltiples perspectivas, revelaciones que no apuntan a una sola
entidad sino a instantes o contemplaciones que retiene silenciosamente la
mirada. Lo que se ve implica una profunda afirmación, la idea de que avanzamos
sobre un lenguaje de sorpresivos instantes. Observamos la presencia del
yo frente a su inmediata realidad: “entre
las hojas, / en el mármol, / en la sombra, somos él o ella / somos nosotros, /
somos aquello, el viento, la risa, / el fulgor de la lluvia, / deletrean el
abismo”, dice el poeta (16). En otras palabras, somos
esto
y aquello
que se va en el
viento. Somos el eco de nuestra frágil relación con el mundo. Es la visión del
yo poético sometido al huidizo color de un paisaje que se transmuta en …
algo,
/ el allá que mueve las cosas
(17).
Una visión
que apunta hacia un paisaje subordinado
al silencio y a la lluvia que amortigua la dureza del mundo. Un mundo poético
que contiene las memorias de aquellas lecturas, cono si éstas fueran el punto
de partida de cada acto humano o tendieran un puente hacia las actuales
vivencias del hablante:  
                               […]
                               La lejanía mezclada
con la niebla en la mañana,
                               con preguntas,
lo ausente, el desasosiego,
                               se enlazaban a
las novelas (Kafka, Rulfo,
                               Jorge Amado,
Onetti) que leía
                               tirado en la
cama,
                               escapándome de
la extrañeza,
                               sumergiéndome
                               ;                                  (21)
El lenguaje de Mata Guillé contiene otros mundos poéticos, visiones de un conjunto
de paisajes reales o imaginarios. Un lenguaje que refleja la compleja realidad
de la vida, no solo aquellas experiencias que revelan un estado de ánimo, sino
también las que inventa la escritura
.
La que dialoga con la narrativa latinoamericana y europea creando una visión
poética en contacto con otras voces. Observamos cómo se desplaza el yo por
otras lecturas y vivencias que marcaron la adolescencia del poeta. Este sentido
literario particularizará la visión de cada apartado del libro, destacando, por
un lado, el sentimiento que allí se proyecta, y, por otro, la exaltación de
aquella primera experiencia con la ficción latinoamericana y extranjera (Rulfo, Onetti, J. Amado, Kafka):
                               […]
                               seguía sumido en Comala,
                               en las voces en
los nichos,
                               en la soledad de
las cruces y
                               los mausoleos,
                               entre el
murmullo de las fosas,
                               entre las hojas
arrastradas por la ceniza,
                               en un astillero,
en un castillo,
                               junto al azor y el
granito de un alcázar
                               ;                                                                  (25)
El uso reiterativo del punto y coma
condiciona no solo la estructura del texto, sino también su contenido esencial;
indica además un rasgo estilístico que influye en la correspondencia de las
estrofas. Abierta a las influencias de la ficción y la hondura de la vida real,
la poesía de
Un país sin nombre se mueve entre las coordenadas de aquellas
primeras lecturas que revelan aquí una forma de expresar la realidad. Lo que
dice el hablante se sostiene sobre un lenguaje que acaba siempre poniéndonos en
contacto con la visión alucinante de aquellas ficciones tan estimadas por el
poeta: “el allá era el aquí, / la noche no era noche, / el afuera, el adentro
se unían en la oscuridad del párpado / no había uno, / nos encontrábamos en la
unidad del todo, / el instinto era el grito en el lenguaje” (29). Este modo de
sentir la realidad nos lleva a pensar en aquella idea que menciona Borges del
pensamiento de Pascal:
la naturaleza es
una esfera infinita cuyo centro está en todas partes
. A lo que agrega también el concepto
aquel de Anaxagoras de que
todo
está en cada cosa
.
Es posible que este pensamiento conlleve a Mata
Guillé a concebir la poesía como un
territorio y conjunto de relaciones donde nada se excluye, donde los destinos
de uno y otro ser se funden en un solo cuerpo como la dualidad misma de la vida
y la muerte: “Envejecer no cambia las cosas, / nuestras preguntas son otras y
las mismas, / pues somos otros y los mismos” (28). Ciertamente, parece que
nuestras vivencias acaban siendo un reflejo de otras vivencias sobre un espejo
circular donde se repiten hasta el infinito cada uno de nuestros actos, o como
señala el poeta mismo:
Ir y venir / es un espejismo, otra
ilusión” (30).
Lo que se aplica a lo que se ve en el transcurso de ese ir y venir es la
forma imprecisa de nuestras pisadas, la transitoriedad de las cosas que nos
rodean y los elementos que configuran ese mundo sombrío que invade la
interioridad del ser. Sentimos la sensación de que el poeta dialoga con Nietzsche o Píndaro, con Edmond Jabés o Eunice Odio, o con la
figura solitaria de Antidio Cabal caminando hacia su propio universo
poético:
Antidio se internó en el campo
nublo,
32 (3).
Y escuchamos la particularidad de esas
voces en torno a una misma sensación desgarradora, una serie de imágenes
paralelas con un mundo de evocaciones y soledades: “algo se va con ellos, /
algo que nos deja más solos, / más vacíos, / muriendo nosotros, / un poco”
(34). Y es que Mata Guillé ha fundido a su propio universo poético otro lleno
de evocaciones y en el que convergen intuitivamente imágenes de tintes
existenciales. Una zona desolada donde la realidad es vista a través de la
bruma que invade las estrofas como determinando el sentido de éstas. El
apartado “Más allá de la bruma” continúa reproduciendo este mismo procedimiento
discursivo. Lo que sucede está sujeto a un léxico impregnado de sombras e
insinuaciones:
                              Estamos hechos de fantasmas,    
                              de polvo en el
lodo,
                              de limo,
                              de silencio
                              ;         
                              de furia de
sangre y carne cruda,
                              como percibía
Nietzsche la vitalidad de Dionisio,
                              el delirio que da
sentido a las cosas
                              el algo en las
hojas,
                              el furor en el
polvo
                              ;
                              lo íntimo
adherido a la epidermis,
                              al universo,
                              al límite,
                              a la muerte
                              ;
                              furor al que a
veces llamamos poesía,
                              el cuerpo como
cuerpo buscándose en lo ominoso,
                              el alma
escudriñando en sus adentros,
                              en el vientre-cueva-origen
                              que aparece y
desaparece como la luna al devorar el sol,
                              como la lluvia
que destella en la penumbra,
                              el bramido entre
las hojas, las piedras,
                              la sombra,
                              en el rumor de
humo que sacude las campanas
   (37, 38)
Lo que dice el sujeto poético lo
sentimos como una pasajera concepción de la vida, pero también como la
evocación de un
algo que siempre está más allá, inscrito en
el rumor del viento igual que la vivencia que nace del “brillo de las
palabras…y se evapora en el espejismo” del paisaje. Así lo percibimos en el
entorno y la visión existencial del ser. Somos, parece decirnos, conducidos por
el desaliento que se filtra en la vida queriendo borrar la conciencia de
aquello que fuimos alguna vez.
Nos
nutre lo efímero
dice
el poeta, como una confesión inquietante que lo concilia con la muerte: “Un
lenguaje sin alma / solo produce hechos sin alma” ha dicho (54). Pero por más
dura que sea la realidad, es decir, la que ilustra sus lecturas o la que aúna
el yo a la palabra, será esta misma palabra la que guíe su vida. Porque la
poesía es, al fin de cuentas, la que lo liga íntimamente a un paisaje de
estremecidas voces donde trasciende su ser:
                              La poesía,
                              la hoja, el
canto,
                              vincula la
intimidad al origen,
                                                                  nos
vincula, 
                              se busca en ella,
                              nos buscamos,
                              busca su voz en
el sueño,
                              busca sin
buscarse en la sombra,
                                                                    
nos busca
                              ;
                              une el silencio
al grito,
                              el deseo al
gemido,
                              la otredad a lo
próximo
                              ;
                              propicia el
encuentro, la comunión, pues
                              al transformarnos
en personajes,
                              en historias, en
bramido,
                              el otro se
impregna de nuestras entrañas,
                              nos reconoce al
reconocerse
                              se lee en
nuestros nervios,
                              se percibe
                              ;                                              
(43)
                              […]
Lo que percibimos adelantará una visión
integrada también a las circunstancias y afinidades del poeta con otras
escrituras: “olvidamos lo que somos para ser lo que somos”, ha subrayado en el
poema 5 (43-45). Desde el fondo de esas experiencias nos acercamos a lo íntimo
y lejano; recuerdos que se superponen, reminiscencias de lecturas que se
entrecruzan mostrando los escenarios que fijan los motivos de esta poesía,
fuerzas que se contraen y expanden revelando una naturaleza repleta de
urgencias y luchas. La muerte creará un espacio donde la poesía actuará como
una presencia dolorosa ante aquello que exige una relación con la historia del
mundo: “Los campos de concentración, la trata de personas, / la banalidad del
horror, / hacen de nuestras muchas palabras / la presunción inútil que alimenta
al verdugo…” (46). Señalar no lo que se sospecha, sino lo que es real, lo que
sucede y hace de los menesteres de la vida un vacío, una exigencia para que la
poesía triunfe contra la maldad. Porque la poesía debe alcanzar su objetivo.
Por eso no es posible olvidar, no es posible que nada quede impune. Una poesía
que hable a la conciencia, que no se convierta en un mero decir. De ahí que
desde su íntima realidad Mata Guillé ponga al descubierto las duras verdades de
la vida:
                              […]
                              la
poesía
                              no requiere de
algo para llegar al mundo, es el mundo                                                   
                              que necesita
reformularse para volver a ser mundo,
                              más allá de los
huesos y la carne desmembrada,
                              de las fosas, la ceniza en el polvo y
los despojos,
                              más allá de los
cráneos entre las urnas,
                              entre los montes,
                              de la crueldad
del vacío,
                              del ensombrecer 
(45)
La erudición, el conocimiento, la
historia, la novelística contemporánea, las vivencias y preocupaciones por un
mundo más humano generan las claves de esta intuición poética que obra como una
fuerza poderosa sobre la escritura de Mata
Guillé
(4). El mundo que hallamos en
Un
país sin nombre

proclama un sitio sin geografías, una imagen lejana que existe como
construcción poética o réplica de ese otro país que el hablante añora. Ese país
irreconocible
nos coloca frente a las cosas que nos
impactan y proponen una toma de conciencia. Por eso la poesía exterioriza aquí
las preocupaciones del poeta, su visión de un territorio de múltiples
relaciones, un
país presente y ausente a la vez, ese lugar sin nombre donde el hablante busca las
huellas de sus pisadas, el significado poético de su partida.
                              […]
                              volví sin llegar,
                              iba y venía sin
irme,
                              no estaba,
                              era el humo, era
yo,
                              era el otro:                     (61)

                                                                                                         
Nueva York,
                                                 
                                                        Otoño
2019


—————
1 Aunque
el libro está integrado por cuatro apartados, es un solo poema estructurado en
torno a una visión de un particular lirismo que retiene una excepcional forma
de presentar el sentido que emana del tiempo, la naturaleza y la vida.
2
En una conversación que sostuve con el poeta en Salamanca, España, me contó que
una de las lecturas que había causado en él una gran impresión fue sin duda la
gran novela del escritor mexicano Juan Rulfo,
Pedro Páramo.
3 Campo nublo es uno de los libros de poesía de Antidio Cabal (1925-2012).
El libro fue  publicado en 1956.
Refiriéndose a la temática de los textos, el crítico Addison de Witt ha
señalado: “El tono general de los mismos es un tono filosófico, que va desde el
mundo pre-socrático, pasando sin duda por Sócrates y Platón, también por la
mística española, hasta Heidegger, incluso hay ecos del Cioran y Freud, dando
vueltas por el orientalismo, tanto de forma como de fondo. La preocupación
principal que trasciende en mucho de los poemas es la preocupación por el yo,
por la identidad del sujeto”. Recuperado de Blogger.2009/05secretos de poesía:
camponublo.AntidioCabal-Critica poéticaAddisondeWitt. (Nov. 11 de 2019). 
4 “Ningún escritor es una isla, todas las obras literarias, aun
las más renovadoras, nacen en un contexto cultural que está presente en ellas
de alguna manera—ya sea que reaccionen contra él o lo prolonguen—y todos los
escritores, sin excepción, encuentran su personalidad literaria—sus temas, su
estilo, sus técnicas, su visión del mundo—gracias a un intercambio constante—lo
que no quiere decir en todos los casos consciente, aunque en muchos sí—con la
obra de otros escritores”. Ver, Mario Vargas Llosa, El viaje a la ficción,
El mundo de Juan Carlos Onetti,
Barcelona, Penguin Random House Grupo
Editorial, S.A.U. 1era edición en Debolsillo, 2015, p. 81.
*Una
primera versión de este ensayo, fue publicado en la Revista de Literatura La
Otra, México.