Cuento. «El tipo que elonga» del autor Pablo Laborde.

Compartimos el cuento El tipo que elonga del escritor argentino Pablo Laborde.

Consigo estacionar en la puerta del instituto, a esperar a que Carla termine su clase de yoga: le había prometido pasarla a buscar a cambio de que ella haga la cena.

Aburrido del celular, me pongo a mirar a los transeúntes apurados por la lluvia que se avecina. A pesar de la cuadra arbolada y oscura, y de la noche tormentosa y fría, me llama la atención un tipo enfrente elongando los gemelos contra la fachada de una moderna torre, una de esas que se construyen de la noche a la mañana. También estira el cuello y mueve la cabeza a uno y otro lado, como quien niega. Los aficionados al deporte sabemos que esto se hace para aliviar la tensión de las cervicales.

Le mando mensaje a Carla preguntándole para cuánto tiene. Sé que no lo verá hasta que salga de la clase, pero lo envío de todos modos: una solapada forma de recriminarla por la espera.

Después de diez minutos, el tipo sigue elongando. Raro. Y algo me sorprende aún más: lo alumbran los faros de un auto que entra en la cochera de al lado, y veo que no viste ropa deportiva. Ni siquiera ropa cómoda: pantalón y zapatos de vestir, camisa y cárdigan. Se ve elegante, distinguido, pero sin la ropa idónea para hacer ejercicio. Un extravagante.

Y sigue elongando.

Entonces bajo del auto y cruzo la calle en busca de una respuesta. Siento las primeras gotas frías en la cabeza. Me voy acercando despacio, como quien no quiere la cosa, y las basuritas que el viento me mete en los ojos no me impiden ver que el hombre ―así, hecho un puente, la cabeza colgando―, balbucea algo.

Pablo Laborde. Foto archivo particular.

Me pregunto si realmente elonga, o si le pasa otra cosa. Y me atrevo a ponerlo en palabras:

―¿Estás bien, flaco? Estás… elongando.

Y me siento un idiota por preguntarle semejante estupidez.

Él queda petrificado ante mi presencia. Y ahora de cerca puedo darme cuenta de que no balbucea, llora.

Se desarma hasta terminar de rodillas. Sin pensarlo, me arrodillo.

―Flaco, qué pasa…

Tendrá unos cincuenta, y huele a perfume importado. Se nota un tipo bien ―y también un buen tipo―, pero que evidentemente anda en la mala. Levanta la cabeza. Los ojos rojos, la boca trémula. Destrozado.

―Qué pasó, flaco… ―pregunto, y pongo con cuidado una mano sobre su espalda.

Entre sollozos, dice algo que no logro entender. Intento incorporarlo, y él se deja. De tan flaco, es fácil moverlo. Y lo yergo entonces sobre sus talones.

―¿Te puedo ayudar en algo?

―Tengo que correr el edificio ―dice, y me clava los ojos acuosos.

Un loco. Miro en derredor. Ahí enfrente está Carla, observando con cara de pregunta. Le hago un ademán para que cruce la calle. Cuando se acerca, le hablo muy bajito, casi haciendo mímica:

―Llamá al SAME. Creo que es el 107.

La ambulancia por fin llega. Un enfermero gordo con pinta de sindicalista y una médica joven, morocha y flaquita, se acercan con lentitud. El tipo sigue arrodillado, y yo, en cuclillas junto a él. La doctora se agacha a nuestro lado y se dirige al hombre:

―A ver ―dice, en ese tono con que suele subestimarse a una criatura―. Contame, qué te anda pasando.

El enfermero mide, listo para actuar ante una eventualidad.

―Tengo que correr el edificio ―vuelve a decir el hombre, y busca mi apoyo para levantarse.

Quedamos juntos de pie: mi brazo sobre sus hombros, su brazo sobre mis hombros. La médica y el auxiliar siguen con atención nuestros movimientos. Carla observa a unos tres metros. Y, sin que nos soltemos de nuestro abrazo… ¡otra vez el tipo empieza a elongar! Bah, no a elongar, ¡a querer correr el edificio! Si lo viene diciendo, pobre.

Me siento ridículo por quedar encaramado con él en esa extraña posición.

Antipática, la facultativa me ordena apartarme. Pero sigo ahí, cuerpo a cuerpo con el loco. No quiero dejarlo.

―Papá ―digo―, no se puede correr el edificio.

―Pero tenemos que sacarlo ―dice, confiando sin duda en que lo ayudaré.

Habla con tal convicción y con ojos tan lúcidos que me cuestiono su locura. Y esta vez la médica es definitiva: me empuja hasta apartarme y ocupar mi lugar.

Carla me contiene como si fuera yo el aquejado. El loco no le presta atención a la médica. O al menos, no parece convencerse de lo que ella dice. Un par de veces, busca mis ojos. Ya no llora, pero sigue viéndose muy angustiado. Finalmente entra en acción el enfermero gremialista. Sube al hombre a una camilla, y la camilla —con algo de ayuda de la médica— a la ambulancia. Después, de tomarme unos datos, parten sin sirena hacia algún hospital.

Quedo hipnotizado con las luces estroboscópicas de la ambulancia, que al alejarse y con la lluvia interpuesta, generan un caleidoscópico efecto visual. Hasta que Carla me regresa de un codazo para señalarme algo en la vereda. Una baldosa conmemorativa:

EN MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL DERRUMBE

FAMILIARES Y VECINOS PIDEN JUSTICIA Y CASTIGO

Corremos a guarecernos en el auto, la tormenta se desata con violencia.

*Texto cedido para www.librosyletras.com

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Libros de Pablo Laborde.

Pablo Laborde nació en Buenos Aires, donde vive y trabaja como actor. Durante casi dos décadas se dedicó a la fotografía como actividad paralela. En 2015 recibe la primera mención en el Concurso de Guiones para Series Web de la Fundación Sagai por su obra El tipo que elonga. Ese mismo año, APAIB, en su Concurso Literario de Cuentos patrocinado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, le otorga un premio por su narración Los mellizos atroces. Ambos relatos forman parte de esta primera edición. Además de Bilis. esta última década, publicó Los que matan el tiempo y lloran su entierro (2017), y Mueren se reproducen crecen y nacen (2019), este último libro, como cierre de la trilogía iniciática; todos los títulos publicados por Bärenhaus.