Un café en Buenos Aires con Dana Babic

“Hoy parece que no hay tiempo para que un libro encuentre a sus lectores”

Cuando terminé este café con Dana tuve una certeza: volveríamos a encontrarnos para seguir charlando sobre escritores, lectores, libros, agentes literarios, editores y tanto más. Así que bien podemos tomar a esta conversación como la primera de varias, un acercamiento a lo que fue hasta acá su vida vinculada al mundo del libro, sus años de trabajo en la mejor agencia literaria de Argentina, su experiencia como lectora profesional y como directora de Burak, y su actual cargo de coordinadora editorial en Hugo Benjamín.

Siéntense con nosotros, están todos invitados a este café. Será el primero de varios.  

—Arranquemos por el principio, Dana. Uno de tus primeros trabajos fue en la agencia literaria de Guillermo Schavelzon. ¿Qué edad tenías?¿Cómo entraste ahí?

Mi primer trabajo relacionado a la literatura fue en la agencia de Willie, o sea: ¡empecé a lo grande! Yo no era muy consciente sobre quién era él. Todo lo que sabía del medio estaba en mi biblioteca, me fui dando cuenta de su enorme trayectoria a medida que pasaban los primeros días en la oficina. Yo tenía treinta años, estaba buscando trabajo, y una amiga de mi hermana hizo puente.

—¿Cuáles eran tus actividades?

Trabajaba en la recepción, atendía el teléfono, respondía mails, me ocupaba del archivo, coordinaba el envío de los libros… También hablaba con los autores, que era mi parte favorita, obviamente.

—¿Cuándo fuiste consciente de que trabajas en lo que sería un lugar mítico de la literatura argentina?

A medida que pasaban los días. Cuando empecé a atender el teléfono o a recibir a ciertos escritores que solo conocía porque estaban en la biblioteca familiar o en los libros de la avenida Corrientes, que durante toda mi adolescencia fue un segundo hogar. Ahí sospeché que estaba metida en un lugar importante.

—Imagino habrás tratado con muchos escritores de esos que tenemos colgados en un póster. Hay una frase que me gusta mucho: “No toques a tus ídolos, el dorado se te puede quedar pegado en las manos”. Nombrame a autores tan queribles como su obra.

Te digo dos, aunque tuve un trato muy ameno con casi todos: Elsa Bornemann e Isidoro Blaisten.

—Epa, nada menos.

Hablaba bastante seguido con ambos. Elsy era un amor, tan dulce, charlábamos de la vida. Yo le leía sus libros a mi hija, y a Elsa le encantaba saber qué le parecían. Isidoro y su voz que todavía hoy recuerdo, cada vez que llamaba me decía: “Dana, como mi nieta”. Soy muy fanática de los libros de Blaisten, y lo recuerdo con mucho cariño.

—Ahora viene un pedido de chismoso: contame una buena anécdota con alguna de esas leyendas que visitaban la agencia literaria. Total pasaron muchos años y ya prescribió cualquier condena.

Como también soy chismosa te voy a contar más de una. La primera anécdota involucra a Ernesto Sabato.

—¿Sabato? Huy, arrancaste bien arriba. Soy todo oídos.

Sabato venía a la agencia únicamente a reunirse con Willie, y lo recibíamos con una copa de vino. A la hora de agarrar la botella y llenar su copa yo estaba nerviosa, pero no volqué ni un poquito; eso era todo lo que me preocupaba, imaginate. Cuando termino de servir, él me dice: “Por favor, sírvase usted también y me acompaña”. Le digo: “No puedo. Me encantaría pero estoy trabajando”. Él me mira, sonríe y responde: “Sírvase, no hay problema. Yo conozco a su jefe, hablo con él”. Me hizo reír y aflojé los nervios.

—Qué buena anécdota. Me pregunto si los pibes de hoy se harán una idea de lo que significaba en esa época tener a Sabato delante. Dijiste que me ibas a contar más de una anécdota, así que sigo escuchando.

La otra tiene a Paul Auster como protagonista.

—¿Dijiste Paul Auster?

Escuchaste perfecto. Un día atiendo el teléfono y escucho: “Hi, I’m Paul Auster”. Me quedé muda, y al ratito empecé a repetir despacito “Ohh, waitaminuteplease”. Así, todo junto. Creo que él no me entendió, o tal vez sí y se rio, no sé. Pasé la llamada y quedé en shock. No recuerdo cómo salí de ese estado. Auster es otro de mis favoritos. Y te tengo una yapa: de adolescente yo copiaba versos de distintos poetas y “escribía” cartas de amor… Un día abro la puerta de la agencia pensando que era el chico del correo o el cadete, y estaba ahí parado Mario Benedetti. Me puse toda colorada, creo que recordé esos robos descarados, pero juro que tenían un fin muy noble.

—Dejemos esos años y vengamos al presente. Sos lectora profesional. Intuyo habrás respondido muchas veces esta pregunta, pero vamos una vez más: ¿qué es una lectora profesional?

Todavía algunas personas, incluso cercanas, no saben a qué me dedico realmente. Mi trabajo consiste en analizar críticamente la obra inédita de un autor y realizar un informe de lectura. Este informe tiene tres valoraciones: una literaria, otra comercial y, la más importante, creo yo, que es la valoración personal. El lector profesional es tu primer lector, quien va a opinar con objetividad qué necesita revisarse en tu obra y qué sintió después de leerla. Estamos preparados para dar una devolución que ayude a mejorar el inédito antes de enviarlo a una editorial o concurso, premio, etc. Esa tiene que ser la misión de todo lector profesional.

—También te estás dedicando a formar a una nueva generación de lectores profesionales.

Sí, hace unos años me di cuenta de que no se conocía mucho este oficio, sobre todo en el trabajo directo con los autores, porque también hay lectores profesionales que trabajan solo con editoriales. Primero trabajé para que hubiera más información. Y luego empecé a dar cursos porque realmente creo que el informe es una herramienta fundamental para los autores, y personalmente tenía cierta necesidad de transmitir lo aprendido.

—¿Cuáles son los principales requisitos que debe tener un lector profesional? Si me dejás me adelanto y me animo a decir dos bastante obvias, después seguís vos: un gran amor por la lectura, y mucha (pero mucha) paciencia.

Un lector debe amar la lectura, por supuesto. Y la paciencia es fundamental. También debe ser capaz de formular un análisis crítico por escrito, su informe tiene que ser claro, comprensible. Debe respetar al autor y la idea del autor, debe conocer las características de cada género y sufrir de excelente memoria. Debe ser capaz de transmitir algo más que “me gustó” o “no me gustó”. Y lo más importante: debe recordar que su valoración es subjetiva, y que nunca, pero nunca, debe imponer su opinión. 

—Sos directora de Burak. ¿Cómo se te ocurrió la maravillosa y delirante idea de armar una revista cultural en plena pandemia?

En realidad Burak nació en diciembre del año 2019, pero la venía preparando desde principios de ese año. Cuando en marzo del 2020 estaba a punto de entrar a imprenta (la revista era originalmente en papel), cerraron todo por la cuarentena y tuve que resignificar el proyecto. La idea de hacer una revista me sigue desde que era adolescente. Me acuerdo que pegaba recortes de los suplementos de cultura en un cuaderno universitario y armaba con ellos mi propio suplemento.

—¿Eras consciente del hermoso lío en el que te estabas metiendo?

La verdad es que nunca fui consciente del lío hermoso en el que sigo metida con Burak, pero cinco años después aún siento que estos espacios de difusión cultural son muy necesarios. Disfruto mucho editando la revista, es mi cable a tierra. Te cuento que pronto habrá novedades por el aniversario…

—Ahí estaremos para festejar los primeros cinco años. Sigamos adelante. Como si todo lo que hablamos hasta acá fuera poco, también trabajás en la editorial Hugo Benjamín.

Soy coordinadora editorial de Hugo Benjamín, que hace unos meses cumplió su primer año. Hugo está construyendo un catálogo muy interesante, con obras de autores noveles y otros consagrados. Tenemos una sección dedicada a los rescates, como dicen hoy, con libros de Isidoro Blaisten —para mí fue muy emocionante trabajar en la reedición de su novela—, Alicia Steimberg, y se viene Bernardo Jobson. También novedades de Álvaro Abós, Reina Roffé, Vicente Battista y Abrasha Rotenberg. Reeditamos un ensayo de Liliana Heker e inauguramos la colección de no ficción con un libro sobre el maltrato a personas mayores. Y tenemos casi listo un libro de Abelardo Castillo con los editoriales que escribió a lo largo de su vida.

—Que emocionante habrá sido publicar a Isidoro Blaisten, que tantos años atrás te decía “Dana, como mi nieta”. Ya que estamos, te propongo unir pasado y futuro. Trabajaste con dos referentes de la literatura argentina: Guillermo Schavelzon y Hugo Levin. Más allá de que uno sea agente literario y otro editor, ¿qué los une y qué los diferencia?

Son dos referentes que, además, trabajaron juntos hace muchos años en la editorial Galerna. Así que los une el conocimiento que tienen del ecosistema del libro, la enorme experiencia en distintas áreas, pero también una gran amistad. En cuanto a lo que los diferencia… no puedo responder, trabajé con cada uno en momentos distintos, y no sólo en cuanto al ambiente literario, también momentos míos muy diferentes. Ahora tengo algo de experiencia. ¿Sabés que cuando conocí a Hugo Levin él no tenía idea de que yo había trabajado en la agencia literaria? Eso para mí fue mágico. Realmente me siento muy afortunada por todo lo que aprendí con Willie y por lo que aprendo ahora al lado de Hugo.

—Y ya que venimos hablando de diferencias: ¿qué diferencias notás entre aquellos autores con los que tratabas veinte años atrás en la agencia literaria y los que tratás hoy en la editorial?

A nivel editorial pasó de todo en estos años. En principio, muchos de “aquellos” autores ya no están entre nosotros. Era otra época, se usaba llamar por teléfono, ¡la única red social era el MSM! Tampoco había tantas editoriales ni tantos escritores queriendo publicar su libro. Las editoriales independientes empezaron a multiplicarse a partir del año 2002, más o menos. Hasta ese momento los autores escribían, entregaban el libro, y listo, no tenían otro trabajo. Luego, cuando publicaban, se pautaban entrevistas, notas, reseñas, etc. Y había que esperar a que el libro llegue a los lectores, que haga su camino. Y con suerte esos lectores te escribían por correo para comentarte qué les pareció o para que saludes al autor de su parte…

Lo que noto ahora es que hay más ansiedad por saber si se leyó, si se vendió, si funcionó un título ni bien sale a la calle. Y entiendo que esto se debe al momento instantáneo que vivimos, todo debe ser ya. Las novedades antes duraban unos cuantos meses, hoy parece que no hay tiempo para dejar que un libro encuentre a sus lectores.

—Más allá de la situación económica, ¿cuál es el principal desafío al que se debe enfrentar actualmente una editorial argentina?

Un poco me anticipé a esta pregunta en la anterior, en principio hay que llegar a los lectores, pero bien. Hay que ofrecerles calidad, y con esto me refiero a libros curados, bien editados, bien impresos. Cuando tenés un catálogo reconocible, que mantiene una línea editorial, además del trabajo de difusión normal, hay que darle tiempo, tener paciencia, para que lleguen a él los lectores. A mí me pone nerviosa cuando sale un libro y a los tres meses le hacen certificado de defunción.

También habría que abrirse a otras alternativas de lectura. Basta de decir que el libro en papel va a morir por los e-books o los audiolibros o las plataformas de lectura. Mi hijo de veinte años lee en digital, lee un montón. Es muy lindo tener un libro en la mano, olerlo, pasar las hojas… pero tenemos que poder incorporar otras formas.

Es una situación económica difícil, bajaron las ventas y hay más libros que lectores, sin embargo, no coincido con la gente que dice que ya nadie lee. Ahora bien, teniendo en cuenta la proporción libro/lector, es un desafío para cada editorial que elijan tu catálogo. ¿Por qué lo van a elegir? Porque hay un proyecto editorial coherente, porque las ediciones están cuidadas, y los autores también. Otro día hablamos de distribución, del marketing, bookstagrammers y etcéteras.

Foto: archivo particular

—Seguro que sí. Nos quedaron temas para varios cafés más. Y hablando de cafés: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería y a qué bar lo llevarías.

Ya lo nombré antes, sería mi revancha. Invitaría a Paul Auster a tomar un café a Los Galgos, lo saludaría sin nervios ni vacilaciones.

—Qué lindo lugar Los Galgos. ¿Y qué le preguntarías a Paul?

Le pediría que me cuente todo sobre Invisible, libro que ocupa un lugar especial en mi biblioteca.

—Gracias por tu tiempo, Dana. Ya nos reuniremos para seguir charlando entre cafés y cervecitas. Y de paso invitamos a quienes nos acompañan a darse una vuelta por Burak: https://burak.ar/