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¿Cultura? No, gracias.

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¿Cultura? No, gracias.
By Libros y Letras 14 de marzo de 2015
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Por: Carlos Rehermann / Dramaturgo, novelista, periodista/Tomado de El Porta(l) Voz/ España.
En el párrafo dedicado a la cultura dentro de su discurso del día de su asunción en el cargo, el presidente Vázquez dijo:
“En sexto lugar: la cultura, sin duda, es un territorio de libertad, un lugar de encuentro democrático, un espacio para la creación colectiva y permanente de valores, de principios y de identidad de una sociedad. Dentro de esta vasta definición, y sin desmerecer otras manifestaciones de la cultura, quiero referirme a la cultura del trabajo para el desarrollo. Una cultura donde el trabajo no sólo es una forma de ganarse la vida, sino también un valor de vida […] Todos nosotros somos trabajadores, todos nosotros tenemos que defender nuestros derechos. Pero todos nosotros debemos asumir nuestras responsabilidades.

En séptimo lugar… 

En algún momento del siglo XIX, en Europa se empezó a hablar de la metáfora agrícola “cultura” para referirse al mejoramiento personal a través de la instrucción y la formación personal mediante el contacto con las artes. El espíritu se podía cultivar. Cuando los antropólogos comenzaron a hacer sus investigaciones, es decir, cuando se empezó a inventar su disciplina, a fines de aquel siglo, “cultura” comenzó a abarcar todo el conjunto de saberes, cualidades y construcciones simbólicas de un grupo social o étnico. La historia del arte incluyó en sus índices el estudio del arte prehistórico europeo y el de comunidades originarias americanas y orientales, de modo que se preparó el terreno para que, a mediados del siglo XX, “arte” y “cultura” se convirtieran en sinónimos.
El problema es que a los sociólogos y antropólogos no les interesa el arte en tanto manifestación estética, sino la cultura en tanto construcción simbólica, y le da lo mismo una pintura de Tiziano que el símbolo que en Francia señala un local de venta de tabaco. Exactamente lo mismo le sirve a la industria, especialmente cuando el arte se hace técnicamente reproducible. 
A la industria le conviene la desacralización del arte, de manera que desdibujar el término, convertirlo incluso en algo esnob, identificarlo luego con una simple producción simbólica, terminar con el valor artístico y reducir el juicio estético a una elección basada en un derecho al gusto o a la identidad de una minoría, manipulando de paso el concepto de estilo para que deje de identificar un período y pase a ser una serie de estilemas personales o tribales, sirve también a fines comerciales. 
Todo el universo simbólico se reduce a marcas de identidad, representaciones de lugares efectivamente ocupados o a los que aspiran las masas, y todo eso es comercializable, todo es transable e intercambiable, con la condición de que sea inaplicable un juicio de valor artístico.
A los gobiernos también esa confusión les viene de perillas, porque sirve de escudo para cualquier decisión que se tome. El seudosilogismo es: “arte es cultura; cultura es todo; todo es arte”.
Para evitar esta destrucción, este aplanamiento de la realidad, sería mejor no hablar de cultura, sino de arte. Por cierto, habría que explicar al gobierno que cocinar no es un arte, ni lo es romperle la crisma a un congénere, aunque en un caso se hable de arte culinario y en el otro de arte marcial.
La brusca deriva de “cultura” a “trabajo” en el discurso presidencial es muy rara. Si uno fuera un pusilánime que se siente culpable por ser artista, interpretaría que le están diciendo que arranque para las ocho horas, en vez de darle tanto a la poesía y al vino, ya se sabe cómo son los poetas. Bueno, lo del vino ya explicó el presidente que vamos a resolverlo por otro lado (1). Y lo de la poesía…bueno, identidad, valores, democracia, creación colectiva, diversidad, responsabilidad en el trabajo.
Salvo excepciones personales de algunos funcionarios y gobernantes, nunca en la historia del país, hasta ahora, hubo preocupación institucional por la cultura. De alguna manera es comprensible: el país era un páramo tan desalentador que José Batlle y Ordóñez tuvo que promulgar una ley por la cual se obliga a las instituciones públicas a que suministren una silla a cada funcionario para que pueda realizar su trabajo. Si tan desesperantemente pobres éramos, es lógico pensar que las artes fueran por completo prescindibles.

Utilidad y éxito

El Estado parece obsesionado con aplicaciones prácticas del arte: el arte debe servir a la educación, a la integración de los presos, a la salud, a pasar mejor la vejez, a consolar a los enfermos terminales; los escasísimos fondos concursables se otorgan a proyectos con “impacto” (es la terminología que se emplea desde esferas oficiales), lo que obliga a los artistas a diseñar espectáculos o eventos basados en una respuesta de público, y no en una necesidad estética.
Una necesidad estética es interna a la obra, al artista y a la sociedad, y no a problemas prácticos que deberían resolver ciertas áreas de la administración. Los tristes espectáculos que dan los contadores subidos a un estrado a proferir dislates sobre cultura ponen de manifiesto que el Estado busca con desesperación una justificación de los dineros que destina a la cultura. Eso no está mal, salvo que la búsqueda se hace en el lugar equivocado.
La obsesión por los números hace que cada año las salas de espectáculos pertenecientes al Estado publiquen las cifras de público que concurrió durante el año, festejando nuevos records. Pero, ¿es responsable un Estado que se empeña en complacer a mayorías a toda costa, en vez de diseñar y promover algo que sea bueno? ¿Qué es mejor, que se llene una sala con un circo europeo o que se estrene una sinfonía de un compositor uruguayo con una sala medio vacía?
El gobernante (o sus delegados, los gestores o gerentes), que nunca es tonto, responde: “las dos cosas”, porque él mismo está programado para complacer, pero lo cierto es que en las salas públicas sólo hay circo y ninguna sinfonía uruguaya. Y nadie ha explicado por qué no es cierto que incluso una mala sinfonía uruguaya es muchísimo mejor que un excelente circo suizo.
“Bueno”, en el sentido en que el Estado debe ocuparse de las cosas, es poner en escena una pésima sinfonía uruguaya, una y otra vez, hasta que los buenos compositores uruguayos sepan que sus esfuerzos van a ser atendidos, y entonces se abra una competencia constructiva y en algún momento haya buenas sinfonías uruguayas.
Se podrá decir que existe lo bueno que al mismo tiempo es exitoso, pero ante esa probable objeción antepondré los dichos del recientemente expelido director de cultura del ministerio de cultura: “el Estado no puede juzgar”. Lo decía siempre, tanto cuando se ninguneaba a un evidente genio a favor de un mequetrefe leal, como cuando nadie se lo preguntaba, con la insistencia propia del obseso. En cambio, el Estado puede medir impactos. Pero entonces el Estado se parece demasiado a una fábrica de refrescos. Algo eficiente, productivo e idiota.

Juicio y castigo

No sólo el Estado puede juzgar, sino que hacerlo es su obligación. Pero hay vacilaciones del Estado a la hora de juzgar incluso a esos delincuentes revestidos de bigotes escasos y uniformes deshonrados, que dieron rienda suelta a su bestialidad en los años 1970. Juzgar, evaluar y apoyar lo valioso y no apoyar lo inválido es justamente el rol del Estado. ¿O acaso ANCAP debería comprar petróleo mirándolo de lejos, dejando el juicio de su calidad a la Historia? Y si resulta ser barro negro incombustible, ¡bueno, son los riesgos que debemos correr para garantizar la independencia de criterios! Quizá ANTEL debiera comprar tres millones de módems sin hacer un juicio de su calidad, con tal de proteger la necesaria diversidad.
Que el eyectado director de cultura tuviera miedo de equivocarse o fuera, no lo quiera el Señor, incapaz de separar lo bueno de lo malo, obligó al Estado a instaurar una política cultural irresponsable. Porque como no hay una política institucional, hay apenas idoneidades personales.
Y sin embargo, el Estado juzga el arte, y su juicio es: no vale nada.
Los montos de los premios nacionales de literatura, por ejemplo, que ascienden a un máximo de 1.800 dólares (1.200 en el caso de los libros inéditos), ponen en evidencia el valor que le da el Estado a los libros producidos en el país.
Un razonamiento básico permite ver lo ofensivamente bajo de esos montos. Digamos que una novela de 150 páginas fue escrita por un individuo con una gran capacidad de producción, algo así como una página por día. Seis meses de trabajo. Lo mínimo respetable sería pagarle al tipo, si es que gana el premio a la mejor obra del país, seis sueldos más o menos decorosos, más o menos unos 18.000 dólares, algo así como una retribución por el trabajo realizado. El Estado considera que debe pagarle 10 o 15 veces menos.
El Estado puede juzgar, como se ve, y lo hace, pero no tiene confianza en su juicio, o en los artistas. No se sabe. Tampoco importa. 

Impáctame, gatopardo

Las colas del sociólogo y el contador se enredan en la cultura, porque la cultura es todo, y entonces cuando se apoya un proyecto artístico mediante fondos públicos, en caso de haber un concurso, se le pide al artista que dedique casi todo el dinero a complacer a determinados públicos, con lo cual evidentemente una porción importante de las propuestas no tendrá apoyo, ya que no tendrá impacto.
En los viejos tiempos en que no había nada y los artistas vagaban a la intemperie, quejándose amargamente de la inacción del Estado, tenían la esperanza de que las cosas cambiaran. Vendría un tiempo de amaneceres y arcoíris, nacería el hombre nuevo y los artistas serían los que gobernarían la sociedad, con libertad, democracia y todas esas cosas colectivas e igualitarias, es decir verdaderas y justas. Pero ya no hay esperanza.
No hay esperanza de que la izquierda llegue al poder: ya llegó.
Ahora que hay fondos, premios y centros MEC, nos damos cuenta de que el viejo Tomasi di Lampedusa tenía razón cuando hacía decir a su Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.
Nota:
(1) En otra parte de su discurso anunció que el gobierno hará campaña para enfrentar el consumo abusivo de alcohol.