Nota enviada por León Gil
Gajes del oficio (La pasión de escribir) es un libro de 450 páginas, con textos de más de cincuenta autores -tanto novelistas como poetas- donde reflexionan sobre su oficio. La selección y edición estuvo a cargo de Delia Juárez G. Ediciones Cal y arena, México, 2007.
Una muestra:
Seré una de las pocas poetisas en el mundo completamente feliz de ser mujer, no una de esas amargadas y frustradas, retorcidas imitadoras de hombres, que en su mayoría acaban destrozadas. Soy feliz de ser mujer, y cantaré la fertilidad de la tierra y de su gente a través de la inmensidad, el dolor y la muerte.
Sylvia Plath, en Cartas a mi madre. Trad. Montserrat Abello y Mireia Bofill. Ed. Grijalbo, 1989
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Una obra teatral no es un discurso al público; por eso odio que los actores se dirijan a la sala, salvo si es para mostrar que se está poniendo un ejemplo de lo que no hay que hacer y para parodiar a los autores didácticos.
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Creo que, como decía Nabokov, un autor no debe transmitir un mensaje, porque no es un cartero.
Eugéne Ionesco, en Diario I y Diario II, Trad. Marcelo Arroita-Jáuregui. Ed. Guadarrama, 1967 y 68
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El ser artista le separa a uno de las cosas en general. La mente trabaja a una escala más activa, más veloz, más sensible y resuelta que la de la mayoría de la gente. La mayor parte de la gente tiene, digamos, diez percepciones por minuto, mientras que un artista alcanza sesenta o setenta en el mismo tiempo. […] Creo sinceramente que esa es la razón por la que tantos escritores beben, toman pastillas o lo que sea para calmarse, para aplacar esa máquina que marcha tan rápida, sin parar. Sé que Tennessee Williams lo hacía por eso. Tenía que tomar sedantes y alcohol porque poseía una de las mentes más veloces y perceptivas.
Truman Capote, en Conversaciones íntimas con Truman Capote, de Lawrence Groebel, Ed. Anagrama, 1986
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¡Qué triste ocupación, la crítica, ya que un hombre de ese temple nos da semejante ejemplo! ¡Pero es tan agradable hacerse el pedagogo, reprender a los demás, enseñar a la gente su oficio!…La mediocridad se sacia con esa comidita diaria que, bajo una apariencia seria, oculta el vacío. Es mucho más fácil discutir que comprender, y charlar de arte, la idea de lo bello, el ideal, etc., que escribir el más pequeño soneto o la frase más sencilla.
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Encuentro todos mis orígenes en el libro que me sabía de memoria antes de escribir, Don Quijote,…
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Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de arte, y esa perpetua fusión de la ilusión y de la realidad que hace de él un libro tan cómico y tan poético. A su lado, ¡qué enanos todos los demás! ¡Qué pequeño se siente uno, Dios mío! ¡Qué pequeño!
Gustave Flaubert, en Cartas a Louise Colet, Trad. Ignacio Malaxecheverría. Siruela, 2003
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La claridad y la sencillez de un estilo merecen atención y aplauso especiales en un tiempo en que hay publicistas que en los periódicos hacen gala de oscuridad, pesadez y rebuscamiento, probablemente pensando que todo eso contribuye a la profundidad de la idea. Hay quien asegura que ahora, cuando algún crítico quiere beber, no dice sencilla y francamente “que me traigan agua”, sino algo por este estilo: “tráiganme el principio esencial de disolución que sirva para ablandar los elementos más sólidos alojados en mi estómago”.
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Créeme a mí; para todo se requiere trabajo, una labor gigantesca. Ten la seguridad de que cualquier poemilla gracioso y ligero de Pushkin nos parece ahora a nosotros tan gracioso y ligero precisamente por lo mucho que lo trabajó y corrigió el poeta. Esa es la verdad.
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Hace falta el talento del literato para producir impresión. Se puede conocer el hecho, haberlo presenciado personalmente centenares de veces y no haber recibido, sin embargo, la misma impresión que cuando viene un individuo particular y refiere ese mismo hecho, pero a su modo; lo explica con palabras suyas, y obliga a mirarlo con sus propios ojos. En este influjo se reconoce el verdadero talento.
Fiodor M. Dostoyevski, en Diario de un escritor y Epistolario de Dostoyevski. Trad. Rafael Cansinos Assens. Aguilar, 1982
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Mucho de mi poesía es, lo sé, una búsqueda y un terror de temibles expectativas, un descubrimiento y un enfrentamiento del miedo. Guardo una bestia, un ángel y un loco dentro de mí y mi búsqueda es saber cómo obran, y mi problema es sojuzgarlos y vencerlos, derribarlos y elevarlos, y mi esfuerzo es que se expresen a sí mismos.
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Estoy pasando un momento duro. Quiero escribir nada más que poemas, pero no puede ser. Nunca lo quise tanto. Pero las deudas me bombardean. […]. Desearía poder vender mi cuerpo a una viuda rica, pero ahora está gordo y tiembla un poco. Estoy harto de estar tan condenado y totalmente en quiebra, arruina las cosas. Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos. Ahora tengo nada más que el andamiaje de poemas, y nunca estoy bastante descansado como para construir los techos y las paredes.
Dylan Thomas, en Cartas. Trad. Pirí Lugones. Ed. La Flor, 1971