El color de las sombras

Por Reinaldo Spitaletta
Usted me dirá, y no sin razón, que las sombras son la negación del color. Yo en cambio le contaré cómo hay un lugar en la ciudad donde las sombras son puro color. Sucede en un barrio marginal, en la casa de don Luis Ángel Cartagena. Lo conocí en mis tiempos de reportero buscando temas insólitos para un periódico de pacotilla. Llegué hasta él porque, usted sabe, claro, los vecinos, una conversación en bus, una pista en un cafetín del Centro, y así.
Llegué en medio de dudas. Podía ser, como tantas otras veces, una falsa alarma, o un farsante. Me invitó a pasar, después de haber tocado tres veces una puerta vetusta, de la que ya no se sabía su color. Me dieron buena espina su cara de vietnamita y su barriga de hombre bondadoso. Advirtió que poco le gustaba la publicidad, que podía ser peligroso que en otros barrios se enteraran de su pieza oscura en la que no se sabe por qué artes inexplicables, la sombra era capaz de ponerse roja, o verde, o solferina, según los pensamientos del visitante. O de sus deseos.
– Lo malo es que no puede tomar fotos -dijo, con un gesto de seriedad. Tenía una camisa de cuadros azul marino y verde oliva.
Entramos al cuarto, la puerta se cerró sin que nadie la empujara. Un escalofrío me recorrió por la espalda, creí ver una sombra que se escabullía por entre unas cortinas color crema. Don Luis apagó la bombilla y las tinieblas nos envolvieron. “Cómo diablos va a haber sombra si no hay luz”, pensé. De inmediato noté rayitos luminosos que se filtraban por el techo. -Debe de haber goteras, -me dije.
A una orden suya, me instalé en la mitad del cuarto. De pronto, vi mi sombra, larga como las que dan los ocasos, y era anaranjada.
– Piense un color, un color que le guste.
Y ahora la sombra era roja. El fenómeno, inexplicable para mí, contradecía las leyes físicas. “La quiero azul”, y azul se puso. “Y ahora color arrebol” y mi sombra era un arrebol. Pensé en el color de los días de lluvia, y así fue. Mejor dicho, subí en grado de dificultad cromática y el insondable misterio respondía a mi petición.
No publiqué el reportaje. Don Luis quedó muy agradecido. Y yo también, porque quién que es realista se iba a creer esa manifestación insólita de las sombras de colores.

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