El poema del castillo almenado

Amílkar Bernal
En un separador de libros de cartón grueso donde alguien había pintado con tinta china y colores de escuela primaria un castillo almenado, que encontré por casualidad entre los libros que ya no leería por mor de la muerte, alguien que no fui yo había escrito con mi letra, al reverso del dibujo, el nombre de un poeta ruso, un número de teléfono sin dueño, la mitad de la dirección electrónica de mi hija, la marca de unos conocidos electrodomésticos y el nombre de una médica a quien se debía visitar a las cinco de la tarde de un día desconocido y sin año. Sobre el anverso, paralelo a la parte más alta del castillo, un cono coloreado de un rojo similar a la sangre cobarde, se leía lo siguiente: El espejo y la máscara (Libro de arena –Borges-). 
Durante varios meses, por temor a tanta juventud, evité buscar el cuento de Borges en la red, que era, para mi decepción, el sitio más factible donde encontrarlo. El reumatismo terminal que me agobia y el temor al azar de las calles, abiertas como la mano que ha soltado el cuchillo y la herida que hizo, me prohibían ir caminando hasta la biblioteca, igual de remota que el cielo. Hasta hoy. En un buscador de internet he encontrado el relato, lo he leído, y he llegado a la conclusión que el verdadero poema no es un poema, no necesita las palabras ni al poeta, es atemporal como un limbo, porque tiene una voz más que humana, anterior y futura a los hombres, y que sólo cuando perdimos la memoria que nos reconocía como dioses, cada uno de su inútil ajetreo, llegó a depender de la tinta, que aunque es río imposible, nos trasciende y ayuda al recuerdo. El poema, contra lo que los prosaicos creemos, es el hombre que jamás llegaremos a ser y su historia, que no merecimos.

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