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La espantapajaritos

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La espantapajaritos
By Libros y Letras 10 de agosto de 2015
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(Una historia verídica de Halloween)
León Gil
Era noche de Halloween, y el viejo poeta solitario borracho y pervertido estaba sentado como siempre en su troncotronoatalaya del parque de la esquina. Junto a él; recostadas contra una piedra -que también hacía las veces de piedratronoatalaya- tenía dos bolsas de plástico negras: una pequeña con la botella de su licor barato preferido; la otra, con una bolsa repleta de confites.
Era su costumbre por esta fecha regalar dulces a los niños que ‘a ojo’ seleccionaba; bien fuera por la pobreza o rusticidad de su disfraz, o porque los veía como huérfanos y desheredados de golosinas y cariño.
Y estaba sorbiendo a morro un trago de su botella de licor barato preferido cuando como de la nada; por entre los columpios, apareció un perfecto espantapájaros de aproximadamente uno con cincuenta de altura.
Raudo echó mano de la bolsa de los confites y, excitado, la agitó llamando la atención del espantapájaros que ya corría a unirse a un corrillo de pequeños y diversos personajes que la esperaban en la acera.
El pequeño espantapájaros hizo una seña con su mano a sus amigos y caminó hacia al viejo poeta solitario borracho y pervertido, quien ya se había dado cuenta de que se trataba; no de un espantapájaros, sino de una espantapajaritos.
Al detenerse frente él, el viejo poeta solitario borracho y pervertido le estiró un tembloroso puño de confites, el mismo que –enarcado las cejas y abriendo unos grandes ojos que la miraban de soslayo mientras perversamente sonreía–retiró tan pronto la niña extendió su disfrazada y también temblorosa canastilla.
– “Primero dime de qué vas disfrazada” –Le preguntó el viejo poeta solitario borracho y pervertido, simulando mucho interés y no tener idea de qué personaje representaba la tierna y dulce espantapajaritos.
La pequeña espantapájaros; visiblemente sorprendida, agachó la cabeza y se miró de arriba a abajo y de abajo a arriba, pues; sin haberlo pensado antes de manera expresa, suponía que los espantapájaros eran como los ángeles: asexuados y sin edad definida. Luego respondió atropelladamente, con vos angelical, pajaril: “de espantapájaros”. Y volvió a extender su temblorosa y disfrazada canastilla.
Fue en ese momento cuando el viejo poeta solitario borracho y pervertido descubrió que se trataba de Carito, la tierna y dulce y físicamente precoz preLolita de diez u once años de doña Laura, su vecina. La misma que ahora con sus andrajos se le parecía a esa especie de ángel caído y corrompido de la famosa Lola Allice Liddell en la pedófila fotografía que le hiciera el “reverendo” Dogson, disfrazándola de sucia y harapienta mendiga.
– “Vaya, qué original. ¿Y de quién fue la idea?”. Preguntó con natural galantería el viejo poeta solitario borracho y pervertido. “De mi mamá”, volvió a responder el tembloroso y desgreñado espantapajaritos. “No te preocupes, nena –dijo muy serio el viejo poeta solitario borracho y pervertido, dejando caer a la vez; uno a uno, los dulces en la temblorosa y disfrazada canastita–, “muy pronto te convertirás en todo lo contrario, ¡Claro que sí, cómo no, Lolita!”. Y soltó una repugnante y miserable risotada. Acto seguido lanzó con asco un pesado y rabioso escupitajo tras el rastro del presuroso espantapajaritos, mientras se agachaba farfullando: “puta zorrita atrapapájaros bandida”; y echaba mano de nuevo a su botella de licor barato preferido para tomarse un trago interminable, como si quisiera quitarse del alma algún antiguo y empozado amargor que le subiera desde lo más profundo de sus retorcidas y etílicas entrañas.
Esa misma noche, sin haberse despojado aún de su disfraz, Carolina contó a su madre todo lo sucedido con el viejo poeta solitario borracho y pervertido de la esquina, preguntándole qué había querido decir “ese viejo” con eso de que “pronto te convertirás en todo lo contario”.
Doña Laura; al principio, pareció desconcertada, pero al instante reaccionó sacudiendo iracunda la cabeza, mirándola rápidamente de arriba abajo y de abajo a arriba, y con su rostro encendido y una voz rencorosa que delataba su indignación y su rencor, le dijo: “no te preocupes, mi amor, no hagas caso, son bobadas que habla ya ese viejo degenerado hijo de puta”.