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La mentira de la literatura

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La mentira de la literatura
By Libros y Letras 14 de agosto de 2015
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Por Gabriel Arturo Castro / Poeta y ensayista colombiano / Tomado de Con-Fabulación
“Había una vez en la cima de la colina un pequeño pastor que pasaba todo el tiempo cuidando a sus ovejas y mientras las veía, se le ocurrió hacer una broma a los demás pastores del pueblo para divertirse. Una mañana se dirigió a lo alto de la colina, donde pastaban sus corderos y se puso a gritar: – Socorro, el lobo, viene el lobo, ayuda”. 
Así inicia la historia del pastorcito mentiroso, la conocida fábula que para Nabokov es el comienzo del arte literario. Fabular es crear una mentira consistente, donde existen dentro de este mundo otras realidades paralelas e incluyentes, mágicas, ficcionales, míticas, alucinatorias y encantadas. Al respecto afirma Jesús Maestro: “Se confirma que la ficción forma parte necesariamente de la realidad, porque Realidad y Ficción no son conceptos dialécticos, sino conceptos conjugados. La ficción es interpretable —y posible— porque existe la realidad, en cuyas estructuras (formas y materias) toda ficción está insertada, como construcción real y como realidad constituyente. Por esta razón la ficción literaria no es una suerte de réplica de la realidad, verosímilmente expresada o compuesta, según umbrales de aproximación”.
“Para no perecer en la verdad tenemos al arte”, escribió Nietzsche. De acuerdo, la literatura artística no sustituye la realidad primera, sino que la enriquece y la transgrede, desobedeciendo su lógica inmediata y su literalidad, creando otra realidad, distinta, profunda, alusiva, más allá de la representación mimética o de la fijación de la verdad absoluta. El arte no es na mentira metonímica sino metafórica. Iser dice que “no es de extrañar, pues, que a las ficciones literarias se les haya atribuido la etiqueta de mentiras, ya que hablan de lo que no existe, aunque presentan la no realidad como si realmente existiera”. Lo anterior, según Luis Alfonso Ramírez Peña, es posible “porque el discurso literario es presentado como una creencia, una manera de ver el mundo, un mundo imaginado o recreado por el autor, a partir del cual los enunciados adquieren su valor de verdad”. Para Iser la ficcionalidad es comparable con la mentira: “La mentira y la literatura siempre contienen dos mundos: la mentira incorpora la verdad y el propósito por el cual la verdad debe quedar oculta”. Sin embargo para Ramírez Peña: “La mentira no se diferencia de la ficción porque tenga la doble realidad. Esto es igual en la literatura, pero en la mentira al oponerla a la falsedad, se busca la realidad con la presentación de otra; en cambio, en la falsedad, no advierte la falsedad que está construyendo. En la literatura, el autor quiere mostrar la realidad como la ve, pero el interlocutor advierte la ficcionalidad por la participación en el ámbito literario”.
La literatura auténtica, convincente, orgánica y coherente, es construida como una mentira respecto a la realidad veraz, física y directa, muy lejos de la falsedad, proveniente de la literatura inconexa, fragmentaria, dispersa, reproductiva, mimética y mecánica, el arte del camuflaje. Al contrario de la afirmación de Pessoa, la mentira no es una inexactitud, dado que la mentira es otra creación legítima que dispone dentro de sí una sospecha sobre el régimen de verdad instaurado. Tampoco en el arte la mentira se halla próxima a la noción restringida o negativa de cinismo, engaño, distracción, eufemismo, verosimilitud, entretenimiento trivial o embuste, aspectos que hacen parte del dominio de la percepción moral: censura, castigo, prejuicio, juicio, insulto, engaño, el fraude propio del embaucador. En contravía, la mentira es robusta desde la fabricación de una trama narrativa que oculta el sentido liminal, huidizo e inasible; en cambio, la falsedad es frágil, superficial, objetiva, inconsistente, mendaz, falaz y turbia, porque expone su truco fácil, evidente, transparente y diáfano.
El mal arte es una apariencia, mendacidad, evasión, falsedad o un ardid desplegado por un poder manipulador, interesado y poco sincero, es decir, sin convicción. En cambio el buen arte proviene de la mentira, considerada ésta como otra verdad, ilusión, contradicción, paradoja, absurdo, imposibilidad, equívoco, desvío e irrealidad ilimitada y positiva, otro mundo habitable, incluyente. Sin la mentira todo arte carece de sentido, según Etienne Rey:
“La gran atracción de la mentira consiste en que es algo personal. Le pertenece a uno, es su trabajo, su obra. Cuando uno miente interviene en el orden de las cosas, las cambia, las dispone en el orden que le parece conveniente”.
Desde la mirada de Severo Sarduy, la falsedad es copia y la mentira simulacro, es decir, simulación, metamorfosis. La literatura no copia, simula, va más allá de la apariencia y trasforma el fetiche de su máscara, crea la inexistencia, la irrealidad metafísica sin la correspondencia directa con la realidad que nos intimida o aterroriza.
La mentira sería aquella aparición súbita e imaginaria, desmesurada, recreada, radical, amplia, lúdica, forjadora de mundos que sobrepasan los límites monótonos. Jugamos a desconfiar de la certeza e involucrarnos con la incertidumbre y la ambigüedad, y en ese movimiento dramático la realidad evidente desaparece, dando paso a la ficción, a la invención de ilusiones, al extrañamiento, la percepción inédita, dislocada, que convierte al mundo en nuevo, auténtico, imprevisible, distinto de la percepción común o anodina.
Ya no somos esclavos de la verdad, sino que nos convertimos en los bufones libres de Nietzsche, los del arte travieso, ligero, burlón e infantil. El pastorcito mentiroso regresa y con él sus lobos y sus espejismos.