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La mujer en la literatura colombiana

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La mujer en la literatura colombiana
By Libros y Letras 16 de junio de 2011
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Por: Juan Gustavo Cobo Borda
Artículo publicado originalmente en la edición Nº 78, marzo de 2008 de la Revista Libros & Letras


De Maria a Rosario Tijeras
Los personajes femeninos de la literatura colombiana que han tenido que decir la verdad, antes que ser figuras ejemplares. Mujeres de tragedia y dolor.
Petrarca vio por primera vez a Laura y se enamoró de ella el Viernes Santo, 6 de abril de 1327, en la iglesia de Santa Clara de Avignon. Gracias al poeta todos asistimos a la cita y continuamos repitiendo sus versos “Cuando hallándome yo desprevenido, vuestros ojos, señora, me prendieron.
Así dos adulteras celebres, Madame Bovary y Anna Karenina, todavía nos estremecen con lo trágico de su destino. Mientras que Odette de Proust, pasa de cortesana a señora dudosamente respetable. Y la impúdica Molly Bloom, desgrana la salacidad verbal de su monologo, a la vez que Lady Chatterley, continua sembrando flores en el bosque del pubis de su vital guardabosques.
Cuando estrechamos la óptica y nos fijamos en Colombia, la Maria de Jorge Isaacs parece cumplir con la habitual parábola nacional, que nuestro mejor crítico literario, Hernando Valencia Goelkel, resumió así:
“La dicha –el matrimonio, quiero decir– de Efrain y Maria, se aplazó hasta que él llegara a la mayoría de edad. Quienes leyeron la novela de Isaacs, recuerdan lo demás: mientras el héroe –y el tiempo– estaba cumpliendo ese requisito, Maria había muerto”.
La dicha, entre nosotros, no parece factible, se demora, se enreda, se sustituye por compensaciones menores. Pero ¿No es acaso El amor en los tiempos de cólera, el gran recuento de una pasión terca y empecinada que finalmente triunfa, en la antesala de la muerte, el barco enarbolando la negra bandera de la peste?
Esa terquedad proverbial tiene su origen en Ursula Iguaran, patriarca por excelencia, se remonta al cielo por “la bella” o insiste, apasionado e incluso senil, en los lechos clandestinos que de Petra Cotes a Delgadina, prefieren el verdadero amor fuera de casa. En la clandestinidad de la prostitución consentida. La Madre o la Puta, pero muy pocas veces la mujer misma en su autónoma plenitud.
Gran frustración
Si no miremos el panteón nacional femenino. Desde la Aura de Vargas Vila, quien contrae matrimonio por dependencia económica con un anciano, hasta La Marquesa de Yolombo, de 1926, donde Bárbara, la mujer más rica del título recibe su reconocimiento del rey de España, y se casa con Fernando de Orellana quien la abandona en Cartagena. A raíz de ello se vuelve loca hasta el final de sus días: basta recordar la heroína de Delirio, de Laura Restrepo, para ver como esta tradición perdura.
Pero dos años de Bárbara Caballero, en 1924, La Voragine, de José Eustasio Rivera, nos sumerge en otra alucinación, esta vez vegetal. La del mundo que lleva a Alicia embarazada a abortar en la selva y a desparecer en la nada de esa utopía, con crimen incluido. Similar en todo a la mestiza Nina que Cesar Piedrahita bautizara Toa (candela) y con la cual el médico Antonio Orrantia, trasunto claro del autor, tendrá una hija que muere junto con la madre en el parto.
El amor solo factible un momento antes de morir; la locura enclaustrando en su rígida selva; lo precario de las condiciones de salubridad, en el país, ponen a las heroína de nuestra literatura en posturas limites, frente a un entorno de hipócrita control social. Así lo anuncia en el xviii Genoveva Alcocer, quien en La tejedora de coronas (1982), de Germán Espinosa, es violada por los piratas en Cartagena y acusada de bruja ante la Inquisición.
Quemada en la hoguera a los 90 años se erige indudable símbolo de la mujer que en pos del saber, como Sor Juana Inés de la Cruz, topa el poder y es vencida por él.
Incluso siglos más tarde, las tres heroínas de la novela de Elisa Mujica, Celina, Catalina y Mirza Eslava, siguen padeciendo, desde su origen provinciano, desde sus ideas socialistas, desde su afán por ingresar a la universidad o asumir una vida propia a partir de sus trabajos, la sempiterna muralla de engaños y postergaciones, de seductores baratos y clandestinos abortos. Pero en su caso novelas como Los dos tiempos (1949) y Catalina (1963) derivaron hacia el conocimiento de que la escritura femenina en Colombia, y por consiguiente de sus heroínas, apenas si podía reconocerse en figuras como la madre Francisca Josefa del Castillo y Soledad Acosta de Samper. Había que partir de cero. Por ello la ficción en el caso de Elisa Mujica dio paso al misticismo y a sus libros sobre Santa Teresa de Jesús.
Quizas una de las pocas novelas colombianas, donde la heroína despliega una madurez y un dominio de si misma, además de las heroínas de García Márquez, sea la Wanda de Álvaro Mutis en La Ultima Escala del Tramp Steamer (1989). Musulmana nacida en Beirut, y de solo 24 años, Wanda al ser dueña del barco de cabotaje obtendrá su independencia y libertad económica para culminar su educación europea y enamorarse de ese capitán vasco de 50 años, Jon Iturri. Conciente de lo profundo de su pasión pero también de lo efímero y endeble de la misma, ligado a la agonía de ese barco que más parece surgir del celebre poema de Pablo Neruda, el Fantasma del buque de carga, que de cualquier realidad naviera o comercial. Cuando el narrador, en cierto momento, nos nombra a Tristan e Isolda nos damos cuenta de que Mutis esta intentando conferir un aura mística a esa tragedia humana. De trascender esos encuentros de pocos días, en los puertos del mundo, a una constelación de almas afines, por más que el capitán vea su barco destrozado en los raudales del Orinoco y ella retorne a la ortodoxia de su raza y religión. 
Solo que en nuestros días, y finalmente, Rosario Tijeras, con la vertiginosa visualidad alucinante de su saga de amor y muerte, vuelve a replantearnos al atroz dilema: madres que permiten a sus compañeros a abusar de sus hijas menores de edad, para así mantenerlos cerca, en la celda de la sexualidad. Hijas que luego reprocharan a sus madres no esas violaciones consentidas sino el saber y proclamar que con ellas, jóvenes, disfrutaron más sus enfermos padrastros. Tal la venganza. 
Desde aquella niña bien de Calí que termina prostituta, la Maria del Carmen Huerta que de Viva la Música (1977) de Andrés Caicedo, hasta el tiro, bailando, que cancela a la heroína de Jorge Franco, no parece demasiado atrayente el papel de la mujer en nuestras letras. Pero tampoco el país queda muy bien representado. Quizá la literatura haya tenido el penoso deber de decir la verdad mas que erigir figuras que nos convoquen y unan. Que nos hagan sentir como nosotros que también vimos el fantasma de Helena sobrevolando las murallas de Troya, aunque ella no estuviese allí y los hombres se mataran, durante una década, por un ensueño colectivo. Tal la fuerte poesía que emana la mujer. 
Juan Gustavo Cobo Borda
Sobre el autor: Juan Gustavo Cobo Borda
Poeta y ensayista. Ha ocupado cargos diplomáticos en Buenos Aires y Madrid y ha sido embajador en Grecia. Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, desde 1993, y correspondiente de la Española.