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Márquez y Cortázar, relación de literatura y tango – Última Parte

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Márquez y Cortázar, relación de literatura y tango – Última Parte
By Libros y Letras 28 de diciembre de 2012
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Completamos una trilogía sobre el gran escritor colombiano García Márquez y su relación con Argentina, que ha firmado Luciano Londoño López. El autor es una de las mayores autoridades del tango en Colombia y aún en el mundo. Sus libros y análisis son motivo de estudio y han trascendido a esa Medellín que siempre asociamos con un día trágico, con la muerte de Gardel, Le Pera y Barbieri, días después Ángel Domingo Riverol y que dejó serias consecuencias a José María Aguilar. En esta última parte ha seleccionado una de las colaboraciones del gran escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura, donde Julio Cortázar es el protagonista, y de fondo escuchamos un tango. 
“El argentino que se hizo querer de todos” de Gabriel García Márquez 
“Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. (…) Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: “La noche de Mantequilla Nápoles”. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. 
Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo. 
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también las que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. (…) En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer”.