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‘Mercurius’

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‘Mercurius’
By Libros y Letras 9 de junio de 2015
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Mejor que el ‘alquimicefa’

Tomado de El Mundo / España/ Por: Javier Blánquez
¿Alguien se acuerda de la época en la que las novelas de magos medievales eran la obsesión del barrio? Eran los años 80 y 90 y resulta que la mejor de las historias de aquella camada, ‘Mercurius’, de Patrick Harpur, no tuvo traducción al español. Hasta ahora, que aparece en el catálogo de Atalanta.
Cuando Umberto Eco publicó ‘El péndulo de Foucault’ en 1988, el mercado literario estaba saturado de superchería, enigmas, mitología y pseudo-ciencia. A la manera cervantina, la novela de Eco era un intento de poner en evidencia a ese público loco que, como don Quijote con las novelas de caballerías, se había obsesionado hasta la creencia ciega con ideas como la Tierra hueca, los platillos volantes, el resurgir de la Atlántida y secretas formas de magia practicada por sociedades secretas -los Illuminati, los Templarios- que conspiraban para dominar el mundo. Libros como ‘El misterios de las catedrales’ (1929) del supuesto alquimista Fulcanelli, o ‘El retorno de los brujos’ (1960), que tuvieron un revival a finales de los 70, se habían convertido en ‘best-sellers’. Por no hablar del fenómeno editorial ‘Caballo de Troya’ (1984) de J.J. Benítez, una adaptación ‘sui generis’ del Libro de Urantia sobre viajes en el tiempo y el origen extraterrestre de Jesucristo. En realidad, no ha cambiado gran cosa en estos años: después de El código Da Vinci, seguimos en lo mismo.
En toda esta obsesión por los misterios y lo oculto, la alquimia también se puso de moda. Del mismo modo en que la adivinación volvía a fascinar gracias a la revisión de las cuadernas de Nostradamus, la avidez capitalista por el dinero y el poder encontraba un filón en la fascinación por aquellos antiguos guardianes de secretos de la Edad Media y el Renacimiento que, siguiendo misteriosas recetas, podían transformar el plomo en oro y crear un elixir que otorgara a quien lo beba la vida eterna. Con el tiempo, muchas interpretaciones de la alquimia se han reducido a lo más utilitario: los alquimistas fueron los antepasados de los modernos químicos, y sus investigaciones erradas cuanto menos sirvieron para sentar las bases de las ciencias modernas; los pioneros de la química y la física a finales del siglo XVII, Van Helmont y Newton, habían sido alquimistas.
Pero, ¿qué eran en realidad los alquimistas? ¿Pirados que fundían metales? ¿Verdaderos guardianes de secretos arcanos que se explicaban de la manera más complicada posible para despistar? (“A lo oscuro por lo más oscuro” es una de las frases célebres de la literatura alquímica). Hay otra explicación, mucho más coherente y poética, que es la que se ha venido difundiendo en las últimas décadas y que identifica al alquimista como una versión hermética del místico o el religioso.
Alguien que, por medio de la lectura, el estudio y una concepción dual del mundo como un sistema de opuestos que se buscan, se complementan y, en su estado ideal, se funden en una sola realidad -arriba y abajo, lo puro y lo impuro, la luz y la oscuridad-, persigue completar lo que podríamos llamar un camino de perfección. El objetivo de la alquimia no era transformar un metal impuro (la materia prima) en otro puro (el oro), sino transformarse a uno mismo durante el largo proceso de esa búsqueda. Transformar el alma, sea lo que sea el alma.
Río revuelto
Patrick Harpur (1950) escribió su tercera novela, ‘Mercurius o el matrimonio de cielo y tierra’ -que ahora publica en castellano la editorial Atalanta- en 1990, todavía en ese momento en el que la divulgación ocultista (que casi siempre era confusión) estaba en su apogeo. Pero mientras muchos libros buscaban pescar en el río revuelto de la ignorancia, Harpur se aproximaba al hermetismo con ánimo divulgativo y esclarecedor. Sus ensayos posteriores, también traducidos en Atalanta, como ‘Realidad daimónica’ (1995), ‘El fuego secreto de los filósofos’ (2002) y ‘La tradición oculta del alma’ (2010), partían de un punto de partida audaz: los grandes mitos de la fantasía humana, empezando por las extrañas criaturas que se aparecen en el bosque o en el cielo, y continuando en todo lo que fuera inexplicable, no eran necesariamente reales como entidades físicas, pero sí realidades colectivas que se perpetuaban durante siglos en lo que el psicoanalista Carl Gustav Jung había identificado como el ‘inconsciente colectivo’. Existe una realidad psíquica más allá de la realidad tangible, que se ha ido replicando en versiones modificadas a lo largo de civilizaciones y generaciones.
En Mercurius, Harpur ya introducía algunas de esas ideas, pero con menos densidad erudita, pues al fin y al cabo ésta es una novela que podríamos describir como ‘culta’ -en un lugar entre el entretenimiento para doctorados en filosofía y teología medieval de ‘El nombre de la rosa’ y la divulgación para todos los públicos de ‘El mundo de Sofía’-. Es, en definitiva, una novela para comprender qué era la alquimia, quienes fueron los héroes desconocidos de esta larga saga de pensamiento, reflexión, investigación y transformación espiritual, y también para detectar a sus grandes farsantes o aprovechados. Por eso, Harpur no parece tener ninguna simpatía por Paracelso, al que ve como un simple botánico, o Fulcanelli, mientras se rinde a los pies de Filaleteo o Alberto Magno. La estructura de la novela es la del diario personal, escrito por los dos personajes principales. El primero es Smith, el vicario de una aldea rural del interior de Inglaterra, cada vez más desencantado con el conocimiento espiritual de la religión y volcado en el proceso alquímico -‘la Obra’, que tiene como resultado obtener, mediante Mercurius (la piedra filosofal), la reunión de lo de arriba con lo de abajo, ‘el matrimonio de Cielo y Tierra’ al que alude el título-, que se convierte en un proceso de conocimiento personal. El segundo personaje es Eileen, una joven curiosa pero algo ingenua que descubre el diario de Smith, fallecido (supuestamente) varias décadas atrás en un incendio, y que dejó sus textos escondidos en la pared de un pozo.
El diálogo entre Eileen y Smith es el vehículo que utiliza Smith para -sin renunciar por momentos al lenguaje metafórico y difícil de la alquimia- explicar lo que es realmente la Obra: no la persecución de un fin material, sino la transformación interior a propósito de un viaje. Hacia el final del libro, para quien tenga curiosidad suficiente para querer saber en qué base científica se sostenía la alquimia, Harpur llega a explicar cuál era la sustancia original de la llamada ‘materia prima’ -el material que, una vez purificado, se transformaba en oro-, y cuál es el proceso químico real que explicaba los milagros áureos que muchos testigos reales de obras alquímicas habían ido documentando a lo largo de siglos. Es su manera de demostrar que, detrás de fenómenos asumidos como mentiras -como la existencia de los duendes o de los extraterrestres de color verde o gris- subyace una base empírica, de realidad, a la vez que una eficiente cocina psicológica comunitaria prolongada en el tiempo.
‘Mercurius’ no es el equivalente en alquimia a lo que fue ‘El mundo de Sofía’ para la historia del pensamiento occidental: no es un libro divulgativo con forma de ficción, porque la alquimia, para no contradecirse consigo misma, necesita una retórica oscura. Pero es lo suficientemente esclarecedor como para difundir, de manera amena y rigurosa, un tema del que se ha escrito mucha basura confusa y mucha superchería interesada en confundir. Además, Harpur mezcla los episodios de búsqueda alquímica con pasajes costumbristas -en el fondo, ‘Mercurius’ es también una novela inglesa rural, como si fuera un texto de E.M. Forster con cameos de Ramon Llull, Hermes Trismegisto y John Dee- para ponerlo fácil en lo que es, ciertamente, un proceso difícil. Y lo que es más importante: sin tomarle el pelo a nadie.