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Los afectos de Rodrigo Hasbún: Memoria desfigurada

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Los afectos de Rodrigo Hasbún: Memoria desfigurada
By Libros y Letras 21 de febrero de 2019
  • Views: 51

Por: Mateo
Ortiz Giraldo*
Almacenar sin
categoría. Poner ahí y dejar que el tiempo limpie. La familia en medio de todo.
Como un núcleo desde el que se desprende la ira, el odio, la educación sentimental
arraigada en el dolor. Los afectos
(Random House, 2015) de Rodrigo Hasbún
(Cochabamba, 1981) pasa por esos ámbitos, descubre los telones que arrullan con
tranquilidad los más profundos terrores. Por eso, considero, es un libro
fundamental para hacerse mella y entender un poco el brillo salvaje que
desprenden los espejos rotos.
Este texto, a
grandes rasgos,  puede ser una novela
sobre las violencias: estatales, culturales, históricas, familiares…pero
también es un recuento de momentos claves: la segunda guerra mundial, el conflicto
bélico boliviano, la guerra de guerrillas en el cono sur. Pero,
fundamentalmente, Los afectos es una
novela sobre las distancias que creamos dentro de nuestras familias. Por eso
hablo que el libro actúa como un espejo que refleja con exactitud  las sombras y humos que unen a los miembros
de las familias.
Para lograr
esto, Hasbún emplea el relato de la
familia Ertl: alemanes exiliados en La Paz (Bolivia) a causa de la segunda
guerra mundial. Con ese rumor de persecución, latente pero lejano, esta familia
empieza a adaptarse a su nuevo entorno y con ello, a desconfigurarse.
En esa
desconfiguración, surgen los padecimientos de la desmembración: los miembros
fantasmas como el padre, quien encuentra en la exploración una forma de huida o
la madre, quien es una figura evanescente. Las hijas crecen y toman rumbos
particulares y distantes. Todos están solos, en puntos cardinales distantes. Se
extrañan, pero también se alejan cada vez más hasta el punto de no ser más que
un lejano recuerdo.
Trixi, una de
las hijas, afirman “No es cierto que la memoria sea un lugar seguro, ahí
también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos
alejándonos de la gente que más amamos” (p.134). Con esa frase, se
clausura un parte sustancial del relato. Esa donde se trata de hallar las
razones del distanciamiento. Al final, la única reflexión posible es esa: todo
se aleja y se difumina, se mezcla con esa nada densa que es la memoria. Así es
el afecto. Así son los afectos: condenados a una memoria desconfigurada.

La
irrupción:

En esta
novela, de estructura fragmentada, algo ya usual en nuestra narrativa actual,
todo tiende a lo efímero. Pero, en medio de la desaparición, también hay un
afán de permanencia. Primero, el relato mismo (la literatura se afana por
agarrar lo que se evapora) y la actividad del padre de la familia Ertl: la
fotografía. Él se encarga de hacer duraderos momentos efímeros. Hasbún no ahonda mucho sobre esa
profesión, pero es innegable la potencia poética de un fotógrafo en un relato
sobre familias que se diluyen y memorias desleídas.
Es una
irrupción sencilla y hermosa en un novela que, como dice la magnífica María José Navia en una de las solapas
del libro es “un ajuste de sentidos”. Un ajuste necesario que se va
hacia la detención y contemplación. Sin muchas artimañas y juegos.


*Mateo Ortiz Giraldo

Leedor. Presunto escribidor.
Estudia periodismo y filosofía. 

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Twitter: @plumasinave
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