Soy la escritora de los andariegos comunes: Elena Poniatowska

No. 6.677, Bogotá, Viernes 25 de Abril de 2014
Soy
la escritora de los andariegos comunes: Elena Poniatowska
Discurso de Elena
Poniatowska, Premio Cervantes 2014
“Majestades, Señor
Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor
Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad
de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas,
locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.
Soy
la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres
son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la
consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y
enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.
Simone Weil, la filósofa
francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del
alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella
fue una exiliada de todo menos de su escritura.
La
más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo
XX, la cubana Dulce María Loynaz,
segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su
finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez.
 Años
más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió
que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.
A Ana María Matute, la
conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su
obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.
María, Dulce María y Ana
María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a
quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al
igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de
ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada
piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la
muerte. Contamos con un dios para
cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.
Del otro lado del océano, en
el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer
momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha
razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la
noche de piedra del virreinato”.
Su respuesta a Sor Filotea
de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre
quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al
observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una
explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su
poema Primero sueño. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al
infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y
Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que
le eran harto inferiores.
Sor Juana contaba con
telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro
de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi
novela-testimonio “Hasta no verte Jesús mío”, no tuvo más que su intuición para
asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como
una gracia sin precio y sin explicación posible
. Jesusa vivía a la
orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un
milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la
Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido
último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos
años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y
ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.
Mi
madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942,
en el Marqués de Comillas, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida
de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del
general Lázaro Cárdenas.
 Mi familia siempre fue de pasajeros en
tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia,
norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas
francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” -como
diría José Emilio Pacheco-, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos
transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de
convertir fondas en castillos con rejas doradas.
Las certezas de Francia y su
afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los
mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se
escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los
blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría
enseñarme cómo quiere que le sirva?”
Aprendí el español en la
calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se
referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se
acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta
que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un
cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./
-¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”
Todavía hoy se mercan las
tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de
varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20,
embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.
Recuerdo
mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido
era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de
México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por
descubrir”
. En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está
cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado
México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo
frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la
llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz,
aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no
seríamos lo que somos.
¿Cómo
iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me
gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me
pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus
conquistados.
Quienes
me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la
calle.
 Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos
personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero
encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la
ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y
ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la
correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador
de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto
del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y
la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba
chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que
en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los
dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada
le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de
mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más
sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el
alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al
silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la
milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo:
“Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en
tren”. Continue leyendo en: http://bit.ly/QAPRt7

Deja un comentario