Shopping Cart

Loading

Your cart is empty

Keep Shopping

Search Results

so far empty...

Loading

Un adelanto de “Aún el agua”, el nuevo libro de Juan Álvarez

  • 7 Minutes
  • 0 Comments
Un adelanto de “Aún el agua”, el nuevo libro de Juan Álvarez
By Libros y Letras 23 de septiembre de 2019
  • Views: 75

El
escritor colombiano, Premio Nacional de Cuento “Ciudad de Bogotá” (2005),
presentará su tercera novela, Aún el agua
(Seix  Barral), el próximo 25 de
septiembre en Bogotá.

Compartimos
un adelanto de la novela en la que un grupo de mujeres —biodiseñadas para
cumplir una única misión— se prepara para cruzar la cortinatóxica que separa el
cratón sur del cratón norte de la Tierra. Su objetivo es restaurar el ciclo
hidrológico allí donde escasea el agua. El planeta ha sufrido un cataclismo
tectónico devastador y ha dejado a la mitad de la población en riesgo de ser
desahuciada.

Por:
Juan Álvarez / Autor.

Algoritmo
narrativo inorgánico

~
Emisión Alba – AÑO 2228

Han
cumplido quince años. Ha llegado la hora de recabar, para ustedes, cuhubaxies
del cratón sur, catorce mil datos en setenta y un líneas de relato. Es momento
de la escucha crítica.
Tres
cuartas partes de la masa continental de la Tierra fueron devoradas por la
Tierra misma. Una succión desde la mayor de las entrañas. Un pliegue ínfimo y
colosal en este conglomerado molecular del cosmos.
Las
quince placas tectónicas mayores sacudieron y sesgaron sus lindes y tambalearon
en el semivacío de magma y gases y reacciones nucleares en cadena, y varias de
ellas cayeron al interior de la Tierra a través de los precipicios abiertos por
su propia inclinación.
Brutal
y simple: sumergirse y desaparecer.
Al
principio, la metáfora del ajuste de cuentas de la Tierra con la especie brindó
consuelo. Pero, ya saben, no fue la especie sapiens entera la que acabó
cocinada en la astenosfera, a treinta o cuarenta o cuarenta y cinco kilómetros
de profundidad. Fue la Eurafrasia y detrás de sí Oceanía y fracciones
peninsulares y volcánicas de la Antártida Occidental: sus ciudades milenarias,
sus museos impolutos, sus castillos y llanuras y plataformas de hielo y sus
bancos criónicos y sus laboratorios corporativos desaparecidos junto a miles y
miles y miles de kilómetros de suelo y fango en el estruendo de un precipicio
devorador de semanas.
Quedaron
a flote la Antártida Oriental, reducida y remota, y dos masas de América,
separadas por el hundimiento de la Placa Caribe, desplazadas de la zona
intertropical y transformadas cada una según sus orogénesis desatadas: las
faldas extensas de los Apalaches, acidificadas y despobladas de bosques
caducifolios; las Grandes Llanuras erosionadas en extremo; las Montañas
Rocosas, deshieladas y secas en sus caudales irregulares enlodados de
vegetación descompuesta. Miles de kilómetros sacudidos de aquellas tierras del
norte encabalgaron en convulsiones telúricas que sin embargo se deshicieron al
tratar de arrugar y elevar sus montañas.
La
placa sur, al contrario, afianzó su replegarse, y los Andes patagónicos giraron
y sacudieron sus pliegues montuosos y fueron desplazándose a medida que se
estremecían y torcían hacia las sierras del Brasil. Al tiempo, las tres
ramificaciones del extremo septentrional de la cordillera tragaron llanuras y
escupieron más brazos en una orogénesis que plegaba y compactaba y empujaba sus
cimas más y más y más como buscando rasgar el cielo.
El
archipiélago de Tierra del Fuego formó picos de hasta cinco mil quinientos
metros de altura, se volcó sobre el estuario del Río de la Plata, lo redujo a
menos de cien kilómetros de ancho, y ambos accidentes voraces se remontaron
sobre las serranías de Mar y Misiones. En el interior de ese abrazo montañoso
austral se formaron lagos altos del tamaño de mares, salados al principio, de
agua salobre más tarde.
Las
sierras nevadas de Santa Marta y Mérida se elevaron para llegar a los ocho mil
y seis mil metros de altura, y la nueva cordillera andina, extendida hasta sus
faldas selváticas, se abalanzó para morder, casi, las nuevas mesetas,
descomunales también, rotas y extendidas y agrestes también, del altiplano de
las Guayanas.
Un
cratón recogido en sí mismo y renacido. Una corona ovalada de nuevos nevados
resplandecientes. La cadena andina desalineada de su pariente Transantártica.
La inmensidad vegetal y animal de la Amazonía fracturada y semicercada. La
compactación masiva de suelos y subsuelos que barajó para siempre lo que
mujeres y hombres tenían por cimiento conocido.
Esto
aquí presente que alguien tendrá que volver a nombrar.
~
tzsss ~
Años
atrás, a cuatrocientos kilómetros en el interior de la Tierra, en la zona de
transición del manto superior, donde alguna vez llegó a haber comprimida en
retículas cristalinas quince veces más agua que en la superficie de la Tierra,
ocurrió que dejó de haberla en un rango aproximado de una a quinientos: por
cada gota de agua dulce en la biósfera que iba perdiéndose para siempre, y que
era monitoreada con misticismo, quinientas desaparecían del subsuelo dejando un
rastro funesto que nadie supo leer.
Se
calcularon entonces miles de erupciones volcánicas submarinas. Se dijo que
serían simultáneas. Se previó la inminencia de un cataclismo. La gente tuvo que
enterarse de un campo del saber llamado «tectónica de placas». La especie
sapiens creyó tener dieciocho años de margen para prepararse: seis mil
quinientos setenta días más de los que tuvieron los dinosaurios antes de
desaparecer. Las cosas, sin embargo, se desataron quince meses antes de la
fecha calculada: fue un 2201 imprevisto.
Aquellas
erupciones esperadas coincidieron con un ciclo de expansión de los fondos
marinos. La expulsión violenta de magma, gases y plasmas a temperaturas propias
del núcleo externo terráqueo sacudió la corteza oceánica en todas las
dimensiones del espacio y la materia, a un grado tal que la consecuencia pasó
de ser meramente física a ser de otro orden.
Este
otro orden.
Una
distribución distinta en la intensidad de los ciclos biogeoquímicos. Un quiebre
de los sistemas nerviosos centrales de los vertebrados sobrevivientes.
Los
registros de actividad sísmica colapsaron con las primeras explosiones. Eso,
tan temprano, tendría que haber sido leído como señal en sí misma.
Dos
décadas de preparativos y refugios insólitos y un sistema infalible de
monitoreo y control de maremotos y huracanes para no haber sido capaces de
entender, allí mismo, en esa caída informática brusca, que la posibilidad de
almacenar datos geofísicos desaparecía porque lo que la Tierra bramaba era
distinto.
Un
cataclismo más allá de cualquier noción humana de destrucción.
La
geología ocurriendo.
El
registro satelital alternativo no fue exitoso. Alcanzó a grabar imágenes hasta
que el manto de escombros gaseosos fue extendiéndose como las alas de un
murciélago gigante.
Pese
a esta escasez de datos o imágenes, los científicos remanentes trazaron miles
de especulaciones algorítmicas alrededor de aquel salto de energía que seguimos
sin comprender.
Antes,
la conmoción del boquete de sequía súbita.
Un
vacío fibroso que quizá haya transformado la presión interna terráquea.
Luego
la succión y el desplome.
Casi
la Tierra mudando de piel.
***


Presentación de Aún el agua
25 de septiembre de 2019, a las 6.30 p.m.
Gimnasio Moderno, Bogotá
El autor conversará con Margarita Valencia