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Un café en Buenos Aires con el escritor Marcelo di Marco

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Un café en Buenos Aires con el escritor Marcelo di Marco
By Pablo Di Marco 27 de agosto de 2018
  • Views: 10
Por: Pablo di Marco*

Les cuento un secreto: antes de comenzar mis
cafés en Buenos Aires suelo pedirles a mis entrevistados que, si en algún punto
quieren explayarse, lo hagan, pero que en general intenten darme respuestas
breves. Y también me gusta interrumpirlos, repreguntar, contradecirlos. En fin,
molestarlos y pincharlos. ¿Por qué? Porque quiero que mis cafés en Buenos Aires
sean más una charla de bar que una entrevista formal.
Con Marcelo
di Marco
hice una excepción (a fin de cuentas “Marcelo di Marco” y
“excepción” conjugan muy bien): a poco de comenzar nuestra conversación
comprendí que era tanto lo que él tenía para decir que por primera vez me
limité a hacer mi pregunta, callar y escuchar. Ahora, con la entrevista ya
publicada, estoy seguro de que ustedes me entenderán perfectamente.

Marcelo di Marco / Foto: Cortesía autor

—¿Cómo llegan los libros a tu vida, Marcelo? ¿Cuál es el primer
recuerdo que tenés de ellos?
Este
movimiento de apertura tiene un costado tan inusual como sabroso, así que me
atendré al sentido literal de tu pregunta: el libro como objeto. Te cuento que
de chico yo era de revolver en los cajones de los grandes, y los abuelos de
Marcelito no se salvaron de este compulsivo instinto de exploración. En una de
mis excursiones al piso de arriba, una vez descubrí en el cuarto de ellos un baúl
repleto de libros, y empecé a meter mano. Aunque en aquel tiempo yo no conocía
la palabra “escalofriante”, las tapas de esos libros me resultaron muy escalofriantes: sangre bien roja,
gente muerta o en agonía, piñas, mujeres maltratadas, armas de todo tipo, palas
enterrando vaya a saber qué. Yo ni leer sabía, pero el hecho de que aquellos
libros estuvieran no en una biblioteca, como en el caso de los libros de mis
viejos, sino adentro de un baúl escondido me llenó de una extraña inquietud.
Esos libros ranfañosos, de tapas tan horrorosamente distintas a las de los
cultos libros del piso de abajo, hablaban de algo acaso prohibido, algo que me
hacía volar la imaginación. A muchas de sus tapas tenía que mirarlas de costado,
con medio ojo. Recuerdo una en especial que me marcó para siempre. Una femme fatale me miraba con ojos de gata
perversa. Tenía un cigarrillo en la mano, que se le asomaba por un costado del
encuadre, cerca de la boca ―parafraseando a Borges, el abuso del cinematógrafo me hace agregarle a ese
cigarrillo una boquilla―. Había una mujer más, en un segundo plano, y su
actitud era muy parecida a la de la preponderante mujer del cigarrillo, a quien
una línea horizontal le trazaba el cuello. Yal advertir ese detalle pensé que a
la mujer le habían cortado la cabeza, y me aterrorizaba entender que seguía
viva a pesar de la decapitación. Aquello no era lógico. Más bien era
jodidamente terrorífico. Incluso llegué a temer que el mero contacto de mis
dedos con la cartulina me contaminara de algún misterioso modo. Ya un poco más
grande, y ahora sabiendo leer, descubrí que la mayoría de esos libros
prohibidos pertenecían a la mítica Colección Rastros, el non plus ultra de las selecciones de literatura policial. Y te cuento
que el “corte” de la cabeza de la mujer fatal lo había puesto yo solito: aquel
estilizado cuello estaba adornado por un simple ―y decepcionante― collar. A mi
pedido, ayer nomás mi hija Florencia me compró por internet una de esas
novelas. Y seguiré comprando, están regaladas. Vaya a saber dónde fue a parar
el baúl de mi abuelo, pero sueño el momento de reencontrarme con aquella mujer
tan espantosamente atractiva: tengo ganas de agradecerle que me haya hecho
inventar aquella aberración, a la manera de un ejercicio de taller. Y tal vez
mi formación literaria empezó con ella. Dicho de paso, hace unos días escribí
un cuento con un decapitado. Se titula “El patio del vecino nuevo”, y formará
parte de Macabro, el tercer libro de
cuentos de la trilogía de terror que estoy escribiendo para Editorial
Bärenhaus.
—¿Recordás la primera vez que se te cruzó por la cabeza la idea de
escribir?
Al
descubrir a Edgar Allan Poe a mis
nueve o diez años, me dije que si yo pudiera transmitir con mi literatura un
mínimo porcentaje de la intensidad de este genio, ya podría darme por
satisfecho. Desde que se me cruzaron cuentos tan inolvidables como “El tonel de
amontillado”, “El corazón delator” o “El gato negro”, soñé con hipnotizar a mis
futuros lectores escribiendo historias propias, originales, contundentes. Y en
esa época ni siquiera sospechaba lo maravilloso que es inventar una narración
distinta a todas las que uno ha leído antes, y con ella hacer que la gente se
pase de la parada del colectivo; o que se quede en vela durante horas, sumida
en el placer de leerlo a uno. Pero antes de Poe debo mencionar a otro autor,
que sin darme cuenta me metió la semilla en la cabeza. Una vez un amigo me dijo
que a la novia los cuentos de mi libro El
fantasma del Reich
(Sudamericana, 1995) le recordaban al estilo narrativo
de Roald Dahl. La chica era una muy
buena lectora, y lo había dicho en son de elogio. Yo le declaré a mi amigo que
todavía no había leído a ese autor. Y lo primero que hice fue empezar a leerlo.
Y ahí descubrí que estaba equivocado: leer ―releer― cada cuento de Dahl fue como reencontrarme con amigos
a los que no veía desde hacía varias décadas; cuentos como “Jalea real”,
“Placer de clérigo” o “Cordero asado” ya habían sido leídos por mí en aquella
época virginal y desinteresada de cuando devoraba libros sin siquiera
preocuparme por saber quiénes los habían escrito. Y esta anécdota demuestra
fácticamente aquello de que uno siempre trata de reescribir el primer libro que
leyó.
—En 1995, tras ganar el Concurso Antorchas, publicaste el libro de
cuentos
El fantasma del Reich. ¿En qué evolucionó tu escritura de ese libro a hoy?
Creo
que se volvió mucho más económica y suelta. Más feliz, y menos engolada. En los
cuentos del libro que mencionás hay una tendencia bastante marcada al boludeo
descriptivo y adjetivante. Y de ese lastre me ayudó a liberarme Vicente Battista, con los consejos que
me daba al supervisar varios de mis relatos. Y también Nomi contribuyó y contribuye enormemente con esa instrucción. Hoy,
después de décadas de laburo, y siendo consciente de que los únicos que creen
que llegaron son los que jamás van a llegar, a cada nuevo libro me estoy
encontrando más y más en mi escritura. Ahora, con la mano más ágil, lo que sí
ando buscando son argumentos que se adecuen a mi esquema mental, a mis
preocupaciones personales y al estilo que tardé tanto tiempo en adquirir a
fuerza de ensayo y error. Me siento “cómodo”, en suma. Como dijo alguien, no sé
qué voy a escribir, pero sé cómo lo escribiré. Y mientras esta entrecomillada
comodidad no se convierta en comodismo, lo cual haría que mi literatura se
volviera un embole, está todo fantástico. La perfección queda lejos, más allá
del infinito; por eso lo más conveniente es tratar de escribir del mejor modo
que se pueda, y amando lo que uno inventa para ese puñado de lectores que supo
conseguirse: la literatura de uno no es para uno, aunque sean legión los
pajeros que jamás podrán entender esa perogrullada. Hablo tanto de escritores
pajeros como de lectores pajeros y también de talleristas, editores y críticos
pajeros. Amo la literatura, y lo que estoy escribiendo últimamente me gusta
tanto como si hubiera sido escrito por otro. Pero sé que queda mejor mentir que
uno sigue en la duda y en la indagación y en la búsqueda de un estilo y
blablablá. Incluso queda mejor declarar que a uno directamente la literatura no
le interesa, o bien que no sabe si es escritor o no. Qué pelotudez, propia de
millennials que no saben ni prender un fuego o prepararse una ensalada, y que
no ponen los huevos ni para ir al urólogo. ¿Sabés qué, Pablo? De puro curioso,
hace unos días googleé esa forrada de “no sé si soy escritor”, y aparece casi
tres mil veces. Y no precisamente dicha por principiantes: uno de esos
escritores que no saben si son escritores es nada menos que un escritor ganador
del Cervantes, hacé la prueba. ¿Te imaginás si se te rompe un caño en la
cocina, y cuando pedís auxilio el plomero te dice “Yo no sé si soy plomero”?
Basta de fraude.
Taller de corte & corrección, Atreverse a
escribir, Atreverse a corregir, Hacer el verso… Tus libros con trucos y secretos para aprender a escribir se
volvieron una herramienta casi imprescindible para más de una generación de
autores. ¿Cómo nace la idea de escribir esos libros?
Había
sobre la avenida Corrientes, casi llegando a Callao, una enorme librería que se
llamaba Mercurio. A los veinte años me lo pasaba recorriendo librerías de viejo
en esa zona, y la Mercurio era en la que más tiempo me quedaba revolviendo y
leyendo de parado en las distintas mesas de todo por dos pesos. En una de esas
mesas descubrí un libro de Atlántida, con el tamaño justo para que uno pudiera
llevarlo a todas partes. Se titulaba El
arte de escribir y La formación del estilo
, de Antoine Albalat, y enseguida supe que ese libro era para mí. Desoyendo
los consejos de cierto escritor castellano, en lugar de robarlo me lo compré.
Se trataba ―se trata― de un manual apasionante, lleno de trucos para mejorar la
escritura. Descubrí que ese libro era dos
libros. Y supongo que su autor escribió el segundo a raíz del éxito del
primero. Y lo más importante: a El arte
de escribir
Albalat lo publicó a
fines del siglo XIX, y a pesar de que este hombre no conoció, obviamente, a
ninguno de los grandes autores del siglo pasado, todavía sirve. Un día se me
ocurrió qué lindo sería contar con un libro tan amigo como ese, pero escrito en
nuestro medio y con ejemplos literarios de todas las latitudes y plagado de
ejercitación, anécdotas y entrevistas. Y bueno, ese libro me tocó escribirlo a
mí. Con los años, y gracias a las ventas que tuvo Taller de corte & corrección, Sudamericana me encargó tres libros
más sobre el mismo tema, que son los que vos mencionás en la pregunta. Entre
los cuatro suman once ediciones y unas mil páginas sobre el arte de escribir
narrativa, poesía y ensayo. En estas últimas dos décadas vengo cosechando
cientos de “cartas de amor” de la gente que se benefició gracias a esos libros,
que asimismo me trajeron una legión de seguidores y talleristas. Contento, el
tipo.
—Con Victoria entre las sombras te volcaste a la literatura juvenil. Me acuerdo que mientras escribías
ese libro estabas fascinado con la libertad que te brindaba la novela tras años
de escribir cuentos. Sin embargo volviste al cuento de la mano de
La mayor
astucia del demonio. ¿Qué pasó?
En
realidad, la mayoría de los relatos del libro que acabás de mencionar habían
sido escritos hace unos veinte años. Y se lo pasaron bajo estado cataléptico,
sepultos en los escritorios de los editores de Random hasta que Pablo Avelutto, actual Ministro de
Cultura de Macri, me los rechazó explicándome que ya prácticamente no sacaban
ficción. Previo a eso, yo tenía un acuerdo con el editor Luis Chitarroni ―el antecesor de Avelutto en Random― para publicar ese mismo libro. Pero lo
convenido con Luis había sido solamente de palabra, en tiempos en que la
palabra empeñada vale menos que un moco. En suma, cuando Luis debió irse de
Random, quedé huérfano. Y bromeaba Pablo
Avelutto
, refiriéndose a mí y a otros autores en situación similar como
“las viudas de Chitarroni”. Todo muy gracioso, sí; todo muy propio de La
Llanura de los Chistes, como llamaba a nuestro ocurrente país aquel azorado
señor Tokuro de Osvaldo Lamborghini.
Con el tiempo, ya instalado Avelutto
en sus flamantes funciones públicas, Random también me rechazó la novela gótica
Macabra Artana ―¡“por no tener un
sello en que poder publicarla”, ja, ja, ja!―. Y no sólo ese libro me
rechazaron, sino además la continuación de Victoria
entre las sombras
y un quinto libro sobre escritura. Previo acuerdo con mi
coautora, Diana Biscayart, en 2015
le llevé Macabra Artana a Laura Massolo y a su socio de Zona
Borde, quienes llegaron a la conclusión de que el libro, además de muy bueno,
era muy caro y muy imposible de publicar por un sello independiente. Entonces
recordé que en mis archivos tenía muerto de risa ―siguen los chistes, sí― un
libro muchísimo más reducido en páginas. Un libro de relatos de terror. Y se lo
entregué a Laura, quien se manifestó muy feliz de poder publicarme ―y, después
de leerlo, más todavía―. En conclusión, La
mayor astucia del demonio
salió en las mejores condiciones posibles en Zona
Borde (2016), en donde alcanzó una segunda edición. Repaso lo dicho, y llego a la misma conclusión a la que habrán
llegado muchos de quienes estén leyendo esta zona de la entrevista: si ciertos
mercachifles se dan el lujo de rechazar a un autor que en este momento ―por
mencionar sólo fríos datos estadísticos― tiene nada menos que cinco libros en
el catálogo de la editorial más importante del mundo, con entradas en más de un
diccionario virtual y de papel, y que desde los comienzos de una reconocida
carrera es publicado en decenas de antologías de Argentina y del exterior, y
que además su canal en YouTube cuenta con más de quince mil suscriptores,
entonces quiere decir que publicar cuesta un huevo. Y mi respuesta es sí, definitivamente.
Cuesta sangre, sudor y lágrimas, sobre todo cuando uno se niega a agacharse. Y
costará mucho más en el futuro, cuando La Llanura de los Chistes termine de
volverse absolutamente desopilante y acabemos todos ahogándonos con el eco de
nuestras propias carcajadas de suicidas. En un mundo en que una madre puede
legalmente destrozar en pedazos a su propio hijo ―en Canadá ya hay un
“filósofo” que viene hablando de abortos retroactivos, posnatales―, ¿qué
importa un librito más o un librito menos? Por eso no somos pocos los autores
de las editoriales “grandes” que estamos migrando a las editoriales
independientes. Pero les digo a los más jóvenes que no aflojen. Son
precisamente estas condiciones adversas las que lo fortalecen a uno: hasta
ahora, en treinta y cinco años de carrera publiqué quince libros, a un promedio
de un libro cada dos años y moneditas. Siempre hablando en términos de frías
estadísticas, creo que no es poco. Y hoy tuve la gracia del cielo de aterrizar
en un sello como Editorial Bärenhaus, cuyos responsables me vienen tratando
como se debe tratar a un escritor.

Marcelo di Marco / Foto: Cortesía autor

…llego a la misma conclusión a la que habrán llegado muchos de quienes estén leyendo esta zona de la entrevista: si ciertos mercachifles se dan el lujo de rechazar a un autor que en este momento ―por mencionar sólo fríos datos estadísticos― tiene nada menos que cinco libros en el catálogo de la editorial más importante del mundo, con entradas en más de un diccionario virtual y de papel, y que desde los comienzos de una reconocida carrera es publicado en decenas de antologías de Argentina y del exterior, y que además su canal en YouTube cuenta con más de quince mil suscriptores, entonces quiere decir que publicar cuesta un huevo.

—Estás obviamente crítico del manejo de las grandes editoriales.
¿Cómo
no se puede ser crítico de las “grandes” editoriales, si hoy más que nunca
están al servicio del Poder Internacional del Dinero? Si este mes les garpa
publicar un ensayo que hable a favor del Che
Guevara
, lo publicarán; y si el mes que viene les garpa publicar un ensayo
que hable en contra de ese mismo asesino serial, tampoco dudarán un instante en
publicarlo. La última vez que hablé en persona con mi ex editora me dio la
impresión de estar hablando con una empleada de contaduría.
—Voy a generalizar un poco. ¿Me equivoco si digo que hoy las
editoriales independientes son a Random y a Planeta lo que las series al cine?
¿O pecan de los mismos defectos y miserias pero a menor escala?
Lo
único que puedo decirte al respecto es que la mayoría de las editoriales
independientes existen para que sus dueños alimenten la ilusión de obtener
notoriedad en el antemencionado “mundillo”. Vos me entendés: el Sello de
Mengano, el Sello de Zutano…, esas cosas. Es una especie de hobby inocente,
digamos, porque la Torta del Prestigio es, en la realidad, más una masita seca
que una torta. Los titulares de dichas editoriales no ganan un centavo, por
supuesto ―salvo cuando tienen suerte con algún que otro libro que les arrima
unos pesos por ventas―; pero, como ya dije, hay modos de lucrar distintos del
lucro tradicional. Por supuesto, hay varias editoriales independientes que no
son para nada truchas. En cuanto a Bärenhaus, ahí sí veo una proyección
editorial que tiene más que ver con el profesionalismo que con el amiguismo.
Ojalá que llegue a viejo ―más viejo, digamos― publicando con ellos todos los
libros que me falta escribir y publicar.
—Volvamos a tus libros. Si alguien me preguntase cuál es el mejor libro
de Marcelo di Marco yo nombraría el último que publicaste:
25 noches de insomnio. A
diferencia de
Victoria entre las sombras,
donde se notaba tu deseo de querer jugar y enamorar a los pibes, acá no diste
vueltas. Te tajeaste el pecho, te arrancaste el corazón y se lo tiraste al
lector en la cara.
Gracias
por señalarlo, Pablo, porque es tal
cual, y más de un lector me dijo cosas parecidas. Uno no escribe un libro para hacer terapia, por supuesto, pero
indudablemente deja en cada página propia ―cuando es realmente propia― un montón de pulsiones, fobias y
monstruosidades que vaya a saber en qué tragedias reales se hubieran
exteriorizado de no haber salido disfrazadas de ficciones. En las dos oportunidades
en que presentó #25 ―Feria del Libro
2018 y Museo del Libro―, Nicolás
Amelio-Ortiz
señaló que hay que llegar a la edad mía para poder escribir un
libro como este. Se refería no tanto a la cuestión de la madurez
estilística―que, si nos son favorables los astros, deberíamos adquirir todos,
según pasan los años―, sino a la madurez temática y argumental. Y hace muy poco
me encontré con un compañero de la secundaria que me dijo algo parecido. Me
habló desde el conocimiento que de mí tiene, desde hace décadas, definiendo al
conjunto de mis cuentos como un decantado, un precipitado de toda una vida.
Extracto de Di Marco, podríamos
decir. Y no se equivoca ninguno de ustedes tres, porque en los relatos de ese
libro, como en los de los inéditos Turbio
y Macabro, programados para salir
este año (2018) y el que viene, decidí acogerme a aquella propuesta de Edgar Allan Poe de escribir un libro
titulado Mi corazón al desnudo, con
la condición de ser absolutamente sincero al escribirlo. Escribe con la sangre,
proponía Nieztche, y nunca me sentí
más desangrado que ahora. Estoy harto del ateísmo ignorante y de los dogmas de
la posverdad, de la cultura de la muerte, del lenguaje inclusivo, de la teoría
del género, del progresismo, del falseamiento de la historia, de la estupidez
de los intelectualoides que no pueden reconocer la verdad aunque la tengan
delante de las narices, y de la cobardía de los intelectuales que la ven pero
que no la pregonan por miedo a quedarse sin contactos, cosa que a mí me chupa
un reverendo huevo. Y bueno, toda esa hartura la exorcizo en los cuentos de
terror y humor negro que estoy escribiendo desde 2016 para acá, y seguramente
será por eso que los libros que los contienen me representan más que ningún
otro que haya escrito en el pasado. Vos mismo declaraste en la contratapa de 25 noches que era el libro más
políticamente incorrecto que pueda encontrarse. Si ser políticamente incorrecto
es cagarse en todas las lacras que acabo de mencionar, tenés razón. Cuando ese espécimen
de zurditus funcionalis ―al igual que
su primo hermano, el liberalitus
demoprogris
― llegue al final de su vida, ojalá que no se dé cuenta de que
en realidad fue una marioneta del sistema que tanto dice combatir: deberá
mandarse al buche un trago muy amargo, que yo estaré exento de beber. Que Dios
lo pille convertido. Y a mí, confesado.

—Hace poco Damián Blas Vives se refirió a vos como “Un tótem de la
literatura contemporánea argentina”. Sin embargo, son muchos los que no se
animarían a respaldar en público las palabras de Damián. Y no porque te falte
talento sino por tu postura religiosa y política. ¿Hay espacio hoy en el
(supuestamente) tolerante mundillo literario argentino para un escritor
conservador y católico?
Sinceramente
no lo sé, porque es un mundillo que no frecuento en absoluto. No me siento para
nada cómodo hablando con intelectuales en general: la gran mayoría parece venir
de fábrica con el mismo cassette, grabado en los estudios de la Gramsci &
Frankfurt Records. Y tengo una anécdota que puede ilustrar perfectamente eso
del cassette, y que jamás conté en ninguna entrevista. Hace unos treinta años,
para la época de mi conversión, un fotógrafo francés nos contactó a los
principales poetas argentinos de aquel tiempo para preparar un álbum con
nuestros retratos. La tarde de la sesión grupal, en Plaza San Martín, nos
conocimos en persona con uno de esos Grandes Popes, quien enseguida me dijo:
“¿Sabés que me gusta mucho tu poesía?”. Se lo agradecí, por supuesto. Pero un
instante después, cuando ese mismo Pope descubrió que dentro de mi morral yo
llevaba los Ejercicios Espirituales
de San Ignacio, me disparó, entre burlas y veras: “¿Sabés que ya no me gusta tu poesía?”. Toda una
radiografía de la triste época que estamos padeciendo, ¿no? Hace unos pocos
años, fui eliminado de sus contactos de Facebook por uno de mis amigos de toda
la vida, militante del Partido Obrero, por el solo hecho de que señalé en dicha
red social que el ex legislador marxista Jorge Altamira en realidad se llama José Saúl Wermus ―el hermano economista
arrimó un poco más el bochín al hacerse conocer como “Ismael Bermúdez”, dada la
similitud fónica con Wermus―. Sé que en otros países la política no es la misma
mierda que acá: parece que allá los partidos
no nos parten tanto como acá. Volviendo a lo del “mundillo literario”, las
pocas veces que me cruzo con algún ejemplar de esa fauna, en presentaciones o
ferias, no tengo muchos temas de que hablar: quien más, quien menos, todos le
tienen miedo a lo que yo amo, o directamente lo aborrecen. Nunca te lo van a
decir de manera explícita, porque, si no, entran en cortocircuito con su
prédica tan tolerante y pluralista; vos viste: te apartás del cassette, y ya
quedaste marcado como “facho”, o bien te dicen en chiste ―acordate de que
vivimos en La Llanura de los Chistes― que lo tuyo ya no les gusta más. Y además
no van a reconocer abiertamente su intolerancia, porque en sus mentecitas cabe
la fantasía de que yo puedo conectarlos con Random, justo. Por eso, más que
contactar con mis colegas, yo prefiero contactar con mis lectores: son ellos el
verdadero mundo literario, sin diminutivos. Ojo: con vos está todo bien. Y
también con el genio de Fernando
Sorrentino
, con quien sintonizamos bastante. Lo de “conservador y católico”
merece una precisión. Viéndome luchar con la espada, con la pluma y la palabra,
yo más bien me considero un católico contrarrevolucionario, y valga la
redundancia. Sí soy conservador, no en el sentido “tranquilo” de la palabra,
sino en lo que respecta a la defensa de los valores eternos ―los valores
cristianos, en definitiva―, propia del conservadurismo.
—Fue rondando los treinta años que abrazaste la religión católica,
¿no es así? ¿Tu fe influye sobre tus lecturas y escritos?
Mi
conversión se dio en 1989, para mayor exactitud, y por suerte hasta ese momento
había escrito apenas tres libros; todos “rupturistas”, todos “vanguardistas”, y
cada uno más incomprensible y engrupido que el otro. Y le agradeceré a Dios por
toda la eternidad haber operado en mí aquel misterioso trasplante de corazón
que supuso reinsertarme en la Iglesia y proclamarlo a los cuatro vientos.
Porque reemplazar públicamente mi corazón de piedra por un corazón de carne me
significó dejar de ser aquel intelectual progre que soñaban Gramsci y la
llamada Escuela de Frankfurt: un tipo mansito sumido en la ideologización a que
te somete de manera constante el universo mediático. ¡Y encima creyéndose un
piola bárbaro mientras rebuzna obedientemente “política, no metafísica” y
“aborto seguro, legal y gratuito”, enmerdado en un pantano de sofismas y
lugares comunes! No sabés la espeluznante alegría que significó para mí el
descubrimiento de Las partículas
elementales
, la gran novela de fin de siglo, en la que Houellebecq pulveriza el Mayo del 68 y los liberales dogmas de la
“fe” que terminó por parir el desastre actual. Hoy, cuando el ser humano se ha
convertido en una robótica piltrafa modelada por un sistema que el padre Benson, Orwell y Huxley no
podrían haber profetizado mejor, más que nunca es necesario fortalecerse
espiritualmente; salvo que uno quiera seguir siendo un títere de este sistema,
de esta tiranía universal disfrazada de democracia y pluralismo. En los
primeros tiempos de mi metanoia, comulgando con la intimidad del cuerpo y la
sangre del Señor, muy pronto empecé a indisciplinarme de verdad, y así entendí
todo lo que uno le debe a Dios ―todo
le debemos, en definitiva―, cuáles son mis auténticas raíces, de dónde
provengo, en qué se basa la cultura occidental y por qué la vida es sagrada.
Así aprovechada en un cien por cien, dejándome guiar por ella lo más posible,
es absolutamente natural que la fe determine mi manera de asimilar la
literatura ajena y de producir la literatura propia. Vivida como Dios manda,
alimentada por la palabra de Dios y la comunión habitual, la fe impregna,
sustenta y posibilita ―y enmienda, si es necesario― cada acto de la vida del
creyente. Y la escritura es el acto más personal que puedo ejercer en esta
vida: sé que cada palabra de mis poemas, ensayos y narraciones me las sopla el
Espíritu Santo; incluso cuando en su gran mayoría, al decir de San Juan Pablo
II, escudriñan “las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más
desconcertantes del mal”.
—Una vez una escritora me preguntó si yo de verdad era amigo tuyo.
Cuando le dije que sí me dijo que, sin ánimo de ofenderme, quería hacerme una
pregunta. Yo le dije “Adelante”, y ella me preguntó: “¿Es cierto que Marcelo
está loco?”. Creo que esta es una buena oportunidad para trasladarte la
pregunta: ¿Estás loco, Marcelo?
Yo
creo que sí. Cuenta la leyenda que, cuando recibí en casa a la tal escritora,
ese día andaba vestido de soldado. Si su pregunta no tuviera visos de realidad,
vos directamente la hubieras desestimado en lugar de trasladármela. Pero ojo,
ojito, ojete: hay locos lindos, y hay locos de mierda. Una vez, cierto
estadista dijo que hay épocas de la historia en que es un honor ir preso.
Parafraseándolo, podemos decir que hay épocas de la historia en que es un honor
ser considerado “loco”. Acordate de que una vez Marge Simpson se puso a rezar en la vía pública, y por semejante
acto de cordura pretendieron encerrarla. Chesterton decía: “Sólo quien nada a
contracorriente tiene la certeza de que está vivo”.
Vamos con la última pregunta
de Un café en Buenos Aires. Seguro que ya la conocés. Te regalo la posibilidad
de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame
quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.
Me encantaría llevarme al genial John Ford a “La cantina de Palermo”. Lo
sentaría en una mesa del patio, para que no apeste con sus cigarros a los
comensales de adentro, y haría que el mozo Claudio
le sirviese el mejor whisky que hubiera. Y ahí sí, le preguntaría cómo filmó El hombre quieto, mi película favorita.
Y si llega a responderme aquel famoso y terrorífico “Con una cámara” que le
respondió a Peter Bogdanovich en
circunstancias similares, prometo abrazarlo y darle un beso en el parche por
ser tanto o más hijo de puta que yo. ¿Qué querés que te diga, Pablo? Al igual
que le sucedía a Ford, a mí me
importa un pito ser odiado o que se diga de mí que soy un reaccionario o un
loco. Mis objetivos como escritor, coordinador de talleres y Maestro Tirador no
tienen que ver con fingirme progre para ganarme las simpatías del “mundillo”,
sino con tratar de escribir los mejores libros, formar los mejores escritores y
obtener los mejores puntajes con mi fiel carabina CZ.

Uno no escribe un libro para hacer terapia, por supuesto, pero indudablemente deja en cada página propia ―cuando es realmente propia― un montón de pulsiones, fobias y monstruosidades que vaya a saber en qué tragedias reales se hubieran exteriorizado de no haber salido disfrazadas de ficciones. 

Pablo Hernán Di Marco.
Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

Síguelo en 
Facebook: pablohernan.dimarco