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Un café en Buenos Aires con el escritor Isaías Peña Gutiérrez

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Un café en Buenos Aires con el escritor Isaías Peña Gutiérrez
By Pablo Di Marco 14 de enero de 2019
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Mi
alegría es infinita cuando veo a mis alumnos triunfar con sus libros

Isaías Peña. Foto tomada de su facebook.
Por: Pablo Hernán Di
Marco*
Isaías Peña Gutiérrez
es, tal vez, el mayor maestro de escritores de Colombia. Pese a eso, y a pesar
de los homenajes recibidos, considero que su trabajo al frente del Taller de
Escritores de la Universidad Central aún no ha sido valorado en su justa
medida. De seguro será el tiempo —con sus inevitables caprichos y demoras—
quien ponga las cosas en su lugar. Mientras tanto nada me gustaría más que esta
entrevista haga las veces de tributo a un hombre que ha dedicado su vida a
enriquecer la vida de los demás.

—Seamos clásicos y comencemos por el principio,
Isaías. O sea, por la niñez.
IP: Adelante.
—¿Cuál es el primer recuerdo que tiene en relación a
los libros?
IP: Antes que con los libros, siempre me
recuerdo con mi papá disputando la lectura de las tiras cómicas del diario El Tiempo, cuando él llegaba a casa, en
el campo, con el periódico del domingo.
—Es bueno ese recuerdo. No se le suele dar a las tiras
cómicas de los diarios el lugar que merecen a la hora de acercar a los pequeños
a la lectura.
IP:
Y luego, en mi primaria en Pitalito, recuerdo con nitidez otra disputa con
él: el padre de mi compañero de estudios Benhur
Sánchez
, don Serafín, sastre, pintor y gran lector, además de seguidor de
los Rosacruces, me había prestado la novela 20.000
leguas de viaje submarino
, de Julio
Verne
. No recuerdo en qué mar iría el capitán Nemo cuando un sábado, día de
mercado en que él salía al pueblo, amigablemente mi papá me dijo: “Mijo, esas
lecturas lo pueden distraer del estudio, mejor, présteme ese libro”, y se lo
llevó para la finca y nunca lo volví a ver. Pero ya Verne hacía parte de mis fantasías.
—Vivió hasta sus cinco años en Leticia, ese finisterre
donde pareciera que Colombia se cae del mapa. ¿Qué recuerdos tiene de sus días
en el Amazonas?
    
IP: Básicamente de Leticia mis recuerdos
son sensoriales y unos pocos visuales. Nunca puedes olvidar el calor, la
humedad y cierto sopor en el ambiente. Allí aprendí lo que en Colombia llamamos
ser “de tierra caliente”. También, la calle polvorienta que nos llevaba al
inmenso río desde la casa de madera donde mi papá había fundado una panadería.
Recuerdo el mojicón que me regalaba por las tardes para que fuera a comérmelo
con limonada bien fría a una tienda cercana. Y la presencia de una luz tropical
que llenaba el universo. A pesar de haber salido a los cinco años de allá,
Leticia sigue siendo un referente inevitable. Allá aprendí a sudar.
—Y de allí se fue a Pitalito. Una amiga que recorrió
buena parte del mundo, una vez me aseguró que no hay verde más bello que el del
sur del Huila, ¿es cierto?
IP: Tu amiga tiene razón. Tuve la fortuna
de tener un abuelo hachero que fundó una finca en las estribaciones de los
Andes occidentales de Colombia por allá en 1915. Esas montañas y valles, por
sus distintas alturas, donde la luz solar cae de tantas maneras diferentes,
producen el encanto de una paleta de verdes que van de los más brillantes y
claros a los más densos y oscuros. Hoy día se mezclan entre los que todavía
pertenecen a las montañas y selvas hasta los que nacen con los cultivos del
café, la caña de azúcar o el increíble verde de los cultivos de maíz.
—¿Cómo fue el crac interno que lo llevó a abandonar
Derecho para dedicarse de lleno a la escritura, a la promoción cultural y a la
academia?
IP: Siempre he pensado que cuando el
profesor Félix Ma. Celis escogió mi
narración sobre las vacaciones en Semana Santa como la mejor del curso, allí se
decidió mi futuro de escritor y no de abogado. Entonces no era consciente de
ello, pero hoy pienso que nunca hubo disyuntiva frente al Derecho. Aunque,
claro, mi futuro profesional frente a mis padres debió hacer ese tránsito de
diez años, cuando fui profesor de Derecho. La
lectura, primero, y luego la escritura, rigieron siempre mi vida en aquel
entonces. Y hoy lo es todo.
—En 1981 fundó el Taller de Escritores de la
Universidad Central. Cuénteme cómo se gestó esa idea, con qué resistencias y
apoyos se encontró para llevar adelante ese plan.
IP: Es cierto, no fue fácil, aunque era
irremediable. En Colombia se miraba a los talleres de literatura como una obra
de proselitismo político. Yo cerré los ojos, estaba cansado de la crítica
literaria, en la universidad no había espacio para los escritores ni para la
creación literaria, las universidades solo pensaban, se regodeaban, perdían el
tiempo con el canon literario. Cuando el rector Jorge Enrique Molina me dio luz verde para crear el Taller de
Escritores, con mi visión muy personal (un programa, un método que comenzaba a
explorar, unos períodos para ensayar, la no evaluación matemática, el abandono
de la teoría y el canon y la indagación en la narrativa misma, sin
intermediarios), abandoné la lingüística y la crítica, y me lancé a la
investigación de la ficción o no ficción narrativa, lo que llamé “creación
literaria” frente a las mal nombradas “escrituras creativas” de Norteamérica. A
los cinco años comencé a cosechar frutos. Pronto mis egresados se apoderaron de
todos los premios en los concursos literarios (la única evaluación que admito).
—¿Cuáles son las principales diferencias que
encuentra entre aquellos alumnos que usted recibía en 1981 en relación con los
actuales?
IP: A treinta y siete años de seguir
experimentando con el Taller de Escritores, creo que las diferencias no son
muchas. El entusiasmo es el mismo. Tal vez hoy han aumentado las personas de
mayor edad, sobre todo las mujeres, que creen tener más tiempo tras haber
salido de sus responsabilidades adultas, y quieren sellar sus vidas
escribiendo. Hoy, por supuesto, los talleres se multiplicaron ya que mis
alumnos han fundado muchos más. 
—¿Qué texto de otro autor (cuento, novela, ensayo o
poema) le hubiera gustado escribir?
IP: ¿Tú tienes respuesta para esa
pregunta, Pablo?
Muerte en
Venecia
. Yo debí escribir ese libro. Maldito Mann.
IP: Pobre Mann, no lo odies. No, no sabría qué decirte. Como uno de los
pilares en mi metodología es la praxis creadora, la de aprender en otros lo que
no podré repetir, esta pregunta me resulta difícil de contestar. Pero suelo
decirme, para mí mismo, cuando enfrento algún texto en el que descubro lo nuevo
sobre sus anteriores, qué bueno este texto que pudo superar al anterior. Me
hubiera gustado descubrirlo yo. Y, por supuesto, son muchos.
—¿Existe una literatura latinoamericana? ¿Algo que
una a los escritores latinos aparte del lugar de nacimiento?
           
IP: En los años 70’, cuando existió la
idea de buscarle identidad a todo, como un código de barras que identificara a
cada literatura, a cada nacionalidad, llegué a pensar en eso. Hice una historia
de nuestras literaturas latinoamericanas. Fue cuando publiqué Manual de la literatura latinoamericana,
un volumen grande que sirvió por más de treinta años a los estudiantes de
secundaria. Hoy veo más diferencias entre los escritores de cada época que en
los de cada país o continente. Y siempre habrá algo, en cada época, que los une
y algo que los diferencia. Eso está, como decía Luis Vidales, en el aire.
     —Usted ha
dedicado parte de su vida al apoyo y la promoción de otros escritores a costa
de su propia obra. ¿En algún momento se arrepintió (aunque sea un poco) de
haber tomado ese camino?
IP: Cuando la Universidad Central y el
Ministerio de Cultura me celebraron los treinta y cinco años de la fundación
del Taller de Escritores, el rector de entonces, Guillermo Páramo Rocha, dijo en su discurso que yo no necesitaba ya
escribir ningún libro de ficción, como me lo reclama siempre mi hermano Joaquín, el poeta, porque el Taller era
mi mejor libro. En parte es cierto, pero lo que tú me preguntas tiene un poco
de verdad, también. La verdad es que nunca he dejado de escribir cuentos.
Alguna vez, ojalá sea pronto, los publicaré. Y ya estoy escribiendo una
trilogía de novelas cortas. Hace dos años y medio dejé la dirección del
Departamento de Creación Literaria con ese fin. No soy un escritor tardío (de
hecho, tengo doce libros publicados de crítica y periodismo cultural y El universo de la creación narrativa,
que pronto lo convertiré en Pentafonía de
la creación narrativa
), pero sí seré un tardío en mis publicaciones de
ficción. De otro lado, mi alegría es infinita cuando veo a mis alumnos triunfar
con sus libros. Contra el egoísmo del artista, mi ejemplo siempre ha sido la
alegría por los logros de los demás.
     —¿Cómo ve
a la crítica literaria de este momento? ¿No se ha reducido a una insulsa
comunidad de elogios mutuos?
IP: La crítica literaria la acabó la
lingüística y la creencia de que eso era una ciencia exacta. En el pregrado de
Creación Literaria de la Universidad Central, que surgió en 2010 del programa y
metodología del Taller de Escritores, yo apuesto por una visión anticanonista
que nos regrese al ensayo de pensamiento libre. Que los escritores volvamos a
escribir sin las ataduras de las teorías férreas, cientificistas, dogmáticas, competitivas,
bíblicas. Me gustan las críticas comparativistas, que piensen en el libro como
algo que se está haciendo en el tiempo a pesar de su temporalidad.
—Vamos llegando al final, Isaías.
IP: ¿Tan pronto?
—Tiene usted razón. Mejor pidamos otro tinto y
sigamos conversando. Mientras tanto l
e regalo la posibilidad
de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. ¿Quién
sería?
IP: Me gustaría invitar al novelista y
poeta José Eustasio Rivera, autor de
La Vorágine.
—¿A qué bar lo llevaría?
IP: Al Café Tortoni de nuestro Buenos
Aires querido.
—Gran elección. En el Tortoni podríamos invitar a
José Eustasio a disfrutar un glorioso chocolate con churros. Y después incluso
podríamos jugar unas partidas de billar.
IP: Es una muy buena idea, Pablo.
—Y entre carambola y carambola, ¿qué le preguntaría
al gran Rivera?
  
IP: ¿Por qué te fuiste en 1928 para Nueva
York, y no escogiste, mejor, a Buenos Aires?

La lectura, primero, y luego la escritura, rigieron siempre mi vida en aquel entonces. Y hoy lo es todo.

*Agradezco
enormemente la colaboración de Tamara Peña Porras para la realización de la
presente entrevista.


*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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