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Un café en Buenos Aires con la escritora Victoria Vázquez

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Un café en Buenos Aires con la escritora Victoria Vázquez
By Pablo Di Marco 19 de febrero de 2019
  • Views: 38

…pero “el mundo del libro”, ese que parece brillar como una marquesina, está reservado al marketing, las grandes editoriales, los concursos destacados, y a ese mundo no llegué.




Por: Pablo Di Marco*

Esa
mañana cuando entré a Libros del pasaje me supe un tipo con suerte. Mi mesa
favorita estaba libre, y en cuestión de minutos me encontraría con Victoria Vázquez. Ya hacía una semana
que había terminado de leer su libro Frío,
y varios de sus cuentos aún me seguían rondando. ¿Qué mejor que poder conversar
mano a mano con una autora sobre el detrás de escena de su escritura, sobre su
acercamiento al mundo de los libros, sobre…? Apenas llegó Victoria pedimos dos cafés (hacen rico café en Libros del pasaje) y
de inmediato nos lanzamos a la charla.
—Hasta hace un
par de años eras una autora inédita. Hoy tenés tu primer libro publicado,
lidiaste con editores, trataste con autores y periodistas, te presentaste en
ciclos de lecturas… en fin, atravesaste el cristal. ¿Resultó el mundo del libro
lo que imaginabas? ¿En qué te sorprendiste para bien? ¿Y en qué te decepcionaste?
VV: Dicho así parece que soy best-seller y estoy más que lejos de
eso. Quizás justamente lo que aprendí es que publicar un libro, sobre todo
desde una editorial independiente, no es tan ideal como parece. Es muy útil
como parte del proceso creativo, como cierre personal de un proyecto, para
compartir tu trabajo, pero “el mundo del libro”, ese que parece brillar como
una marquesina, está reservado al marketing, las grandes editoriales, los
concursos destacados, y a ese mundo no llegué. E incluso en una escala menor,
no a muchos les interesa lo que hacés, hay que aprender a moverse y yo
considero que en ese sentido recién estoy empezando.
—Es interesante
eso que decís de que “hay que aprender a moverse”. Hoy pareciera que no basta
con que el escritor escriba el mejor libro posible. Se precisa más. Y ese “más”
no necesariamente está vinculado a escribir y a corregir, sino a eso que vos
bien definiste… “manejarse bien”. Tal vez esa sea una de las mayores
decepciones con las que nos sorprende el mundo del libro.
VV: Claro, es ajeno a lo literario. Y, al
menos en mi caso, tampoco sabés muy bien cómo hacerlo. Le das tu libro a
personas en medios creyendo que lo van a leer y comentar, o decirte algo, y no
pasa. Es difícil hacer llegar tu material porque ni siquiera sabés bien a dónde
tiene que ir.
—Vamos al
contenido de tu libro. Los buenos cuentos dialogan con otros buenos cuentos, y
uno de mis cuentos favoritos de Frío
es “Colonización”. Me hizo pensar en “La caída de la casa Usher” y en “Casa
tomada”. Pero la opinión del lector pocas veces coincide con la del autor. ¿Vos
qué pensás?
VV: Seguramente suceda algo así, solo que
no se tiene plena conciencia de eso cuando se escribe. Creo que nuestras
lecturas nos constituyen, como otras cosas aleatorias que van armando lo que
uno es, las herramientas y recursos que tiene, tanto para escribir como para
cualquier otra cosa. Por eso sería perfectamente normal que se cuelen en
nuestra escritura. Así como a veces alguien encuentra algo que no podría estar
por bagaje, interpreto que entonces está por universalidad, por tocar algo
común al ser humano y punto. Me pasó con un texto que publiqué en una revista,
alguien me relacionó con Joyce Carol
Oates
y yo no la había leído hasta ese momento.
—“Troglodita”,
que gira en torno a los problemas de alimentación de una chica, vira de un
segundo al otro de lo realista a lo fantástico. Me obligaste a releer tres
veces un pasaje de ese cuento en busca de ese instante en que introdujiste
sutilmente ese pase mágico. Imagino que ensayaste  y puliste mucho ese truco.
VV: La verdad, no. La historia necesitaba
ser un in crescendo desesperado y la realidad tiene límites. Para poder llegar
al máximo de expresión, había que salirse de esos límites, y ahí es donde el
género fantástico aparece y resulta tan generoso. Nos permite hablar de cosas
intangibles como si fueran concretas. El pasaje se dio de manera natural, no
calculé “acá hago el salto”. Pero si quedó como un gran truco de magia, mejor.
—El último
cuento tiene una tensión latente que se desborda gracias al… mejor no sigo, así
son los lectores quienes se enteran por su cuenta. Pero decime, ¿te resultó un
desafío extra escribir sobre sexo?
VV: Es curioso porque tampoco me planteé
esa historia desde el sexo. Mi preocupación en este cuento era la rítmica.
Había que contar la historia en los huecos entre gota y gota, que caen con
intervalos exactos, así que la extensión del texto debía cuidar eso. De hecho
lo que ocurre (¿esto es spolier?) en realidad es parte del accidente, es un
sexo sin erotismo, lánguido. La búsqueda de la protagonista pasa más por cubrir
un hueco emocional que por satisfacer el goce corporal. Su deseo es más la
ruptura de soledad que el placer.
—Son muchos los
buenos escritores que hacen papelones a la hora de escribir un pasaje de sexo.
Pareciera que no es fácil encontrar el tono adecuado.
VV: Sí, es difícil narrar el sexo porque
uno se mueve en un espacio muy restringido rodeado de peligros: la vulgaridad,
la mojigatería, el aburrimiento. Es fácil hablar de un brazo, pero no tanto
elegir las palabras que refieran a la genitalidad, y mucho menos a la
sexualidad viva. Sumale que hablar de sexo no siempre refiere a una situación
placentera, podés narrar una violación, o una situación desagradable, así que
sí, es difícil y no todos lo superan. Yo no sé si lo logro tampoco, pero
“miembro viril” es algo que no escribiré jamás.
—Ja, no, no lo
hagas. En esas situaciones de pronto te das cuenta que el lenguaje que tenemos
a disposición es escaso, o pobre, o ridículo. En una novela de Coetzee
tradujeron a “miembro viril” como “pitorro”. Me bastó leer eso para
desconcentrarme de la novela por media hora.
VV: Ahora me interesa mucho ver la palabra
original. Es muy probable que el que haya pecado de limitado en este caso sea
el traductor.
—Sí, claro. Pobre
Coetzee, ni se habrá enterado. ¿Sabías que una revista de libros de Inglaterra
entrega cada año un premio al mejor pasaje de sexo en cuento o novela?

VV: ¿Vos decís que puedo competir en esa
revista?
—Vos mandá ese
cuento que yo te pongo un voto. Cambiemos de tema. Sos bastante activa en redes
sociales. ¿Alguna vez sentiste que lo que escribís ahí complementa tu trabajo
literario? ¿O es absolutamente independiente?
VV: Depende de la red.
—A ver, contame.
VV: Creo que Twitter no sirve para
complementar lo literario por su propia dinámica instantánea, aunque ahora
hayan extendido el espacio a 240 caracteres, la idea es una inmediatez en la
lectura que no ayuda. Sí creo que Instagram, si bien son solo imágenes,
completa quizás una idea de mí. Confieso que me gusta lo que logré con la
cuenta, aclaro que no son selfies ni fotos de mí como la mayoría de las cuentas
en esa red. Hay una cierta narración oculta en algunas de las fotos y un
proyecto potencial es relacionar la escritura con ellas, pero todavía no
desarrollé demasiado la idea.
—Brian Selznick
hizo un buen trabajo de complemento entre texto y dibujos en su novela La invención de Hugo Cabret. Volviendo
al tema escritores y redes: ¿no creés que algunos escritores a veces se exponen
por demás en las redes?
VV: Absolutamente. No todos, muchos saben
restringirse. Yo trato de mantener una mirada bastante sarcástica de las cosas,
pero a veces las emociones se cuelan.
—No se equivocó
Marcelo Rubio cuando en el prólogo de Frío
advirtió: “Habrá más libros de Victoria Vázquez”. Estás a pocos meses de
publicar Salamadra, tu segundo libro.
VV: Este segundo libro también es un
conjunto de cuentos. La temática de cada uno es distinta, pero el hilo
conductor es que todos, por metáfora, presencia, relación variopinta, hacen
referencia a algún insecto. Iba a dejarlo ahí hasta que se me ocurrió darle un
giro al final y por eso aparece el animal del título, una lagartija que los
devora a todos. No sé si quedará claro el concepto, los lectores lo dirán.
—¿La calidad de
los cuentos Frío resultaron un
aliciente o un obstáculo a la hora de escribir Salamandra?
VV: ¿Son buenos los cuentos de Frío?
—La respuesta a
esa pregunta está en mi deseo de entrevistarte. Decime, ¿tenés planeada alguna
presentación?
VV: Sí, a mediados de año, todavía no
tengo la fecha exacta.
—Yo suelo
aburrirme bastante en las presentaciones de libros. No sé, a veces pareciera el
Show de Ego del Autor más que la presentación de un libro. ¿Te pasa lo mismo?
¿Cómo lo evitamos?
VV: Lo evito saliendo del esquema del
simposio. No hay cosa más aburrida que tres personas tras una mesa hablando a
una audiencia de algo que nadie más que ellos leyó. La idea en mi presentación
es que haya lectura de uno o dos cuentos como máximo, música, un breve
comentario de quien sí leyó el libro, pero similar al prólogo, que hable de lo
lindo que es y no mucho más. No de mí, eso seguro. En la presentación de Frío en lugar de lectura conté con la
presencia de una narradora. El trabajo de ella fue apropiarse de mis textos y
contarlos. Fue increíble, incluso yo, que me los sabía de memoria, caí bajo el
encanto de la narración oral, algo tan primigenio en los humanos.
—Lo de la
narradora es una gran idea. Sobre todo porque hay algo
que los escritores no suelen notar: en general son muy malos leyendo en voz
alta. Una cosa es escribir bien, y otra muy diferente es leerle un texto a un
auditorio. Te cuento un secreto: tanto una de mis editoras como Mauro Yakimiuk
me pidieron que les lea para Instagram un parrafito de una de mis novelas.
Tardé dos meses en hacerlo.
VV: Bueno, pero lo pudiste hacer. De todos
modos en la narración oral se juega una puesta en juego del cuerpo, una
transformación de las palabras para no perder la atención del que escucha, que
hacen que resulte tan atractiva. Robo palabras de Belén Torras, la narradora de mi presentación: cuando uno lee tiene
otros tiempos, puede volver atrás en el texto, cuando escucha, no. Por eso la
narración requiere otro tipo de eficiencia. Y, esto es mío, es maravillosa. A
todos nos gusta que nos cuenten historias.
—Tal vez el
paraíso tenga la forma de un abuelo que nos cuenta un cuento. Vamos con la
última, Victoria: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a
cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo
llevarías, y qué pregunta le harías.
VV: Me gustaría más hacer a la inversa:
viajar al París de fines del siglo XIX e ir a tomar el café (bueno, si es que
había café para tomar ahí) al Moulin Rouge. El de verdad, el de Toulouse-Lautrec,
no la pantomima estilo Las Vegas que es hoy. Es probable que me resultara
bastante sórdido y no tan ideal, pero me gustaría escuchar a La Goulue, y
quizás cruzarme con algunos que pasaron por ahí: Wilde, Van Gogh, Renoir.
—Es un gran
plan. Si llegás a ir, por favor llevame.
VV: Hecho. Si consigo la máquina del
tiempo, date por invitado.
—Una más: ¿es
una responsabilidad extra llamarse Victoria?
VV: Siempre consideré que sí.
—¿Por qué sonreís?
VV: Porque es una responsabilidad, pero conmigo
misma. Llevo encima una batalla hace muchos años que aún no logro ganar. A
veces pienso que mi nombre predice un destino al respecto, pero la verdad, no
estoy segura. Cumplirle a mi nombre es un pendiente.
Victoria
Vázquez
Frío
(Editorial Textos intrusos)
120
pag.


*Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadasTríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras.

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