“Bogotá es un primer amor, quizás mal habido. La ciudad que más me impresiona en el mundo”: David Troncoso

Entrevista al escritor bogotano David Troncoso. El Francotirador de Pablo Sexto, su primera novela, habla sobre la nostalgia, la esquizofrenia de ser colombiano y las ganas de huir, pero la imposibilidad de hacerlo. Publicada por Taller de Edición Rocca.

Un hombre que vive fuera de Colombia hace décadas recuerda el barrio de su infancia, Pablo Sexto, esa pequeña ciudadela nombrada después de la visita del Papa así llamado, de su bendición, que también es una maldición. Hay un contraste en Colombia en general, la magia y el horror. Podría ser un Papa muy alto, pálido y arrugado, de ojos negros sin iris que bendice a unos niños con colmillos. La infancia de John Ferdinand Blackburn, un colombiano que se siente incómodo en su país, fue de travesuras en el barrio, pero también de encierro; de sueño y pesadilla de altura bogotana.

Y sí, Pablo Sexto era un barrio marciano, de aspirantes a yankees, por la cultura mundial dominante, el imperio; pero de arquitectura comunista, bloques de edificios que dan la idea de igualdad, de horizontalidad humana –unos rojos, otros amarillos–. La esquizofrénica Bogotá, ciudad mestiza, hace a las familias que no se encuentran huir del barrio; luego al protagonista ya adolescente y a su mejor amigo huir a Estados Unidos y a Europa.

El Francotirador de Pablo Sexto es el mejor amigo del protagonista. Se encuentran ya adultos en República Checa, y al fuego de cigarrillos de marihuana, animados por un extraño kumis con alcohol, recuerdan su infancia; la nostalgia los invade. Hay cariño entre ellos, pero también rabia. El francotirador tiene una vida oculta para Blackburn en ese país europeo, hay una novela detrás de la novela.

John F. narra con elegancia, es una especie de principito clasista que no se siente cómodo en Colombia, pero que no puede dejar de amarla. ¿Se reconciliará con su país?

David Troncoso, el autor de El Francotirador de Pablo Sexto, nació en Bogotá en 1963. Vive en New York desde hace décadas. Este libro es su primera novela, publicada por Taller de Edición Rocca. En ella hay ecos de Raymond Chandler, de Edgar Allan Poe: un narrador que va develando personajes con vidas ocultas y atormentadas; oscuridades de crimen detrás de lo aparentemente bello, del dinero y el lujo. La narración es original, hay una búsqueda de estilo, hay imágenes poéticas y mucha nostalgia.

—¿Cómo surgió la idea de El Francotirador de Pablo Sexto?

La historia en sí fue basada en un personaje del barrio de mi niñez (el barrio Pablo Sexto). El personaje era mi amigo. Se había convertido en una especie de mito urbano local gracias a un escandaloso acto violento que se le adjudicaba. La idea de escribir sobre el tema, o más bien, la intención, estuvo acompañándome desde entonces. Una mañana cualquiera (hace cinco años más o menos), desperté con esa misma sensación de haber dejado un fogón de la estufa prendido toda la noche. Supongo que quería sacarme esa historia de adentro, como quien quiere revelar algo embarazoso de una exnovia. Un impulso excitante y medio deshonesto.

—¿Cuándo, en qué circunstancias, empezó a escribir literatura, a darse cuenta de que es un medio de expresión importante para usted?

Pues fíjate que mi respuesta a tu primera pregunta prácticamente responde esta segunda. Pero hay algo más escondido en los cimientos. Tuve citas clandestinas con la escritura desde muy joven. Desde niño inclusive. Citas de manito sudada, me entiendes, pero en todas ellas quedamos de vernos más tarde en la vida, cuando ya las circunstancias estuvieran perfectas y no tuviéramos más remedio que echarnos ese polvo verdadero. Esas circunstancias perfectas llegaron en mi madurez, ya cuando había criado una hija, me había casado un par de veces y había vivido un par de vidas. Pero más que todo, cuando decidí no tener miedo de escribir.

—¿Qué escritores, lecturas, lo marcaron? ¿Quiénes son sus influencias literarias?

La lectura que más me marcó de niño, fue un cuento que encontré en una de esas revistas que están al frente tuyo en el avión, en el bolsillo de la silla de enfrente, junto a la bolsa de vomitar. Era La Muñeca Menor, de Rosario Ferré. No me interesó grabarme el nombre de la escritora y solo recientemente me molesté en averiguar quién era ella. Era muy niño y la historia en sí se quedó conmigo apenas por un par de días. Lo importante fue la sensación que se quedó conmigo una vez terminado el cuento. En ese momento entendí algo que no podía explicar, pero lo había entendido. Tanto así, que le pasé el cuento a mi mamá, quizás para compartir. Quizás para corroborar que ella no iba a experimentar lo mismo que yo y por lo tanto yo era superior a ella. Algo así. Muchas cosas me han marcado. Flores Robadas en los jardines de Quilmes, del argentino Asís. El Extranjero de Camus. El Túnel de Sábato. Muchas cosas de Puzo. Muchas de García Márquez. Muchas de Cortázar. Muchas de Asimov. Raymond Chandler. ¿Mis influencias literarias? Kundera, García Márquez. Mario Puzo.

Foto David Troncoso. Archivo particular

—¿Qué representan Bogotá y el barrio Pablo Sexto para usted?

Bogotá representa mi juventud y El barrio Pablo Sexto representa mi niñez. Supongo que Bogotá representa una madre, y sin remedio, mi identidad. Considero mi región de nacimiento como aquella donde su gente no tiene una identidad muy segura. No somos pescadores. No somos vaqueros. No bajamos un simio de un flechazo ni un coco de una palmera. Bogotá es un primer amor, quizás mal habido. La ciudad que más me impresiona en el mundo.

—¿Cómo se ve Bogotá y Colombia desde Nueva York?

Hermano, Bogotá en lo físico tal y como se ve mi primera novia ahora. Más digna y más sensual y organizada que cuando yo era joven, pero con unos sectores muy lindos ya perdidos o desguarambilados. En lo político y lo económico, que es la misma vaina, que te diría. Mirando desde muy arriba y desde muy lejos, Colombia siempre con su tendencia a copiarse de las malas mañas de USA. Casi estuvimos a punto de elegir a la versión criolla de Trump. Que no lo hayamos hecho habla bien de nosotros. Yo veo a Colombia mejor que hace mucho tiempo. Podría decir que nunca la había visto tan bien. A nivel cultural, creo que todo el planeta ha perdido la exuberancia de tiempos pasados y que esta ha sido reemplazada por el profesionalismo. Sin embargo, hace poco vi unos muchachos de edad de final de secundaria tocando instrumentos indígenas en su propio barrio al norte de Bogotá. Eso es algo que no habría ocurrido en ese mismo lugar cuando yo tenía la edad de estos jóvenes.

—¿Es inevitable la nostalgia cuando no se vive en el país de origen? ¿De alguna manera sigue viviendo en su país? ¿Por qué se fue?

La nostalgia es inevitable, afortunadamente, porque también es inevitable perderla y creo que la nostalgia es una de las cosas bonitas de la vida, aunque algunas mentes respetables la ven como una mala maña. Pero en los últimos años me he dado cuenta de que sí, que de alguna manera sigo viviendo en mi país y que he seguido haciéndolo, a pesar de que, por periodos largos, he perdido todo contacto con Colombia y que, comparándome con otros exiliados, en general mantengo una distancia que se puede notar en detalles tales como los restaurantes que no visito y los canales de tv que no mantengo y las noticias que no sigo. Sin embargo, el buen vicio de la nostalgia está ahí acompañándome en silencio, atado a la vocación del exilio. Porque el exilio también es una vocación. Tomarían años para que este concepto estuviera claro en mí. O sea, que, si me hubieses preguntado a mis 19 años el porqué de mi partida, te hubiera dicho, porque quería saber de dónde son los cantantes. O algo por el estilo.

—¿Cómo está Nueva York?, ¿cuál es su mirada de extranjero sobre esa ciudad actualmente?

Nueva York está bonita, limpia, sosa y llena de edificios nuevos, inmensos e innecesarios, pues muchos se construyen para estar vacíos. Mi largo idilio con Manhattan se ha enfriado bastante en los últimos años. Llegué a Nueva York en un momento en que ella era una ciudad horrible y sucia, y asustadora y hermosa, y excitante y mágica. Llena de locura y de música. Llena de saltimbanquis. Llena de arte. Según pasan las décadas he visto eras vivir escandalosamente y morir en silencio. Barrios y distritos apagarse como una braza ya fría. El famoso Village (Greenwich Village), corazón de la cultura y la bohemia del bajo Manhattan, el distrito más mágico y legendario del planeta, ahora travestido como parte del campus del cartel de la educación para la élite mundial, la Universidad de Nueva York. Cambios inevitables que mi ojo de extranjero mira a veces con esa nostalgia que no acaricia. Esa nostalgia que no es bonita.

—¿Cómo ve el panorama editorial literario colombiano? ¿Le interesan escritores de aquí?

Mucho talento, pero también mucha rosca, según he escuchado de fuentes de alta fidelidad, como decía Arturo Abella. Ahora que me haces esta pregunta, me preocupa notar que he perdido las copias de “La Casa Grande” y la de “Todos estábamos a la espera”.

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