Shopping Cart

Loading

Your cart is empty

Keep Shopping

Search Results

so far empty...

Loading

El diario: la catarsis de Abad Faciolince

  • 13 Minutes
  • 0 Comments
El diario: la catarsis de Abad Faciolince
By Libros y Letras 23 de enero de 2020
  • Views: 41
Héctor Abad Faciolince. Foto de Lisbeth Salas. Cortesía Alfaguara.

Por: Juan Camilo Rincón* y Pablo
Concha
** / Colombia
Para el analista alemán Hans
Rudolf Picard
, el diario es un instrumento literario para representar la
realidad, que adquiere pleno sentido cuando se dirige a un lector y se
convierte en intimidad presentada. Ese volcamiento de la íntima realidad para
ser entregada a un lector que entrará a juzgar ya no la obra sino la vida
misma, es el riesgo que corre el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince con su libro Lo que fue presente. Diarios
1985 – 2006
(Alfaguara, 2019). Como mapa de vida, este libro nos permite
recorrer, de su mano
y, en ocasiones, con amplio detalle las diversas etapas de su existencia cuyo recorrido lo llevaron a
convertirse en el escritor que hoy conocemos y reconocemos.
Sus diarios son una travesía por los
polos que para él representan sus padres (él, un intelectual socialista y
militante; ella, una mujer capitalista y pragmática), los vaivenes de una
pródiga vida afectiva, la mistura de sentimientos ante la llegada de su primera
hija y su imposibilidad de imaginarse como un buen padre, la pesadumbre frente
a la situación política de su país, la literatura que marcó su propia
escritura, entre muchos otros tópicos que aparecen y reaparecen como verdades,
algunas de las cuales pesan y cobran factura. Son también, de alguna manera,
una deconstrucción de todo aquello que lo ha formado como escritor, herramienta
que permite al lector rastrear sus orígenes, sus influencias, los vestigios de
lo que fue presente.
Llama particularmente la atención su
énfasis en que son muchas las
obras canónicas que no ha
leído, y que tampoco suele leer “lo que está de moda”, pues ha optado por
edificar un camino lejos de las tendencias, con un criterio muy personal
respecto a lo que considera que amerita ser leído.
Para Abad, la novela y ahora el diario son las formas de
creación literaria que usa para dedicarse “al yo, a la introspección, a la
divagación, al recuerdo” y, sobre todo, para ejercer la que, según él mismo,
sería su “única maternidad”.
En esta entrevista Abad Faciolince nos habla sobre su libro más reciente.
¿Cómo siente que ha sido la transformación de su
ejercicio de escritura en la creación de este diario? Después de tantos años
escribiendo, ¿siente que ha cambiado su manera de hacerlo?
HAF: Creo que en los mismos diarios
se nota ese proceso de evolución. La escritura del principio es muy distinta a
la del final. Cambia el foco, cambia el ritmo de la frase, cambian los
intereses, cambia hasta el vocabulario, los tics estilísticos. Ese es para mí,
en parte, el interés de unos diarios durante los cuales transcurren dos
decenios. El joven que los empezó no es el mismo señor maduro que les pone
punto final. En la medida en que fui capaz de escribir más y mejores libros,
los diarios perdieron importancia en mi vida: el yo perdió protagonismo y lo
ganaron los otros, las cosas, los libros que sí escribía.
¿Por qué cree usted que en Colombia no es común la
publicación de diarios? ¿Por qué no es un género al que usualmente se dedican
los escritores?
HAF: No sé. Es una pregunta para
profesores y para alguien que haga una investigación o una historia de la
literatura. Tal vez el catolicismo, con su examen de conciencia y su confesión
de boca, lleven más a la introspección y al relato oral. Si usted, cura, me garantiza
el sigilo sacerdotal, yo le cuento, y las palabras se las lleva el viento. Pero
Francia también es o fue un país predominantemente católico y tiene muchos
diaristas. Creo que en los géneros literarios hay un efecto de contagio, de
imitación. La mayor parte de los diarios de Vargas Vila ocurren en Francia. Los franceses llevan diarios porque
otros colegas los llevaron. Cuando yo empecé los míos había leído los diarios
de Stendhal. Lástima que Rufino José Cuervo no hubiera llevado
también un diario íntimo en París. A mí me gustaría leerlo. O el cura Camilo Torres un diario de su vida en
la guerrilla, por corta que haya sido. Tal vez al ser Colombia un país en el
que la gente vive todo el tiempo desconfiando del otro, el hecho de llevar un
diario y de dejar expuesta la intimidad produzca mucho miedo: todo lo que
yo escriba será usado en mi contra. Mejor me lo guardo en la caja oscura del
cráneo. Pero todo esto son solo hipótesis, ni siquiera tesis, solo
especulaciones; en realidad no tengo ninguna respuesta.
¿Qué tan útil fue para usted en sus inicios como
escritor llevar un diario?
HAF: No me gustaría presentar los
diarios como un ejercicio útil para todo el mundo. Por suerte todos somos
distintos. A algunos podría distraerlos de ejercicios literarios más útiles; a
otros se les puede convertir en una obsesión única, lo que no sé si será
conveniente. Puedo decir que a mí me convino para no derrumbarme en muchos
momentos de la vida. La escritura, en general, tomar apuntes, es algo que
siempre me ha producido claridad y tranquilidad. Pienso mejor escribiendo que
simplemente pensando.
A lo largo del libro hay, cada tanto, frases
subrayadas en rojo. ¿A qué obedece resaltar esas ideas en específico?
HAF: El origen de ese detalle (que
para mí no es un subrayado sino un regreso a los orígenes del manuscrito y de
la tipografía) está en los mismos cuadernos: por pura casualidad −los
bolígrafos se pierden− el color de la tinta en los diarios tiene variaciones.
Yo quise que esos cambios repentinos y arbitrarios, azarosos, se reflejaran en
la edición final del diario. En los incunables es bastante frecuente la mezcla
de la tinta negra con la tinta roja, lo cual tiene origen en los códices donde
al menos las letras capitulares usaban ese color, que era más caro y por lo tanto
una especie de adorno. Cuando tengo tiempo yo dedico mis libros en tinta azul y
roja. En fin, no es nada muy importante, podríamos decir que es una coquetería,
algo que hace el libro un poco menos puritano, un poco menos austero. Se atreve
al púrpura, al rojo de los cardenales católicos. Y a nadie se le impide
subrayar lo negro, lo rojo, nada… lo que quiera.
Usted afirma que para escribir necesita estar
solo. ¿Por qué necesita la soledad?, ¿cuál es el carácter de su escritura
cuando no está solo?
HAF: Soy capaz de escribir un
artículo en un aeropuerto, en un bar lleno de ruido. Pero para escribir un
poema o una página de diario, o un capítulo de novela, necesito silencio y
soledad. No sé bien el motivo. Supongo que tiene que ver la comunicación con
partes distintas del cerebro, de la sensibilidad, del pensamiento. Nunca me ha
gustado escribir con música; no soy capaz. La música me demanda una gran
atención, me arrastra. Cuando no estoy solo puedo hacer lo que demanda un
oficio: el oficio de periodista, por ejemplo, que se educa en ruidosas salas de
redacción (en las que trabajé). Pero la escritura de un diario es íntima como
cualquier vicio solitario, que no debe ser interrumpido ni presenciado por
ninguna mirada.

Tal vez al ser Colombia un país en el que la gente vive todo el tiempo desconfiando del otro, el hecho de llevar un diario y de dejar expuesta la intimidad produzca mucho miedo

A finales de 1991, al volver a vivir en Medellín,
casi lo matan por robarle el carro de su hermana. “Pese al miedo cotidiano en
esta ciudad salvaje, no hay infelicidad”, dice usted en el diario. ¿A qué se
refiere exactamente?
HAF: A una extraña resistencia
humana a hundirse en la desazón o la infelicidad total. En los años más atroces
de Medellín (el año de la peor violencia en Medellín fue precisamente el 91),
uno encontraba refugios interiores de compensación, incluso de alegrías
fugaces. Es algo que les ocurre a los soldados en medio de una guerra. La misma
sensación de que podemos morir en cualquier momento nos anima a disfrutar
algunos instantes de dicha: un helado, una sonrisa, una puesta de sol. No
estamos hechos para vivir felices, pero tampoco estamos diseñados para la
completa infelicidad: todo se pasa, el dolor y el orgasmo se pasan.
¿Cómo se retroalimentan la ficción y la realidad
en sus diarios? 
HAF: La realidad, la experiencia,
han sido siempre para mí la fuente de mi escritura, incluso de la que más
ficticia pueda ser o parecer. La experiencia de un joven aquejado de
impotencia con la mujer que ama, se puede trasladar a la ficción bajo la forma
de un viejo que ya no siente deseo, y que explica esa apatía sexual con la
edad. Es un proceso que ocurre a un nivel profundo de la conciencia, o de la
inconsciencia. Pero en el diario yo puedo rastrear de qué forma una experiencia
real se convierte en una ocurrencia fantástica. Parte del interés de los
cuadernos, al menos para mí, radica en esos procesos de transformación.
Al transcribir sus diarios para este libro, ¿qué
sintió al releerse?
HAF: A veces me sentí muy mal. No es
agradable recordar en detalle ciertas cosas que uno preferiría olvidar. De
hecho muchas cosas se me habían olvidado, ya están olvidadas, y solo sé que
ocurrieron porque ahí están escritas y confío en que ese que las escribía
estaba diciendo la verdad. Un ejemplo muy claro sería este: yo no recuerdo el
momento en que encontré un poema en el bolsillo del saco de mi padre asesinado.
Pero ese momento lo recordaba unos meses después de ocurrido y lo apunté en los
cuadernos, cuando el suceso era casi presente. Treinta años después el rastro
en las neuronas ya no existe, pero existe el rastro en la escritura. Y me creo,
le creo a la persona que fui y que escribió esa vivencia, más que ese recuerdo.
En sus primeros años usted soñaba con ser
librero-editor. Ahora que es escritor y dueño de un sello editorial, ¿cómo ve
usted el oficio?
HAF: Fui librero; tuve en Medellín
una librería de viejo: El Carnero. Y después abrí otra, Palinuro, con unos
amigos. Yo era muy mal vendedor y en la primera experiencia no nos fue muy
bien. Era muy bueno, en cambio, para comprar libros leídos, sabía escarbar muy
bien en los libros dejados por los muertos para hallar la edición rara
despreciada por todo el mundo y especialmente por los herederos. Los planes que
tuve de joven para mi vida los he realizado todos: viajar, tener hijos, sembrar
árboles, editar libros, vender libros, traducirlos, escribirlos. Ahora intento
llevar a cabo planes que me parecían imposibles de realizar en esta vida y que
yo había dejado para vivirlos en una próxima reencarnación. Por ejemplo, tocar
un instrumento musical. He estado aprendiendo a tocar guitarra, y no me va a
alcanzar la vida para aprender, pero no importa. Es tan difícil aprender algo a
mi edad que las horas se me van lentas, sin que me dé cuenta. Estoy nadando
desde hace 12 años, y también he encontrado ahí una gran dicha, como una
meditación placentera dentro del líquido amniótico del mar o de la piscina. Me
siento bendecido por el cansancio de la natación. 

La realidad, la experiencia, han sido siempre para mí la fuente de mi escritura, incluso de la que más ficticia pueda ser o parecer

El diario revela una especie de transformación de
ideales políticos, de valores de ese antiguo Abad con respecto al de hoy. ¿Cómo
ve ahora sus utopías de joven?
HAF: En muchas cosas he sido
variable e inconstante, pero mi posición política −creo− ha sido bastante
parecida a lo largo de casi toda mi vida: soy un liberal, en el sentido
filosófico del término. Fui educado por un socialista y una capitalista, mi
padre y mi madre. Para él el valor fundamental era la igualdad; para ella, que
no desprecia para nada la igualdad, existe también la relación entre el
esfuerzo, el mérito, y cierto bienestar económico que se alcanza. En ese
sentido, sobre la base de una igualdad de oportunidades bastante estricta, y
también igualdad ante la ley y satisfacción de necesidades básicas para todos,
nunca me ha parecido que en la sociedad todos tengan que ser exactamente
iguales. No creo que todos los escritores -los buenos y los malos- deban
recibir un mismo sueldo por parte del Estado. Tampoco creo que los poetas se
deban morir de hambre. Mi experiencia política es limitada y también mi interés
en la política. Desconfío de la posibilidad de construir el paraíso en la
Tierra; no creo que la materia prima de la humanidad sea tan buena como para
lograr un planeta habitado por ángeles. Creo más bien que hay que saberle sacar
algún partido al egoísmo humano, a su naturaleza tan poco angelical. Esos ideales
políticos los tengo, me parece, más o menos inalterados, desde los 30 años. Soy
lo que hoy es definido con desprecio como un centrista, un tibio: creo que el
régimen político menos dañino de la historia ha sido la socialdemocracia.
¿Ha continuado con el ejercicio de escritura de un
diario?, ¿habrá un diario 2007-2019?
HAF: Seguí llevando diarios unos
cuantos años más. Después ya no y hoy en día tengo libretas de apuntes, pero no
diarios. Son más bien pensamientos que se me ocurren, pero muy pocas veces es
el registro de lo que me pasa. Francamente ya no me importa mucho lo que me
pasa. Para llevar diarios hay que estar muy interesado en uno mismo y en la
propia vida. Eso ya no me ocurre. Lo cual no veo como una tristeza, sino como
una liberación. Escribía diarios porque era muy infeliz. No es que ahora viva
en una perpetua felicidad, no es eso. Se parece más a la indiferencia. Le tengo
miedo a las tragedias, a las grandes desgracias, pero ya no persigo el fantasma
de la felicidad. Ahora sé que hay alegrías pasajeras y dolores muy hondos que
más o menos se curan cuando los logramos olvidar.


* Juan Camilo Rincón.  Periodista, investigador cultural y
escritor. Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de
Colombia. Autor de los libros Ser colombiano es un acto de fe.
Historias de Jorge Luis Borges y Colombia
y Viaje al corazón de
Cortázar
.

** Pablo Concha. Escritor colombiano, autor del libro de cuentos de terror Otra
Luz
y colaborador literario en Libros & Letras.