Jotamario en La Habana

Tomado de Cuba Literaria/ La Habana. “Escribo mis poemas herméticos, trastorno la gramática,/ me doy en poseer un mundo que no tengo,/ leo a Paul Valéry y a Tristan Tzara”, escribe en uno de los textos de su primer libro, titulado El profeta en su casa (1966), el colombiano José Mario Arbeláez, conocido por el seudónimo Jotamario, integrante del movimiento nadaísta en su país, quien sostuvo un enriquecedor encuentro en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. 
Los poetas Basilia Papastamatíu y Jesús David Curbelo, como anfitriones de la cita, presentaron al creador, nacido en Cali, en 1940, cofundador, hace más de medio siglo, junto a Gonzalo Arango, del nadaísmo colombiano, movimiento integrado igualmente, entre otros, por Jaime Jaramillo Escobar (X 504), Eduardo Escobar, Pablus Gallinazo, Rafael Vega-Jácome y Patricia Ariza. 
”Uno de los secretos de la duración del nadaísmo -en palabras de Jotamario- fue que nunca dimos una definición lógica del movimiento, ni siquiera cuando el diccionario Larousse nos solicitó siete líneas para definirlo, más la foto de uno de sus integrantes. Nos reunimos todos y, a pesar de que tratamos, pensamos, por estrategia, que era preferible que el nadaísmo quedara como la única palabra del idioma sin definición”. 
Autor de una reconocida obra lírica, expresión de los presupuestos ideoestéticos de un movimiento que ha marcado el panorama de las letras del país sudamericano, en los textos de Jotamario es fácil advertir humor negro y erotismo, irreverencia y desenfado, presentados a través de un discurso directo y sencillo, como se evidencia en el poema “La lectura en tinieblas”: 
Mi padre no me dejaba leer la Biblia
ni el Manifiesto Comunista
para que no gastara la poca luz
que podía pagar para la casa.
Me quitaba el bombillo y dormía con él bajo la almohada
remordiéndole la conciencia
pero al pie de la cama de mi cuarto también roncaba la nevera
e instalado a los pies de mi cama con la nevera abierta
leía de la medianoche al canto del gallo
de la crucifixión de San Pedro cabeza abajo,
del intento de lapidación de Pablo en Listra
y de la pasada por la espada de Santiago en los Hechos de los Apóstoles,
de las tribulaciones de Panait Istrati,
las duras prisiones de Nazim Hikmet
y las torturas de Julius Fucik en su reportaje al pie del patíbulo,
hasta que se me helaban los huesos.
Jotamario -quien ha sido galardonado en su país, entre otros reconocimientos, con los premios nacionales del Instituto Colombiano de Cultura, La Oveja Negra y Golpe de Dados– atesora una amplia bibliografía, integrada, entre otros títulos, por El libro rojo de Rojas (1970), Mi reino por este mundo (1981), El espíritu erótico (1990), El cuerpo de ella (1999) y Nada es para siempre (Antimemorias de un nadaísta) (2002).
En opinión del también publicista y actual columnista del periódico El Tiempo, «era el propósito del nadaísmo cantarle la tabla a la clase dirigente y la dominante en un país cuyo pan de cada día era la masacre. Se presentó como un movimiento poético de vanguardia, antirreligioso y antiacadémico, pero en el fondo era más un movimiento social, un movimiento de protesta sonriente y náusea sartreana».
Fructífero resultó, para quienes asistieron a la otrora residencia de la autora de Jardín, en 19 y E, en El Vedado habanero, escuchar a José Mario Arbeláez —o mejor a Jotamario— contar anécdotas de su quehacer intelectual y oír sus poemas creados a lo largo de casi cincuenta años de ejercicio lírico, para así comprobar, como escribe en uno de sus textos, que «el diablo me hizo poeta para que ardiera en plena vida».

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