Un café en Buenos Aires con Laura Haimovichi, autora de Laetitia, Crónica de un desnudo.

Laura Haimovichi
Laura Haimovichi (© HBattistessa)

Por: Pablo Di Marco / Buenos Aires, Argentina / Especial para Libros & Letras.



Recorrer los textos, fotografías y pinturas de Laetitia me trajo a la mente aquel viejo poema de Borges, que decía:


Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?



Porque eso es Laetitia: una modelo que posa, detrás de ella un pintor que la retrata, y detrás de ambos (como un Dios omnipresente) una poeta que los espía y describe a través su pluma. Eso es Laetitia: un libro que relata la noche en la que Laetitia Machalski, Julio Lavallén y Laura Haimovichi unieron modelaje, pintura y palabra para crear una obra que sea mucho más que la suma de sus partes. Eso es Laetitia: un juego de espirales en el que la mirada del lector se detiene detrás del último Dios que mueve la mano que mueve la pieza. Bienvenidos al juego.



(© HBattistessa)


Laetitia, este primer proyecto que compartimos con Julio Lavallén, fue crear de manera artificial, pero no por eso menos verdadera, el mar, los bosques, los barcos    


—Publicaste varios poemarios y también una novela, Laura. Sin embargo intuyo que los resortes internos que debiste tocar para darle forma a un libro tan particular como Laetitia son únicos, ¿no es así?

Cuando no tenés cerca el mar, los bosques, los barcos, hay que inventarlos. Eso es lo que me sucede al no satisfacerme en la banalidad de la televisión o el consumismo, aunque… ¿quién puede sentirse completo? Y esa falta, ese espacio vacío, es a su vez el motor, el punto de partida del hacer. Claro: están el techo y el sustento, los hijos que te dan trabajo y felicidad, pero necesitás otra cosa, un más allá aquí en la Tierra, pequeños gestos y construcciones que dignifiquen la vida y hagan menos gris la existencia. Y entonces ocurre, porque se busca y por suerte se construye, el hecho poético. No necesariamente un poema, sino por ejemplo la lectura de un libro o un encuentro con amigos en el taller de Julio Lavallén, para disponerse a una experiencia singular, una suspensión de lo cotidiano y un ingreso en el misterio.


—Y de esa necesidad nació Laetitia.

Laetitia, este primer proyecto que compartimos con Julio Lavallén, fue crear de manera artificial, pero no por eso menos verdadera, el mar, los bosques, los barcos. Con Julio nos conocimos a través de un amigo en común que se entusiasmó con que debíamos hacer algo juntos. Construimos una amistad, indispensable para lanzarnos a un proyecto artístico duradero, que arrancó con una sesión creativa en su taller junto a la modelo Laetitia Machalski, el fotógrafo Hugo Battistessa, y el cineasta Aníbal Bosco.


—Hablamos del año 2011, ¿no es así?

Exacto. Aquel día fue como vestirnos con nuestras mejores ropas para asistir a una fiesta. Compramos rico para comer y beber, pusimos buena música y nos dejamos llevar por el deseo de hacer algo en conjunto con nuestras herramientas. El resultado fueron cien lienzos con variaciones sobre el cuerpo y los movimientos de la modelo Laetitia, varios cuadernos con el registro minucioso de lo que fue sucediendo, siete horas de grabación y cantidades de fotos. El libro es polifónico, una crónica de textos e imágenes muy cuidadas. Estuvo listo a fines de 2016, lo presentamos en el Espacio Lavallen y lo distribuimos en librerías de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza. Está haciendo su camino. 



Julio Lavallén
Julio Lavallén (© HBattistessa)


Es inevitable al ver a otro desnudo pensar en el propio cuerpo. La mirada nunca es neutral, tiene la historicidad subjetiva y de su tiempo, con sus deseos, temores y prejuicios  


—La modelo Laetitia Machalski, que obviamente le da título al libro, es tan protagonista como Julio y vos de este proyecto. Quise sumarla a la entrevista pero no fue posible ubicarla. ¿Qué sabés de ella?

Yo no tenía una relación con Laetitia. La conocí durante la experiencia en el taller de Lavallén, apenas intercambiamos unas palabras y luego la contacté de manera virtual para hacerle algunas preguntas cuyas respuestas incluimos en el libro. Por otra parte, Julio se fue a vivir a Salta y creo que tampoco volvió a saber de ella. Hubiera sido muy interesante contar aquí con su palabra, a seis años de aquella sesión y con la decisión de tomar su nombre para titular el libro. Por otra parte, Laetitia quiere decir alegría en latín. Y no hay duda de que su presencia nos trajo una gran felicidad. Seríamos muy dichosos si Laetitia, el libro, se reuniera con su musa inspiradora, algo que aún no sucedió.


—Ojalá así sea. Es tan literaria como inspiradora la idea de un libro en busca de su musa. Decime, Laura: ¿vislumbrás un próximo proyecto junto a Julio Lavallén?

Tenemos varias horas de grabación sobre el proceso de trabajo de Laetitia. Aunque todavía no se convirtió en un proyecto, anda sobrevolando la idea de sumar nuevas filmaciones, en Vaqueros, en la provincia de Salta, adonde vive y tiene su taller Lavallén desde hace unos pocos años. Es un lugar medio salvaje en medio de la naturaleza del noroeste argentino. Por el momento, en la página de Facebook Libro Laetitia pueden verse algunos fragmentos de la experiencia.


—¿Qué vínculo crearon con Laetitia durante el proceso de fotografía, pintura y escritura? Si pienso en un grupo de artistas describiendo por horas a una mujer desnuda me vienen a la mente palabras como vulnerabilidad, seducción, pudor...

No fue sencillo llegar al corazón del vínculo entre pintor y modelo. El día de la sesión, Lavallén y Laetitia se transformaron en los grandes personajes de la escena habitando una especie de templo simbólico; y a los demás (fotógrafo, camarógrafo y cronista) nos quedó el margen, la periferia. Por momentos ellos parecían alojarse en una trinchera, incluso armaron con telas un refugio que expulsaba a los curiosos. Nosotros fuimos respetuosos, no forzamos nada, trabajamos con esos límites y apareció una verdad sin vestido. La belleza y luminosidad del cuerpo desnudo de la modelo y bailarina también iluminó y produjo sombras en los demás.


—Intuyo un juego de miradas que se sostienen y de miradas que escapan.
Es inevitable al ver a otro desnudo pensar en el propio cuerpo. La mirada nunca es neutral, tiene la historicidad subjetiva y de su tiempo, con sus deseos, temores y prejuicios.


—Antes me dijiste que el pintor y la modelo crearon una especie de trinchera entre ellos y el mundo. A esa trinchera debiste salvarla con nada más y nada menos que con tu escritura.
El desnudo es un tema complejo de abordar aunque está aceptado en el arte, relacionado con el erotismo o con los ideales de belleza de cada época o cultura. Desde la narrativa yo necesité incorporar la palabra, el decir de la modelo-bailarina para que no quedara cristalizada como un objeto. Laetitia es un sujeto, una sujeta para ser precisa. A posteriori, me pregunté incluso si no hubiera sido más justo que hubiera también un cuerpo masculino en el centro de la escena o que todos hubiéramos estado sin ropa. Laetitia trabajó arduamente durante la sesión regalándonos diferentes formas coreográficas y movimientos, con cambios de velocidad y pausas eventuales para el descanso. Fue esa dinámica lo atrapante, no tanto el cuerpo en sí, la estructura y su carne.


—Alejémonos un poco de Laetitia. Sos autora de un libro inédito llamado Elegía para matar al padre. ¿Qué podes adelantarnos?

Elegía para matar al padre es un largo poema a modo de monólogo escrito sobre un cuaderno escolar de clásica tapa de papel azul araña. Fue intervenido por el artista plástico rosarino Adolfo Nigro con pequeños collages, la técnica que le resultó más amigable en los últimos años. El tema es la muerte del padre, desde el intento de reconstrucción de la memoria de hechos y situaciones compartidos, como quien busca reunir las partes de un rompecabezas o un collage. Se trata de un último saludo frente a la partida del progenitor con la evocación de momentos intensos del vínculo.


—¿Y actualmente qué proyecto tenés entre manos?

Estoy trabajando en un libro de relatos sobre la relación problemática aunque no patologizante con el cuerpo. Es el recorrido vital de una mujer que físicamente no responde al canon hegemónico de belleza, desde la infancia hasta la edad adulta. Y además encaramos un homenaje a Nigro, quien tuvo la generosidad de pintar unas telas que estoy bordando. El fotógrafo Uri Gordon está llevando un registro magnífico de nuestros encuentros.


Quienes quieran saber más sobre Laetitia —Crónica de un desnudo—, pueden ingresar a la siguiente página de facebook: https://www.facebook.com/laetitialibro/


Pablo Hernán Di Marco

* Pablo Hernán Di Marco.

Desde Buenos Aires trabaja vía internet en la corrección de estilo de cuentos y novelas. Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo y Espiral. Colaborador de la editorial Ojo de Poeta y columnista de la revista cultural Libros & Letras. Leer más AQUÍ

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