¡Adiós muchachos!

Por: Reinaldo Spitaletta
Me pareció que de la trompeta saltaban gotas de saliva. El hombre inflaba los carrillos y los desinflaba, parecía una vejiga de pelota. A su lado, la orquesta lo seguía, con acordes elegantes, el piano en una armonía suave, todo el conjunto como rendido a los pies del negrazo que a veces cerraba los ojos y ya empezaba a sudar. El café tiene un nombre en francés que significa Nuestra cita y yo no estoy aquí para cumplir ninguna, sino porque ando huyendo de mis perseguidores.
No es que me guste estar en este tipo de salones, con tanta gente que parece navegar en una eterna pensadera, con ginebras y vino. Solo que cuando venía por Sarmiento, no hubo otra opción que apresurar hasta Maipú y de pronto como si brotara de la tierra escuché la trompeta y ya no hubo más remedio que, tras mirar el fugaz aviso de la entrada, meterme con precipitudes. Me había levantado el cuello del abrigo y sentía la cara helada. “Este invierno me va a matar”, me dije de modo automático. En un rincón había una mesa libre, creo que la única, como si me estuviera esperando. Los concurrentes estaban pendientes del trompetista.
“Creo que no ha sido una buena decisión esconderme aquí”, pensé. Me tranquilizaba un poco saber que tenía un arma, porque con todo lo que ha pasado en los últimos tiempos en la ciudad, hay que andar armado, y que el negro del instrumento era la máxima atracción. ¡Qué fenómeno! Así entraran aquí, no me verían. Caerían bajo el influjo del tipo que inflama sus cachetes y se ve medio risible. Suena un tango, creo, pero cuando la trompeta está en su máxima intensidad, se parece más al jazz, qué mezcla rara, pero sí es un tango, en efecto, el compás lo marca la pequeña orquesta. Ahora me detengo en los bandoneones, todos se mueven al tiempo, y uno de los de fueye sobre las rodillas es el director.
– ¿Qué le sirvo, señor? -La presencia del mozo me aleja del escenario. Está vestido de negro y tiene corbatín.
– Ginebra con agua tónica.
Me gustaría más si en vez del trompetista hubiera un cantante. El negro intenta cantar con su corneta, que entre otras cosas, cómo fulgura, cómo reverbera el metal, pero no es lo mismo, me gusta cuando el vocalista se arrima al micrófono, como si quisiera besarlo, y pronuncia palabras, entrecierra los ojos, mueve con elegancia las manos y lo hace sentir a uno en otro mundo. No digo que el negrote no seduzca, que no atraiga, pero ahí, en este preciso instante, el cantor estuviera diciendo, casi susurrando “vida mía, hasta apuro el aliento acercando el momento de acariciar felicidad”, y yo también cerraría los ojos, la recordaría a ella, y más que a ella, su carita de luna, su sonrisa limpia, sus labios en O, que me piden besos… No sé si sea el momento de pensar en ella, que no debe saber por dónde ando, a lo mejor ya le llegó mi cartita en la que le advierto que pasará mucho para volver a verla, porque he sentido pasos, vigiladas, tipos que doblan las esquinas detrás de mí. Mis sueños están llenos de pesadillas. No he vuelto al barrio, porque me siento inseguro, y todo por haber apoyado al general y su opción por los pobres del país. Bueno, pero el general ya no está en el país, y yo sí.
Me parece que los he eludido. No me encontrarán. Cuando la pieza termine, me escabulliré, sin esperar nada, aunque esta boîte anima a quedarse, huele bien, la gente se nota distinguida, y más distinguida la música de la orquestita, aunque el negro le da otro aire, otra dimensión, casi irreal, no sé cómo explicar, pero tiene tanta presencia, tanta fuerza, que creo va a borrar a los violines, al contrabajo, al piano, todos en un tributo a esa trompeta que a su dueño lo torna mofletudo, qué particular manera de soplar… pero, insisto, me hubiera gustado más con un cantor, que ya aquí en este punto estaría en “sos mi vida y quisiera llevarte a mi lado prendida y así ahogar mi soledad”, el trompetista alarga las frases, les da otro sabor, que no sé si me gusta o me disgusta del todo. Aquí estoy bien por el momento, aunque no me demoraré.
Creo que debo salir antes de que el camarero traiga la orden, menos mal no dejé colgado el abrigo a la entrada. No sé si eso despertó sospechas. No parezco tener cara de perseguido, quizá porque uno se acostumbra a los seguimientos, a escapar. En la carta no le quise narrar lo que se siente cuando uno tiene que estar mirando a todos lados, como un pájaro al que ya le han tirado piedras. Desde los días del golpe de estado, estoy de allá para acá. Ya va mucho tiempo, no sé cuánto, desde que fusilaron a gente que conocía, qué crimen atroz. Bien dijo el general: “La fuerza es el derecho de las bestias”, yo agregaría: “con perdón de las bestias”. Mi corazón me dice que debo salir ya, que no puedo estar más aquí, en medio de un tumulto de hipnotizados por un trompetista, ¡huy!, qué modo de hinchársele las mejillas…
Ah, ya llega el pedido, y el negro acaba de terminar su interpretación, me parece colosal, no sé si sea saludable salir en medio de estos aplausos atronadores, tal vez pueda ser más inteligente esperar a que se acaben (¿cuándo se extinguirán? me pregunto al garete), y luego me deslizo, como si fuera al wáter, o mejor me salgo ya, pero qué es esto, los músicos han empezado otra melodía, bella melodía, sí, papá la cantaba, e intentaba imitar ciertos sollozos de Gardel. En esos días, no me gustaba ni pío la cancioncita, seguro porque me parecía música de viejos. Y de gente sola. La vida da millones de vueltas… El negro se tiene confianza, cómo pone sentimiento ahí, sí, en ese punto cuando el cantor debía decir “adiós muchachos compañeros de mi vida”, qué lindo trompetea, no sé si se dirá así, pero me están dando ganas de quedarme a que termine la melodía, ahora un pizzicato de violines y vuelve el negro a inflar mejillas, sí, está cerrando los ojos, como cuando papá decía con un dejo de tristeza “barra querida de aquellos tiempos”. Y yo no estoy enfermo como el del tango, ni viejo, solo soy un hombre sin rumbo fijo. No sé qué habrá del pibe Alberto ni de Jacinto ni de todos los muchachos que crecieron conmigo en la Paternal. Bueno, no es momento de sentimentalismos ni de lagrimones.
Ahora sí me tengo que ir, aunque creo que ya es demasiado tarde, porque los que acaban de entrar son los que me buscan, es más, pienso que ya me vieron, porque vienen hacia acá, ojalá el negro termine rápido para ver si me evado en medio de aplausos, por detrás del escenario, que es precisamente por donde ya voy en estos momentos en que me percato de que uno de los perseguidores trae en la mano un revólver, qué tipo sin estética y sin tono, sin cartel, irrumpir en una fina sala e interrumpir así una pieza maestra que puede ser la última vez que yo la escuche y también la última vez que el mofletudo la interprete.

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