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¿Una serie de malas novelas?

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Por: Luis Fernando García Núñez
Artículo publicado originalmente en la edición Nº 78, marzo de 2008 de la Revista Libros & Letras




“Un escritor no adquiere fama de serio
si no es a condición de ser terriblemente 
aburrido y muchos son los que adquieren
celebridad porque la gente prefiere
admirarlos antes que leerlos”
Alejandro Dumas (padre). 
Dice Milán Kundera en El arte de la novela que “Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo”. Una tesis que vale la pena repasar frente a ciertas obras y a ciertos escritores colombianos de estas épocas, y lo haré más adelante con dos novelas que publicó Planeta, la nueva propietaria de un diario de circulación nacional que ha perdido el rastro de su historia y el significado de su misión. Se estarán revolviendo en sus tumbas don Alfonso Villegas y don Eduardo Santos, fundadores y artífices de una empresa que hace mucho tiempo perdió su norte.
Pero vamos al grano. La colección de diez obras que han llamado “Letras colombianas de hoy”, son apenas un pequeño testimonio de lo que pasa en nuestra narrativa. Y esta colección, destinada a poner en circulación una serie de malas novelas, me induce a pensar que hace falta, sin duda, una crítica literaria que tenga el criterio y el valor de poner el dedo en la llaga, y nos indique otro camino, otras posibilidades narrativas que bien pueden estar en escritores no difundidos con tanta publicidad y permanencia, y que, con seguridad, saben que “la novela no puede franquear los límites de sus propias posibilidades” y que “la revelación de estos límites es ya un gran descubrimiento, una gran hazaña cognoscitiva”, como dice Kundera. Y sólo estamos reiterando la vieja presunción de Georg Lukacs en su Teoría de la novela, cuando afirma que la filosofía, en tanto forma de vida es la que determina la forma y el contenido literario, porque ella “es siempre el síntoma de una grieta entre el exterior y el interior, expresión de una diferencia esencial entre yo y el mundo, de un desajuste entre el alma y la acción”. 
Podríamos citar a otros estudiosos, más allegados a nosotros, y tendríamos las mismas dudas frente a esto que aquí con frecuencia llamamos novela. Y tenemos, sin duda, un enorme acervo de novelas criollas, una herencia que pesa y que se puede constituir en una herramienta de trabajo con la cual podríamos -ya se ha hecho- formalizar una teoría latinoamericana que nos permita encerrar estas expresiones nacionales valiosas, originales, que Adalbert Dessau en su libro La novela de la revolución mexicana ha relacionado minuciosamente, por solo citar un ejemplo. Él ha indicado que algunos autores “intentan dar forma y expresión a una esencia cultural de la nación, concebida metafísica y ontológicamente. Para ello ahondan en los diversos estratos de sus respectivos países, a fin de convertirlos en elementos valiosos de esa esencia cultural”. Y en Colombia hay ejemplos para resaltar, como el de Tomás Carrasquilla de quien por estos días se habla con más bombo que juicio crítico. El otro caso paradigmático es el de José Eustasio Rivera y la nunca bien comentada Vorágine. Y siguen otros novelistas, algunos olvidados hoy por editores y lectores, Eduardo Caballero Calderón, Álvaro Cepeda Samudio, Fanny Buitrago, Alba Lucía Ángel, el mismo García Márquez, Tomás González, Germán Espinosa, y el más reciente de ellos, Enrique Serrano
Es una prueba de que hay una legado que se puede presentar para construir el piso de una verdadera historia de la novela colombiana, de una novela que trasciende la parroquia y surte un efecto duradero, no coyuntural, no producto de la publicidad, de cierta notoriedad que con frecuencia tienen algunos escritores que aprovechan sus columnas en los medios y su permanente presencia en la televisión, en la radio, en cuanto medio de comunicación existe en el país. Es necesario “rebasar los límites -dice Adalbert Dessau– del tradicional realismo ingenuo”, necesitamos revalorar ciertos estigmas y trabajar en un mundo que tiene una historia con la cual se puede fortalecer una narrativa coherente con los tiempos y con la condición del hombre que construye su devenir. Necesitamos una novela que pueda trascender al hombre de hoy, y darle sentido a su actividad creadora. Solo eso. 
Y es que hablaré de dos novelas -aunque nadie las llama así- que carecen de vitalidad, de fuerza, aunque tengan ritmo. Ellas son La última vida del gato, del periodista Mauricio Vargas, y Esto huele mal, de Fernando Quiroz. La primera de las citadas cuenta la vida de un reportero ‘consumido’ por el trabajo, que vive una extraña ‘película’ de espionaje, de crímenes, de sexo desaforado y mezquino. A toda esta historia se suman, además de la droga y el alcohol, la infidelidad -tan necesaria en algunos narradores-, la intolerancia y la corrupción. Ahí están, mal contados, pero presentes, los problemas del narcotráfico, de los paras, de los políticos que todo lo venden, de los medios involucrados en esa y otras historias en las que la cama es el leitmotiv con el cual se constata la presencia activa del hombre y de la mujer, en todas sus circunstancias afectivas, psicológicas, físicas. Unas conjeturas racionales entre la ética y la moral, que con seguridad perseguían al periodista Camilo García, y no confundían para nada a dos personajes extraños, Mickey y Daisy, prototipos de unos jóvenes que hacen lo que sea con tal de conseguir una historia y conquistar un jefe. En otros personajes se encarna el Gato -¿el mismo Camilo García, o Esteban?- una síntesis mal medida entre el periodista y los sacrificados de sus investigaciones y de sus interminables conjeturas, de las que luego -que casualidad- él es víctima. 
En la segunda, Esto huele mal, Fernando Quiroz tiene como epicentro de la historia la infidelidad. Son unos juegos con la ética y la moral que, en algunas novelas de estos tiempos, se constituyen en un pobre leitmotiv. El protagonista -Ricardo- atacado siempre por la culpa que lleva adherida a su piel después de muchos años de formación católica -Opus Dei-, vive durante diez meses una apasionada, pero complicada relación que se torna dramática cuando le dice a su esposa que asistirá a una reunión en el “El Nogal” y esa noche, precisamente, explota en el elegante club una bomba que deja muchos muertos y heridos. Ahí se inicia el desplome de ese ‘ejemplar’ matrimonio, en el que la mentira y el engaño se consolidan como los instrumentos vitales de una relación que parece estable.
Los mismos protagonistas. Los mismos chismes. Los mismos vicios. Los traumas y las perversiones. El cinismo de ciertos sectores. En estas dos novelas parecen revelarse los complejos de una sociedad cada vez más cercana a su final. Una sociedad cercada por sus culpas, por el horror de una vida sin sentido. Son los mismos niños y niñas -ya no lo son- que hace tiempo olvidaron que se pueden y deben contar otras historias. Se saturó el mercado con novelas intrascendentes, como estas diez que editó Planeta. Pocas salvan estos años de publicaciones, de monumentales ferias del libro, de capitales mundiales del libro. Urzúa, de William Ospina, Tamerlán de Enrique Serrano, quizá Delirio de Laura Restrepo. El olvido que seremos de Héctor Abad, no es novela.
Olvidaron que la novela, que la literatura en general, no se construye en los clubes sociales, que nadie puede avalar que escribir columnas en periódicos o revistas es garantía para luego hacer buenas novelas. Ni la extrema violencia, ni la refinada frivolidad hacen la literatura. “La novela ni muestra ni demuestra al mundo, sino que añade algo al mundo. Crea complementos verbales del mundo. Y aunque siempre refleja el espíritu del tiempo, no es idéntica a él. Si la historia agotase el sentido de una novela, ésta se volvería ilegible con el paso del tiempo y la creciente palidez de los conflictos que animaron el momento en que la novela fue escrita”, dice Carlos Fuentes en Geografía de la novela. Y nada más.

Sobre el autor: Luis Fernando García Núñez
Periodista y profesor de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá.